Capítulo once #2
Sentir su mano hizo que abandonara mis cavilaciones y dejara de lado el delirio de asesinar al Guardián. ¿En qué momento me había vuelto tan salvaje? Nunca había fantaseado con matar a nadie.
¿Así era como se sentía Mae? ¿Con su sed de sangre acechando bajo la superficie? Quizá no éramos tan diferentes después de todo.
—¿Estás bien? —le pregunté, ignorando al hombre que observaba cada uno de nuestros movimientos.
¿No podía encomendarle algo que hacer? No me gustaba la idea de tener a un asesino cerca de Brielle. Estaba bastante segura de que yo estaba a salvo, pero no confiaba en que el Guardián no les hiciera nada a Brielle o a Jocelyn.
—Un poco mareada —dijo.
—Quizá sea porque has comido muy poco. Nos quedaremos solo por algunos…
De repente, mis palabras quedaron interrumpidas cuando Brielle se desplomó contra mi cuerpo y me envolvió con los brazos para evitar caerse al suelo.
Pero no fue por el mareo ni por haberse tropezado con la falda.
Todo el barco se sacudió con tanta intensidad que todas las personas en la cubierta perdieron el equilibrio.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Brielle.
En ese mismo instante, que el Guardián gritó:
—¡Anguila medularia!
De repente, muchos gritos irrumpieron a nuestro alrededor y la mayoría de los hombres abandonaron sus tareas y se dirigieron a toda prisa a las armas del barco.
—Preparad los arpones. —La voz del Guardián resonó en toda la cubierta, más fuerte que la de cualquier otro hombre, que la de cualquier humano. Se parecía más al rugido de un animal.
—Ah, por todos los dioses —dijo Brielle, temblando—. Vamos a morir.
—No vamos a morir. —La llevé hacia la escalera—. Ve al camarote. Ahora.
Pero, antes de que pudiera bajar el primer escalón, el Guardián la tomó del brazo y la apartó de la escalera.
—¿De verdad crees que el lugar más seguro de un barco que se está hundiendo es el camarote? —dijo entre dientes—. Siéntate aquí y sujétate fuerte. No te pongas en mi camino.
No hizo falta que se lo dijeran dos veces. Brielle se lanzó contra el suelo y se acurrucó en un rincón junto a la escalera que llevaba a la toldilla.
—Vete. —Los ojos del Guardián pasaron de verde a plateado de un instante a otro. Luego se acercó al mástil y empezó a subir los peldaños de la escalera de dos en dos.
Cuando llegó al cesto, miró el agua, como si pudiera ver al monstruo que acechaba en las profundidades.
—¡Cross!
Me sobresalté al escucharlo gritar mi nombre. Me estaba dando la espalda. ¿Cómo sabía que no me había movido?
—¿Y Jocelyn? —preguntó Brielle—. ¿Dónde está?
Mierda .
—Iré a buscarla.
Pero, antes de que pudiera bajar por la escalera, un flujo continuo de hombres salió de abajo.
El cocinero, con la cara colorada y sudada, tenía un cuchillo en cada mano. Al resto de los hombres solo los había visto por la noche. La tripulación nocturna. Algunos se abrochaban los pantalones y otros se ponían las túnicas.
Pasaron a mi lado corriendo con paso firme hacia los arcones llenos de armas.
Cada uno tomó una lanza dentada y la llevó hacia la barandilla.
Un hombre desató un enorme arpón. Tenía la punta dentada, pero no había ninguna soga o cadena atada en la punta como la que usaban los pescadores en los barcos de mi padre.
Ese arpón no era para pescar, era para matar.
Había suficientes hombres como para cubrir todo el perímetro del barco.
¿Dónde estaba Zavier? Él era un asesino de medularias. ¿Seguía durmiendo? Bueno, si estaba en la cama, que se las arreglara solo. Tenía que encontrar a Jocelyn.
Cuando llegué a la escalera, la encontré saliendo a la cubierta.
—Apresúrate —dije, sacudiendo los brazos, mientras se levantaba la falda para no tropezar. Cuando terminó de subir, la empujé hacia donde estaba Brielle.
Seguía de pie cuando el barco se sacudió una vez más. Luego, lo único que pude ver fueron mis botas y el cielo azul cuando salí despedida hacia atrás y caí sobre mi trasero.
La medularia debía estar intentando romper el casco del barco con el hueso de su cráneo.
—¡Estribor! —El Guardián señaló hacia donde yo estaba mirando y todos los hombres detrás de mí corrieron en esa dirección, con lanzas sobre los hombros, listos para lanzarlas.
Me apoyé sobre las manos y las rodillas, y, cuando estaba a punto de ponerme de pie y correr hacia Brielle, que estaba llorando, y Jocelyn, que tenía los ojos bien abiertos, el monstruo atacó otra vez.
Pero esa vez, en lugar de atacar el barco desde abajo como lo había hecho antes, emergió del agua y arrastró las escamas por el casco del barco del lado de estribor, lanzándonos por el aire.
El suelo a mis pies se inclinó hacia el cielo y, como no pude aferrarme a nada, caí boca abajo sobre la cubierta.
De repente, un chillido ensordecedor brotó de la boca de la bestia cuando se elevó tan alta como las velas del barco. Sus dientes blancos destellaron con la luz del sol.
Los hombres se sujetaron a las cadenas y sogas amarradas al casco del barco.
Algunos lograron mantenerse firmes el tiempo suficiente como para arrojar las lanzas contra el monstruo, mientras que otros se sujetaron a su cuerpo, aunque no con tanta fuerza como para derribarlo.
Un grupo sin mucha suerte terminó destrozado en medio de una explosión de astillas cuando la bestia cerró la boca repleta de dientes inmensos.
Yo no estaba aferrada a ninguna soga o cadena, por lo que lo único que podía hacer era deslizarme por la cubierta, intentando sujetarme a algo en el suelo resbaladizo hacia babor.
Hacia el agua.
Mi grito se perdió entre el ruido y el caos. Me sacudí sin parar y giré justo a tiempo para ver la barandilla a pocos metros de mis pies. Gracias a la buena fortuna de Daria, mis pies se encontraron con la barandilla y evité salir despedida por la borda.
El agua empezaba a tragarse la cubierta, mojándome los pantalones y la túnica, cuando, en un momento, el Segador se sacudió violentamente en la dirección opuesta y se enderezó una vez más.
Entonces el cuerpo esbelto de la criatura descendió hacia las profundidades y desapareció bajo la superficie del agua una vez más.
Estaba acostada boca abajo, húmeda, fría y aterrada, pero viva. Todavía estaba viva.
El corazón se me había subido a la garganta. Levanté las rodillas.
Brielle seguía aferrada con fuerza la barandilla, mientras varias lágrimas se deslizaban por su cara y su boca pronunciaba súplicas a los dioses sin parar.
Jocelyn envolvía a Brielle entre sus brazos, ya fuera por comodidad o para tener algo a lo que aferrarse en caso de que nos sacudiéramos una vez más.
Varios hombres con las manos vacías corrieron para coger nuevas lanzas, mientras otros desenvainaban sus espadas.
—Arpón —gritó el Guardián desde lo alto del mástil con una mano extendida.
Un hombre robusto le lanzó un arpón como si estuviera apuntándole al pecho al Guardián, pero este lo atrapó sin mayores complicaciones y se giró en el momento exacto en el que la medularia emergía otra vez del agua.
Al igual que antes, el barco se levantó desde babor, lo que me tomó desprevenida.
Debería haberlo anticipado, debería haber esperado que el barco se sacudiría de nuevo de manera violenta. Debería haber escuchado al Guardián cuando me dijo que me sujetara fuerte.
No debería estar en ese maldito barco.
Y, como si se acabara de cumplir mi deseo, dejé de estarlo.
Mis botas perdieron agarre y mi espalda se estrelló contra la barandilla antes de caer directamente al agua.
Sentí el frío como un golpe inesperado que me robó el aire. Luego sentí cómo la fuerza de las olas y la corriente producida por el barco me llevaban cada vez más lejos. Cada vez más profundo.
Nada . Empecé a patalear con fuerza, intentando alcanzar la superficie con la punta de los dedos.
Cinco brazadas fuertes y emergí, respiré, pero una ola rompió sobre mí.
Cuando logré tomar otra bocanada de aire, un chirrido intenso irrumpió en el aire y la medularia se sumergió en el agua y abandonó el barco.
Mi corazón dejó de latir.
Estaba en el mar con una anguila medularia. Estaba a punto de morir.
—Dioses, salvadme.
—¡Empieza a nadar! —El Guardián apareció por la borda, centrando su atención en mí en lugar de en los hombres a su alrededor, que ya tenían las armas listas para cuando el monstruo emergiera otra vez.
Miré las olas a mi alrededor, buscando una aleta iridiscente, el destello zafiro de sus escamas o sus dientes afilados. Pero estaba sola y el barco se alejaba cada vez más.
—Maldición, Cross. —El Guardián golpeó la barandilla con un puño—. ¡Nada!
Nada . Buena idea.
Empecé a patalear con todas mis fuerzas hasta que encontré mi ritmo entre las olas. Nunca había movido tan fuerte las piernas y mis brazos empujaban el agua como si no hubiera un mañana.
Más rápido . Tenía que ir más rápido. Me empezaron a arder todos los músculos del cuerpo y el dolor empezaba a hacer de las suyas, pero lo ignoré y utilicé todas mis fuerzas para alcanzar el barco.
Pero este era cada vez más pequeño; no estaba nadando suficientemente rápido.
Los tripulantes empezaron a arriar las velas para aminorar la marcha y giraron hacia babor, como si estuvieran intentando regresar hacia mi posición.
No importaba cuán rápido nadara y cuán rápido ellos cambiaran el curso del barco, no sería suficiente.
Nunca le ganaría a una medularia. Si ellos estuvieran atrapados en el agua, estarían a la merced del monstruo.
La fuerza y la velocidad dependían de mis músculos, pero el frío hacía que cada vez fuera más difícil.
El Guardián me miraba con la atención intacta, como si estuviera intentando atraerme con los ojos hacia él.
—¡Vamos! —Golpeó la barandilla otra vez con el puño y, por un momento, quería gritarle que lo estaba intentando. Pero no me estaba hablando a mí, sino a sus hombres.
Entonces, un tripulante apareció con un arpón en la mano y una soga en la otra.
El Guardián retrocedió hasta quedar fuera de la vista y entonces el arpón salió volando por el aire con la soga atada detrás, como una línea oscura contra el cielo despejado.