Capítulo diez #3
—Quentis nunca envió un Gorrión a Turah. No en trescientos años. Siempre fue a la inversa: los últimos nueve matrimonios fueron de esa manera.
Los arreglos dependían de los herederos que producía cada generación.
Sus edades, sus géneros, sus reinos. Nuestros padres no se preocupaban mucho por el amor o sus preferencias.
Aunque un príncipe estuviera enamorado de otra persona, no importaba y era obligado a casarse con una princesa y tener un heredero.
Si la princesa era diez años mayor que el príncipe, se casarían siempre y cuando ella pudiera quedar embarazada.
Y siempre y cuando hubieran pasado suficientes generaciones entre ellos para asegurar la salud de los futuros reyes y Gorriones, nada más importaba.
Mi padre venía de un largo linaje de herederos varones.
Por lo que sabía, nunca me había considerado para que fuera el Gorrión.
Puede que antes de que naciera Mae, pero, por lo que podía recordar, siempre había sido ella la escogida.
Siempre había creído que ella podía ser una reina. ¿Por qué yo no?
Al parecer, ya no importaba.
Por voluntad de los dioses, ahora ese era mi destino.
—El último Gorrión que vino a Turah era de Laine —dijo—. Y eso ocurrió hace más de cien años. Vino, pero no se quedó por mucho tiempo.
Umm… ¿qué?
—¿Se fue?
¿Podíamos irnos? Por lo que recordaba, el tratado no me obligaba a quedarme. Solo tenía que dar a luz un heredero. Y si no quedaba embarazada, bueno… Aunque, por lo que sabía, nunca hubo un Gorrión que fuera infértil. Quizá era parte de la magia del tratado. Tampoco tenía permitido matar a Zavier.
Tal vez una vez que cumpliera con mis obligaciones, podría irme.
—¿Te estoy dando ideas? —dijo Zavier, levantando una ceja.
—Puede ser —confesé, riendo.
Hizo una mueca con la boca. No fue realmente una sonrisa, pero se le acercaba. Era una expresión tan peligrosa como atractiva.
—Sí, se fue —dijo—. Después de que naciera su hija, la abuela de mi abuela. Regresó a Laine. Pero no sin pagar un precio.
Su hija. Tuvo que abandonar a su hija en Turah. ¿Tan difícil era la vida en ese reino que tuvo que abandonar a su propia hija?
—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunté.
—Para acomodar tus expectativas. Turah no es Quentis.
—Si querías una reina fuerte, deberías haber elegido a Mae.
Mantuvo la mirada hacia delante. Sus ojos de color verde musgo parecían severos, ilegibles.
—¿Por qué finges no hablar?
Zavier vaciló, como si estuviera debatiendo si responderme o no.
—Porque otros líderes lo ven como una debilidad de la que pueden aprovecharse. Pero, por lo general, ellos llenan los silencios con más cosas de las que deberían decir.
—Ya. —Muy astuto. Algo que debía recordar cuando empezara con el espionaje.
No iba a ser fácil aprender sobre ellos, sobre Allesaria, ¿verdad? Se habían cerrado a otros reinos por una razón. ¿Era solo por desconfianza? ¿Habían sido traicionados en algún momento de las generaciones pasadas?
—¿Por qué me cuentas tu secreto? —No tenía sentido que hubiera embaucado a mi padre, pero me revelara su secreto a mí, sobre todo tan pronto. No era tan tonta como para creer que de verdad confiaba en su nueva esposa.
—Los turanos son leales con los turanos. —Había cierta advertencia en su tono.
Era una prueba, ¿verdad? Desde el momento en que firmé el tratado del Escudo de Gorriones, era considerada una turana.
Hablaba cuando estaba con su gente, que son leales a la corona, pero no con los extranjeros. Zavier no había hablado con Brielle o Jocelyn el día anterior. Dudaba de que alguna vez lo hiciera. Ellas eran de Quentis.
Pero ¿yo?
Era como si hubiera dibujado una línea en la arena y este secreto fuera su manera de obligarme a elegir un bando.
No había mostrado a Brielle y Jocelyn su capacidad para hablar. En gran parte, porque estuvieron vomitando toda la noche anterior. Pero también había una parte de mí a la que le gustaba saber algo que el resto no sabía. Casi siempre era la última en enterarme de los rumores y de los chismorreos.
Me resultaba extraño que en los últimos días hubiera descubierto más secretos que en los últimos años. El de mi padre. Y ahora el de Zavier.
No era un regalo de una confianza plena. Era probable que nunca consiguiera eso de ningún hombre. Pero mantendría este secreto.
Por ahora.
—¿Por qué me elegiste? —insistí, pero, al igual que antes, no respondió. Si creía que iba a dejar de hablar, estaba muy, muy equivocado—. ¿Me deseas? —La pregunta brotó de mis labios antes de que pudiera detenerla.
Se aclaró la garganta y prácticamente podía ver su mente buscando una respuesta sutil.
—Eres una mujer hermosa.
Eso significaba que no.
—Entonces, ¿eso significa que nosotros no…? —Ni siquiera pude terminar la pregunta. Lo cual probablemente fue algo bueno, porque la respuesta de Zavier fue marcharse—. Vaya.
Me desplomé sobre la barandilla sintiendo el cuerpo acalorado aún por la vergüenza. Quizá debería lanzarme por la borda para enfriarlo. Eso o aprender de mi marido.
Y mantener la maldita boca cerrada.