Capítulo once
La sorpresa de Brielle se hizo patente para cualquiera que estuviese en nuestro camarote.
—Su Alteza, pero ¿qué está usando?
—Pantalones.
Pantalones de cuero color caramelo y un cinturón del mismo color alrededor de la cintura.
En la parte de arriba, llevaba una túnica de color crudo.
El escote era bastante pronunciado y me llegaba hasta el pecho, pero, gracias a un cordel, podía cerrarlo.
Las mangas largas se abultaban en las muñecas y la tela suave estaba bordada con flores por los lados.
Flores de todos los colores. Rojo, rosa, azul, morado y verde. No recordaba la última vez que había usado algo tan colorido.
Los últimos cinco minutos me había estado mirando en el espejo, esperando encontrarle algún fallo a esta indumentaria.
Pero, diablos, me gustaban los pantalones.
Le echaba la culpa de habérmelos probado al aburrimiento. Durante los últimos cuatro días, las prendas habían estado ocupando un rincón del camarote, amontonadas en una pila. Así que, pasados esos cuatro días, la pila empezó a tentarme.
Ni Brielle ni Jocelyn se habían recuperado del mareo por completo y, para no hacerlas sufrir, les dije que no se preocuparan por mí y descansaran. Cuando me preguntaron por el montón de ropa, les dije que simplemente lo ignoraran. No tuvieron ningún problema en ignorar los pantalones. Pero ¿yo?
Me aburrí de verlos, y el aburrimiento despierta mi curiosidad.
¿Por qué las mujeres turanas usaban pantalones? ¿Eran incómodos?
Decidí averiguarlo y, cuando Brielle fue a la cocina a buscar el desayuno y Jocelyn salió para traer un cubo nuevo con agua fresca, cedí a la tentación.
Tenía pensado probármelos, comprobar que efectivamente eran horribles y tirarlos por la ventana.
Pero no podía quitármelos. La tela era suave y elástica, y el cuero resaltaba mis caderas y me envolvía los muslos con fuerza. Lo sentía lo suficientemente rígido como para mantener la forma y, aun así, cedía con facilidad cuando me movía.
Las botas negras estaban hechas de un cuero que nunca había visto antes.
La textura me recordaba a un conjunto de escamas.
El material era más grueso que el de los pantalones, más robusto, pero cómodo.
Las suelas y los tacones gruesos me hacían unos cuantos centímetros más alta.
Nunca sería tan alta como Brielle o Jocelyn, pero me agradaba.
La túnica me quedaba un poco grande. O quizá no estaba acostumbrada a usar ropa que no se amoldara a mis pechos y costillas. Pero su holgura me daba una gran soltura para moverme. No la sentía tensa cuando levantaba los brazos.
Era extraño no sentirse limitada por la ropa. Tenía que hacer el esfuerzo consciente de no levantar mi falda inexistente.
—No son horribles —le respondí a Brielle.
—Pero… los pantalones son para los hombres.
¿Era esa su manera de decirme que me veía como un varón? Aunque sí, era un poco verdad. Los pantalones y las botas eran algo masculinos. Pero no había visto a ningún hombre a bordo del Segador con una túnica con flores.
Sí, los pantalones eran para los hombres. En Quentis.
Pero ya no estábamos en Quentis.
—Me gustan —confesé—. Son cómodos. Y no son grises.
—Si el problema es el color, creo que podremos encontrar un vestido en Turah. No hace falta que recurramos a eso .
Casi suelto una carcajada al ver su expresión de horror. La única expresión que había visto de ella durante el viaje era de tristeza y mareo.
—Al parecer, la mayoría de las mujeres en Turah se visten como los hombres.
Como si esa excusa bastara para justificarme. Era una princesa de Quentis. No usábamos pantalones.
A veces, mis propios pensamientos se parecían mucho a los argumentos de Margot.
—Entonces, ¿lo usará para ser como ellos? —preguntó.
—¿Está mal? ¿Ser como los turanos?
Suspiró.
—Supongo que no. ¿Yo también tengo que usarlos?
—No.
Brielle no se quedaría tanto tiempo en Turah como para adoptar su estilo.
—Mejor. —Se acercó a la cama y se sentó en el borde.
Tenía el rostro pálido y sus ojos se veían cansados.
Los destellos ambarinos de sus iris se habían apagado—.
El desayuno estará listo en una hora. La cocina estaba desordenada esta mañana.
Se rompió uno de los pestillos de un armario y todo se cayó durante la tormenta de anoche.
El cruce del Krisenth no era para los débiles; la advertencia de Zavier había probado ser verdad. Durante dos días tuvimos que lidiar con tormentas constantes y un mar agitado. Brielle y Jocelyn pasaron la mayor parte del tiempo en la cama.
Yo me quedé sentada junto a la ventana hasta que amainó, mirando cómo el destello de los relámpagos iluminaba la noche y vencía a la oscuridad.
El océano nos arrojó de un lado a otro durante horas hasta que, finalmente, los vientos menguaron y la lluvia calmó las olas.
Cuando miré por la ventana esa mañana, me sentí como si estuviéramos navegando por un nuevo reino. El agua destellaba bajo el sol y el cielo azul despejado.
—Voy a la cubierta —le dije a Brielle—. Deberías venir conmigo.
Necesitaba salir de ese camarote y respirar un poco de aire fresco. También le vendría bien a ella.
—¿Va a ir vestida así? —Me miró de pies a cabeza.
—¿De verdad me queda tan mal?
—No.
—Mentirosa.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Es diferente. Pero usted se ve hermosa, independientemente de lo que use. Y su cabello se ve encantador esta mañana. Lamento no haber podido ayudarla mucho.
—No pasa nada. —No me molestaba peinarme sola.
Cuando era pequeña, tenía una niñera. Cuando crecí, una criada.
Pero, más allá de quién me tuviera que ayudar, había veces en las que me quedaba sola y me tenía que arreglar por mi cuenta: a veces había invitados que necesitaban una ayuda extra, o una fiesta que requería que todos los sirvientes estuvieran disponibles para los preparativos, o bien había poco personal en la lavandería o en la cocina.
O a veces Mae echaba a sus propias criadas y me robaba las mías.
Brielle era quien había estado conmigo más tiempo, casi tres años. Pero, en general, solo me ayudaba a vestirme o peinarme.
Sí, podría haber formado un berrinche y exigir que alguien me hiciera una trenza. Pero los berrinches y las exigencias eran más el estilo de Mae, no el mío.
—Vamos. —Me acerqué a la cama y extendí una mano para ayudarla a ponerse de pie—. Subamos. El ambiente está muy enrarecido aquí. Jocelyn vendrá a buscarnos.
Abrió la boca para protestar, pero la llevé hacia la puerta y no la solté hasta que llegamos a la escalera, donde la dejé subir sola hacia la cubierta.
El sol me calentó la cara y el aire limpio y salado llenó mis pulmones. De inmediato, sentí cómo se me despejaba la cabeza y toda la tensión que tenía sobre los hombros desapareció.
En otra vida quizá fui marinera. Antes de que nos azotara la tormenta, pasaba la mayor parte del tiempo en la cubierta, mientras Brielle y Jocelyn se quedaban en el camarote.
Si iba a la proa y miraba el océano, podía fingir que era libre. Era lo que más se acercaba a mi acantilado en Roslo. El resto del reino y todas las responsabilidades se desvanecían en el viento.
Los miembros de la tripulación seguían fingiendo que no existía.
Se ocupaban de sus trabajos y me ignoraban por completo donde fuera que estuviera.
Sin embargo, esa mañana, cuando salimos a la cubierta, todos miraron en nuestra dirección.
Un hombre con una fregona en la mano casi la dejó caer cuando nos vio.
Brielle era hermosa, así que no los culpaba. Quizá se habían olvidado de que estaba a bordo, ya que había estado escondida en el camarote.
Me giré y, cuando estaba a punto de decirle que ignorara las miradas, me di cuenta de que estaba sola. Brielle seguía en la escalera, con una mano en la barandilla y la otra sujetando su falda; subir las escaleras con pantalón era mucho más rápido.
Pero eso significaba que todos los hombres me estaban mirando a mí.
Tenían que ser los pantalones, ¿no?
No era la clase de persona que disfrutara llamando la atención. De hecho, prefería que nadie notara mi presencia.
En el camarote había un vestido gris que gritaba mi nombre. Los pantalones se podían ir al diablo. Usaría falda.
Di media vuelta y estaba a punto de obligar a Brielle a bajar de espaldas, pero, antes de que pudiera regresar al camarote, una figura colosal apareció en mi visión periférica.
—Creía que habías lanzado esa ropa por la borda hacía varios días, mi reina. —La voz del Guardián sonaba más profunda que de costumbre, más ronca, como si la hubiera usado mucho la noche anterior.
En medio de la tormenta, había escuchado a varios hombres gritar. ¿Había sido él uno de ellos? ¿O había vuelto nadando al Segador cuando la tormenta terminó?
No lo veía desde que saltó por la borda algunos días atrás.
Forcé una sonrisa tensa y me enfrenté a él, prestándole atención al color de sus ojos. Un verde esmeralda frío.
—Zavier me explicó que las mujeres turanas visten así —dije—. Me pareció una buena idea probármela.
—Tú no eres turana. —Se cruzó de brazos.
—Lo sé, pero mi esposo sí. Además, fue él quien me mandó esta ropa, y tú lo sabes muy bien, así que la usaré para honrarlo.
—Vaya, la esposa solícita, ¿no, Gorrión? Aunque solo sea en el título.
No se molestó en ocultar su tono burlón. Lo sabía, ¿verdad? ¿Sabía que Zavier aún no me había llevado a la cama? Y, en lugar de ignorar el tema, me lo restregaba por la cara y me hacía quedar como la culpable de la falta de deseo de Zavier.
Ah, cómo odiaba a este hombre. Y cada vez que me cruzaba con él, mi odio aumentaba.
Si alguna vez aprendía a disparar una ballesta con precisión, usaría a este tipo como blanco. Era una lástima que tuviera una pésima puntería. El maestro de armas había intentado enseñarme a usarla cuando tenía once años y casi le clavo un virote en el pie.
Las lecciones de ballesta empezaron y terminaron ese mismo día.
—¿Su Alteza? —dijo Brielle cuando por fin terminó de subir la escalera, respirando con pesadez y sujetándome del brazo para no caerse.