Capítulo diez #2
Zavier bajó el brazo, sin apartar la vista del Guardián. Pero no respondió a mi pregunta.
—Buenos días, Odessa.
—Buenos días —dije, alternando la vista entre el príncipe y el Desollador .
¿Había guerreros en ese barco? ¿Los Voster? Siempre que el Sumo Sacerdote o el hermano Dime no estuvieran en el Segador , ¿importaba? Agradecía estar lo suficientemente lejos de ellos para no sentir su magia.
Zavier extendió una mano hacia la toldilla, donde estaba la escalera en la que habíamos hablado la noche anterior. Donde podíamos estar solos.
—¿Has dormido bien? —me preguntó mientras nos apoyábamos en la barandilla, con la mirada aún fija en el lugar que dejábamos atrás y no en el lugar al que íbamos.
Me encogí de hombros.
—Un poco.
Balbuceó algo apenas audible, mirando en dirección a Quentis. Una barba incipiente contorneaba las facciones angulosas de la mandíbula. Llevaba una espada en la espalda. Cuchillos en el cinturón. Un príncipe guerrero.
Tenía ojeras oscuras, como si no hubiera dormido en toda la noche.
¿Se había quedado despierto por si aparecían medularias? ¿Estaba armado para defendernos en caso de que un monstruo atacara?
—¿Alguna vez has cruzado el Krisenth? —preguntó, apoyando los antebrazos en la barandilla mientras miraba el mar.
—Nunca había subido a un barco.
Mi padre había hecho un viaje a Ozarth una vez y había acordado llevarme, pero luego me puse enferma y me dejó al cuidado de los curanderos.
—Este viaje no es para débiles. ¿Cómo te encuentras?
—No débil.
—Bien.
—Mis criadas, en cambio, no están nada bien.
—Avísales que va a empeorar. Una vez crucé estas aguas con un hombre de Génesis. Nunca se había subido a un barco y se pasó todo el viaje vomitando por la borda.
Dudaba que Brielle o Jocelyn salieran del camarote si ese era el caso. Pero a mí me agradaba el vaivén de la nave. Era en parte la razón por la que había dormido, y roncado, tan profundamente.
—¿Saliste alguna vez de Quentis? —preguntó.
—No, esta es la primera vez.
Había pasado toda la vida en Roslo, sin contar alguna visita ocasional a algún pueblo de Quentis.
Quentis era el reino más pequeño de todos y el que se encontraba más al sur de Calandra. Estaba rodeado en tres frentes por el mar de Marixmore. En el cuarto, teníamos la frontera oriental con Génesis de quien nos separaba un acantilado. El desfiladero de Evon.
El desfiladero era tan profundo que era casi imposible ver el fondo. Además, era demasiado ancho para construir un puente que lo atravesase, de modo que los viajeros tenían que bajar por la pendiente, llegar a las profundidades y luego subir por el otro lado.
Era una ruta tan difícil que no era muy transitada. Y los monstruos que acechaban en las profundidades de Evon eran más aterradores que aquellos que nadaban en el Marixmore.
El cruce del Krisenth podía ser peligroso, pero era la manera más segura de viajar a cualquier otro reino desde Quentis.
Era la razón por la que habíamos establecido nuestras rutas comerciales por mar.
Incluso para llegar al reino vecino de Génesis, los viajeros optaban por navegar por la costa.
Como Turah era el reino más grande y el que se encontraba más al norte, la mejor ruta para llegar allí era por agua.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a Turah? —pregunté.
—Entre ocho y nueve días, dependiendo del clima. Tenemos provisiones para dos semanas en caso de una emergencia.
—¿Por eso trajiste tres barcos y no uno? ¿Por si ocurre alguna emergencia? —Miré al Desollador y luego al Cañón . Tres barcos parecían innecesarios. Aunque quizá no eran suficientes—. ¿Cuántos barcos partieron de Turah?
—Seis.
Quedé boquiabierta. La mitad no había llegado a destino.
—¿Las medularias?
—Y una tormenta —añadió.
—Cielos —me persigné en honor a los Ocho.
—¿Estás asustada?
—Sí. —Estaba bastante cansada como para que se me ocurriera una mentira decente.
—Bien —murmuró—. Deberías estarlo. Porque yo también lo estoy.
No era algo que hubiera esperado escuchar de un príncipe. Quizá en nuestra honestidad podíamos encontrar un terreno en común.
—Debería ser más seguro ahora que habéis matado a todas esas bestias, ¿no es así?
—Cuando se trata de monstruos, la seguridad es solo una ilusión. El Sumo Sacerdote cree que las hembras eligieron el Krisenth para depositar sus huevos. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Matar a siete hembras debería reducir su población y hacer que los ataques sean menos frecuentes.
Quizá había algo real en la Cadena de las Siete, más allá del desastre que supuso para mi existencia.
—Bueno, pues sí —continuó—, es más seguro ahora que antes.
Vale, dicho así no transmitía mucha seguridad.
—¿Las matasteis cuando os atacaron?
—Los barcos están armados con arpones y lanzas.
No pude evitar recordar que había matado a las siete bestias con esas armas para reclamarme como pago.
—Es poco probable que nos ataquen —dijo—. Deberíamos temerle más a una tormenta.
A menos que los siete monstruos fueran una fracción insignificante de todos los que habitaban el Krisenth. ¿Y si había siete más? ¿O cien más?
Un escalofrío recorrió mi espalda e hizo que todo mi cuerpo temblara.
—Las atraemos con carnada, Odessa —dijo—. Por lo general, un marinero solo se cruza con una cada diez años. Para encontrar siete tuvimos que esforzarnos de verdad.
Sí. Carnada para satisfacer la petición de mi padre. Carnada para atrapar a siete y reclamar una novia como pago.
—¿Por qué yo? —pregunté sin poder contener la pregunta—. ¿Por qué elegiste casarte conmigo?
Si íbamos a estar unidos, quería una respuesta.
Pero Zavier se mantuvo en silencio. Apoyó los codos sobre la barandilla e inclinó su cuerpo fuerte y alto hacia delante, manteniendo la mirada fija en el horizonte.
—¿De verdad me vas a ignorar?
La comisura de sus labios se alzó levemente.
No estaba ni siquiera cerca de ser una sonrisa, pero parecía evocar una promesa. De por sí ya era atractivo, pero estaba segura de que si sonreía sería arrebatador. Posiblemente lo mejor sería que no lo hiciese. Lo último que necesitaba era enamorarme de mi esposo y bajar la guardia.
—Debo advertirte, Turah no es como Quentis —sentenció.
—¿Porque las mujeres usan pantalones?
El comentario le hizo esbozar otra media sonrisa.
—Dejando la ropa de lado, Turah es un lugar difícil, y grande. Todavía nos quedará un largo camino por tierra una vez que lleguemos a la costa.
Hacia Allesaria.
Intenté controlar mi expresión, esperando que no pudiera sentir cómo se aceleraba mi pulso. ¿No sería más conveniente que me contara todo sobre la capital? Con gusto me quedaría aquí escuchándolo.