Capítulo once #3
Me quedé paralizada porque estaba segura de que me atravesaría el cuerpo, pero entonces la punta afilada desapareció en el agua justo a un lado de mi pierna. Me envolví la soga alrededor del brazo y la sujeté con las dos manos. Entonces dejé que me arrastrara por el agua.
Me arrastró por encima de las olas, mientras los hombres a bordo del barco me llevaban cada vez más rápido hacia el Segador .
Iba a lograrlo. Veinte metros. Quince.
De repente, algo duro me rozó la pierna. Algo afilado.
—No. —Entonces algo cálido envolvió mis piernas; mi vejiga se había relajado.
Nunca había tenido tanto miedo. Estaba ahí abajo, debajo de mi cuerpo. No la veía, pero estaba cerca. No me dejaría llegar al barco.
Me iba a devorar un monstruo que siempre me había resultado fascinante. Nunca llegaría a Turah. Nunca volvería a casa.
—Resiste. —La orden del Guardián ahuyentó mi miedo. Cuando miré el barco, sus ojos plateados me estaban esperando. Tenía el arpón en el aire y su rostro inquietantemente calmado miraba fijamente más allá de la punta del arma.
En ese momento, oí las olas partirse detrás de mí, el mismo sonido que hacía un barco cuando surcaba el mar.
Pero no había ningún barco detrás de mí.
Solo la muerte.
Si iba a morir, no quería que lo último que viera fuera un montón de dientes, así que mantuve la mirada fija en el Guardián.
Podía ser un cretino, pero al menos era atractivo. Hay cosas peores para mirar que un rostro agradable cuando el final de tu vida llega.
El mío estaba empapado y mis lágrimas se unían al agua salada.
Diez metros. Estaba tan cerca. Tan, tan cerca.
Y tan lejos.
—Ahora. —Al dar la orden, la soga en mis manos se tensó y me sacaron del agua tan rápido que sentí un vacío en el estómago. Un grito desgarró mi garganta.
Pero no era la única que estaba gritando.
La anguila medularia saltó del agua con la boca abierta y se estiró para devorarme por completo. El chillido que brotó del fondo de su garganta era tan profundo que lo sentí vibrar por todo el cuerpo.
Cerré los ojos. Las manos, en carne viva y palpitantes, empezaron a soltar la soga. Empecé a soltarme porque mis dedos ya no tenían fuerza. Pero, en lugar de caer en las fauces del monstruo, me estrellé contra la cubierta del Segador .
Mi cuerpo quedó tendido en el suelo y giré hacia un lado.
—No dejéis que vuelva a caerse —gritó el Guardián—. Subidla.
¿Subidla? Entorné los ojos y me incorporé sobre un codo.
Unas escamas azules estaban a centímetros de mis pies.
—¡Ah! —Retrocedí a trompicones, resbalando sobre la cubierta mientras mi mirada recorría el cuerpo de la criatura: su columna, su cuello, su cabeza.
Una cabeza atravesada por un arpón.
—Su Alteza —dijo Brielle y, junto con Jocelyn, se desplomó a mi lado, sollozando, mientras me ayudaban a ponerme de rodillas.
Brielle me envolvió con los brazos y lloró sobre mi camisa empapada.
—Creí que estaba muerta.
—Yo también —susurré, con la respiración entrecortada.
Más allá de los hombres, más allá del monstruo muerto a mis pies, aparecieron unas velas verdes.
El Desollador se acercaba, deslizándose junto al Segador demasiado rápido como para detenerse, pero lo suficientemente cerca como para que Zavier saltara de un barco a otro.
Su expresión era una fachada impenetrable, mientras observaba a la medularia muerta y a la tripulación, que aún sacaba el resto del cuerpo de la criatura del agua.
El Guardián tenía las manos sobre la cintura y respiraba con pesadez.
Zavier recorrió la cubierta con los ojos y me encontró en medio del caos. Todo su cuerpo pareció relajarse y entonces miró al Guardián una vez más y asintió.
El Guardián le devolvió el gesto.
—Zavier —dijo uno de sus guerreros, mientras señalaba a un hombre tendido de espalda en la cubierta, rodeado por un charco de sangre. Tenía una enorme astilla del casco del barco clavada en el muslo.
Zavier. No lo llamó príncipe, ni Su Alteza.
El Guardián se acercó a mí y me ayudó a ponerme de pie. Y vaya si estaba molesto.
—Dejadnos —les dijo a Brielle y a Jocelyn con un tono severo.
Mis dos criadas se giraron para irse y, al parecer, en ese momento vieron que había un monstruo muerto sobre la cubierta. Jocelyn soltó un grito y regresó corriendo hacia la escalera que llevaba bajo cubierta.
El color plateado de sus ojos se movía como metal fundido. Se inclinó sobre mí tan cerca que nuestras narices casi se tocaban.
—Cuando te doy una orden, obedeces.
—Lo siento.
Mi disculpa pareció enfurecerlo más. Eso que había sentido en Roslo, esa ira acumulada, salió a la superficie.
—Si te digo que corras, corres. Si te digo que te escondas, te escondes. Si te digo que saltes sobre un pie y te des palmadas en la cabeza, haces lo que te digo. ¿Entendido?
—No.
La palabra me sorprendió tanto a mí como a él. Podía ser porque había tragado demasiada agua, pero no iba a aceptar órdenes sin ton ni son. Había pasado veintitrés años acatando las órdenes de hombres que creían que podían controlar cada uno de mis movimientos. Y ya me había cansado.
No me dejaría intimidar por este hombre. No podía hacerlo. Me negaba a cederle el control.
Y menos cuando había perdido tanto. Parpadeó, confundido, ya que era evidente que esperaba una respuesta diferente.
—¿Qué has dicho?
—No. —Enderecé los hombros, usando la última fuerza que me quedaba, y levanté la frente—.
Voy a hacerte caso cuando yo u otros estemos en peligro.
Haré lo que pueda para «no ponerme en tu camino», pero no voy a acceder a cada uno de tus caprichos.
No voy a humillarme porque tú me consideres insignificante.
Si querías que me quedara callada, entonces deberías haber dejado que ese monstruo me matara.
Yo no soy uno de tus guerreros que puedes controlar a tu gusto.
No soy tu esposa para que me des órdenes. Así que no, de entendido nada.
No necesitaba que estuviera de acuerdo ni que me contestara. No tenía nada más que decir, ni más energía para discutir, así que me giré y me marché hacia la escalera, escuchando el rechinar de mis pies dentro de mis botas.
Pero, antes de que pudiera marcharme, me detuve y me giré hacia él.
—Gracias por salvarme la vida.
Algún día, si tenía la oportunidad, le devolvería el favor quitándole la suya.