Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

—Su Alteza —dijo Brielle, acercándose a toda prisa hacia mí, con las mejillas sonrojadas y su cabello castaño lacio desordenado en un moño sujeto en su nuca.

Después de una reverencia rápida, me pidió que fuera a la parte trasera del barco—.

Venga conmigo. Jocelyn la está esperando.

Me han trasladado que no nos entrometamos.

Lo que quería decir es que yo no me entrometiera.

No tenía ningún deseo de mezclarme con los turanos, así que la seguí por la escalera hacia la toldilla, pasando por el puesto del capitán, y nos acercamos a la barandilla más alejada en la popa.

A medida que se izaban las velas, el sonido de los hombres se desvaneció. El agua empezó a chocar contra el casco de la nave y lentamente nos meció de un lado a otro.

Jocelyn hizo una pequeña reverencia cuando nos acercamos.

—Su Alteza.

Tenía algunas lágrimas marcadas en las mejillas y su rostro se veía más pálido que de costumbre. Su cabello rubio rizado era como el de Brielle y tenía un moño similar anudado en la nuca, aunque parecía un poco más desaliñado.

Me recliné sobre la barandilla de madera y quedé entre las dos. Eran más altas que yo y tenían curvas más voluptuosas. Siempre había envidiado sus figuras. Estaba segura de que parecía una niña cuando estaba con ellas por mi constitución delgada y mis brazos escuálidos.

No era como Margot ni como Mae. Cuando éramos niñas, cuando discutíamos con otra niña, siempre dejaba que ella peleara por mí y se encargara de empujarla y golpearla aunque fuera más joven que yo.

Pedirle a Jocelyn y Brielle que pelearan mis batallas no sería correcto. De algún modo, tenía que encontrar la fuerza para afrontar esto sola. ¿Cómo? No tenía ni idea.

—¿Cuánto hace que estáis aquí? —le pregunté a Jocelyn.

—No hace mucho —dijo—. Estaba bajo cubierta, ordenando nuestro cuarto.

—¿ Nuestro cuarto?

—El hombre que me ayudó a abordar dijo que vamos a compartir el mismo cuarto.

Entonces no iba a compartir la habitación con Zavier.

—Por mí está bien.

—Anoche ¿fue…? —dijo Brielle, mirando a su alrededor para cerciorarse de que estuviéramos solas—. ¿Fue desagradable?

No la había visto desde que salí de mi habitación el día anterior, así que tenía sentido que creyera que había pasado la noche con Zavier y no en el estudio con mi padre.

—Todavía no me ha pedido que duerma con él y no tengo intención de hacerlo hasta que me lo pida.

—Ya. —Abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo más, pero la cerró enseguida.

Mae probablemente se habría guardado eso para sí misma. Por lo general, no le importaba lo que pensaran sus criadas, ya que nunca respondía a sus preguntas personales. Las dejaba compartir chismorreos, incluso aunque fueran falsos.

Pero Brielle y Jocelyn serían mis únicas aliadas en este viaje. En algún momento, quizá nos volveríamos amigas y no quería empezar esa amistad con una mentira.

—¿Habéis visto al príncipe? —pregunté.

—No, Su Alteza —dijo Jocelyn.

Quizá Zavier había decidido viajar en otro barco. Si Daria, la diosa de la suerte, estaba de mi lado (y pocas veces lo estaba), quizá el Guardián también había subido a otro barco.

Una multitud empezó a formarse en el muelle. Además de mi familia y la guardia real, un grupo de comerciantes se acercó para vernos partir. También había un grupo de soldados junto al carruaje de Margot.

Banner no estaba ahí. No lo veía desde la reunión en la sala del trono.

Habría sido agradable despedirse de él, pero posiblemente lo mejor era que no hubiera venido.

—Ahí está mi madre —dijo Jocelyn, señalando a una mujer separada del resto. Su cabello era del mismo rubio rizado que el de su hija—. Me ha hecho prometerle que regresaría.

Esperaba poder ayudarla a cumplir esa promesa.

—¿Ha venido tu familia también? —le pregunté a Brielle.

Tragó saliva con fuerza y sacudió la cabeza.

—No, Su Alteza. Con tan poco tiempo, lo único que he podido hacer ha sido enviarles una carta.

Sus padres tenían una granja en Quentis. Con eso podían mantenerse ellos y la familia de su hermano, pero ella tenía que salir a trabajar en la ciudad. Además, su granja estaba demasiado lejos como para que las noticias llegaran en menos de un día.

Quizá debería haber insistido en llevar a las criadas de Mae en su lugar.

Ellas sabían desde hacía más de un año que abandonarían Quentis.

Habían tenido tiempo para prepararse. Pero, con todo el ajetreo que siguió a la reunión en la sala del trono, no se me ocurrió desafiar las órdenes de mi padre y de Margot, y por eso Brielle y Jocelyn me acompañarían a Turah.

Esa exigencia de obtener una novia como pago, este matrimonio maldecido por los dioses, había arruinado también otras vidas, además de la mía.

—Lo siento.

Se encogió de hombros.

—No es culpa suya.

—Aun así, lo siento.

—Gracias —dijo con una voz temblorosa y se sorbió la nariz.

Mantuvimos un silencio solemne mientras admirábamos Roslo.

¿Regresaría a mi amada ciudad? ¿Alguna vez volvería a ver mi castillo dorado? Incluso si cumplía con la misión, si encontraba la manera de entrar en Allesaria, no volvería a vivir en Quentis, ¿o sí?

Esa habitación en el tercer piso con el balcón angosto ya no me pertenecía. Por eso asimilé cada detalle, memoricé cada torre y chapitel, antes de que el barco se adentrara en el mar y los hombres gritaran al alejarnos de tierra firme.

Jocelyn levantó una mano para saludar a su madre y con la otra se cubrió la boca para ocultar su llanto. Se sorbió la nariz y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

No era justo. No era para nada justo.

—Prometo traerte de regreso a tu casa —dije—. Regresarás a Quentis.

La probabilidad de romper esa promesa era muy alta. Era cruel hacer una promesa que no estaba segura de poder cumplir.

Pero lo hice de todas formas.

Mi padre no sería la única persona a la que le fallaría si no encontraba una manera de entrar en Allesaria. No podía dejar a Brielle y a Jocelyn atrapadas en un reino extraño, separadas de sus familias por tiempo indefinido.

La presión de las expectativas dificultaba mi respiración. El peso de todos esos secretos caía con fuerza sobre mis hombros.

¿Podría hacerlo?

Quizá no. Pero lo intentaría. De ahora en adelante.

Podía hacerlo .

Quizá si me lo repetía varias veces, empezaría a creérmelo.

La multitud del muelle empezó a desconcentrarse y vi a mi padre dirigirse hacia su caballo. Por su lado, Margot y Mae fueron a su carruaje.

Los observé marcharse por la calle, protegidos por sus guardias, hasta que la ciudad se los tragó. Avanzarían por las calles que se abrían paso entre los edificios blancos hacia el castillo. Regresarían a sus vidas, mientras yo zarpaba rumbo a la mía.

Los soldados fueron los siguientes en partir, seguidos por los comerciantes, que regresaron a sus puestos de trabajo, donde pasarían el día hasta el atardecer para llevar un plato de comida a la mesa.

Solo una persona se quedó en el muelle mientras nos alejábamos por la bahía de Roslo.

La madre de Jocelyn.

Siguió saludándonos sin parar. Debía de estar cansada, pero no dejaba de saludar a su hija.

Yo podía tener la corona, pero Jocelyn era la única que poseía una riqueza verdadera.

Como me costaba ver a la madre saludarla y ver cómo Jocelyn le devolvía el gesto durante otro minuto, elegí mirar hacia el acantilado.

Esperaba encontrarlo vacío, pero en la cornisa había un jinete solitario sobre su caballo. Un hombre de uniforme aguamarina, montado en un semental de pelaje dorado.

Banner .

Levanté la mano.

Y él hizo lo mismo.

Lo miré hasta que no era más que un punto distante en la costa.

Hasta que los edificios se difuminaron y se convirtieron en un mar blanco.

Hasta que el castillo dorado en el fondo se convirtió en un destello brillante en el horizonte.

Me quedé junto a la barandilla, observando cómo desaparecía mi hogar, incluso después de que Brielle y Jocelyn se hubieran marchado bajo cubierta.

Todo se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. En un momento, podía distinguir la ciudad si entrecerraba los ojos, pero entonces, desapareció y lo único que tenía frente a mí era agua.

O quizá eran solo mis lágrimas.

Levanté la corona, parpadeando para secarme los ojos.

—Necesitarás otra ropa. —La voz profunda y tronante de un hombre me hizo sobresaltar. Me giré y casi se me cae la corona cuando noté que no era el Guardián con su expresión acechante.

Era Zavier.

¿Cuánto tiempo había estado parado ahí? ¿Y en qué momento aprendió a hablar?

—La mayoría de las mujeres de Turah se visten como los hombres. —Se acercó a mi lado en el barandal—. Los pantalones son mucho más cómodos para el día a día. Incluso en las cortes de Perris, las mujeres por lo general solo usan vestidos para las fiestas.

¿Tenía ganas de hablar sobre moda? Definitivamente no.

—Vaya, puedes hablar.

—Que no haya hablado antes no significa que no pueda hacerlo —dijo, sonriendo. No era idéntica a la sonrisa insolente del Guardián, pero sí igual de arrogante y exasperante—. Bienvenida a bordo del Segador , Odessa Wolfe.

Wolfe. No Cross.

Odessa Wolfe.

Lo sentí como una puñalada en el estómago. Otro recuerdo más de que todo había cambiado en menos de un día. Si no hubiera sido por la barandilla me habría caído al agua.

¿Hasta qué punto podía alguien perder su identidad antes de convertirse en una cáscara vacía?

Odessa Wolfe.

Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.

Quizá podía sentirlo, quizá este era su juego: desposeerme de todo lo que me hacía ser yo .

Bueno, no iba a seguirle el juego. No podrían quitarme nada si antes lo hacía yo.

—Toma. —Le arrojé la corona—. Debería alcanzar para alimentar una familia durante años.

Zavier estudió el oro y las joyas ambarinas, y frunció el ceño.

No esperé su respuesta. Crucé la popa y rogué para que el chapoteo que oí en el agua no fuera causado por mi corona.