Capítulo nueve
Mi padre, Margot y Mae estaban en el muelle junto a los barcos turanos.
Se mostraban erguidos, con la espalda recta en una postura perfecta y las manos juntas, mientras sus coronas destellaban bajo los tenues rayos de luz del amanecer.
Habían venido a despedirse.
El alivio al verlos fue tan grande que me detuve y suspiré profundamente.
Han venido .
En el camino de regreso después de ver las medularias monstruosas, me había convencido de que no importaba si no aparecían, de que no me dolería, ya que sabía que mi padre me había prometido traerme a casa cuando terminara mis tareas de espionaje. Estaba segura de que no vendrían.
Pero aquí estaban, con sus prendas de un aguamarina intenso. Y parecían tan miserables como yo misma.
El Guardián me miró con desdén sobre su hombro cuando notó que ya no lo estaba siguiendo. Pero no volvió a chasquear los dedos, no me pidió que me apresurara. Pasó junto a mi familia sin mirarlos.
Ya casi era la hora de partir. Los muelles estaban vacíos y ya se habían cargado las provisiones, al igual que mis baúles.
Busqué a mis dos criadas y encontré a Brielle subiendo sola al barco del medio.
Jocelyn ya debía estar en la cubierta. La tripulación del barco principal estaba desatando las sogas de los pilotes del muelle.
Intenté moverme, pero no pude. Todas las órdenes mentales que les di a mis piernas fueron ignoradas.
¿Cómo me despediría? ¿Y si este era el fin? ¿Y si no volvía a ver a mi familia?
¿Y si fracasaba? ¿Y si todas las personas que amaba morían durante la migración?
Mi padre apartó la vista de uno de los barcos turanos y me encontró inmóvil, a veinte metros de él. ¿Tenía el pelo tan canoso antes o se había puesto así en algún momento de la noche cuando se dio cuenta de que no era la indicada para esta tarea?
Cuando Mae me vio, sus ojos azules se suavizaron, como si supiera que estaba paralizada. Se apartó de Margot y se acercó a mí. Entrelazó un brazo con el mío y, con un pequeño empujón, me obligó a moverme.
—Te ves encantadora.
—Gracias —dije, aunque no le di las gracias por el cumplido, sino por haber venido al muelle. Por estar allí para no tener que hacer eso sola. Mi corazón latía con fuerza y el ardor en mi garganta me advertía que las lágrimas estaban en camino. Llorar solo molestaría a mi padre, así que me contuve.
—Si vas a llorar, no lo hagas —dijo, como si pudiera leerme la mente—. Te pones muy fea cuando lloras.
Reí, algo que no creí que fuera posible esta mañana.
—Eres un demonio.
—Acéptalo, me vas a echar de menos.
—Nunca. —Apoyé la cabeza sobre su hombro mientras me llevaba hacia delante.
Aminoró la marcha y casi me termina arrastrando hacia atrás para no tener que llegar tan rápido al lugar donde me esperaban mi padre y Margot.
—Ten cuidado con el Guardián.
—¡No me digas! —exclamé con ironía—. En ningún momento se me había pasado por la cabeza que fuera peligroso.
—Hablo en serio. Tienes que mantenerte siempre alerta. Y no confíes en ellos. Papá tiene que encontrar Allesaria.
—Espera. —Tiré de ella hacia atrás para que se detuviera y esperé a que estuviera frente a mí—. ¿Conoces el plan?
—Claro.
Claro . Tonta de mí por pensar que nadie lo sabía. No, solo yo no lo sabía.
Me estaban haciendo ir a Turah para que robara sus secretos. Me habían casado con un príncipe y obligado a firmar un tratado con mi sangre protegido por magia antigua. Había hecho todo lo que se esperaba de una princesa en mi situación casi sin oponerme.
Y, aun así, mi padre no me había contado toda la verdad. No me había otorgado su completa confianza.
Había aprendido mucho tiempo atrás a vivir sin su afecto, sin su amor. Pero maldita sea, sin importar cuánto me costara, quería obtener su lealtad, su confianza.
¿Por qué había compartido sus intenciones con Mae y no conmigo? ¿Era porque ella tenía una personalidad más feroz? ¿Porque era atrevida y astuta? ¿Porque sabía empuñar una espada y ganar una batalla?
Fuera cual fuese la razón, la había elegido a ella para que fuera el Gorrión. Siempre la elegía a ella.
Lo único que yo había hecho en la vida había sido servirle. Lo único que había hecho yo había sido hacer todo lo que me pedía. Lo único que había hecho había sido intentar que se fijara en mí.
¿Qué tenía que hacer para ganarme esa confianza?
Quizá la única manera de conseguirlo era encontrando el camino a Allesaria. Y cometiendo un asesinato.
¿Confiaría en mí si mataba al Guardián? ¿Acaso le importaba que era probable que fuese yo la que terminara muerta en vez de él?
—Puedes hacerlo —dijo Mae, bajando la voz—. Llega a Allesaria. Escríbenos cuanto antes. Y, mientras estés ahí, arráncale el corazón al Guardián.
Esa era la amada hermana que conocía.
—Haces que un asesinato suene tan sencillo —murmuré. Levanté la vista hacia delante y me encontré con los ojos de plata fundida del hombre que estaba de pie en la cubierta del barco del medio.
El Guardián me miró con tanta intensidad que sentí un temblor en todo el cuerpo y me tambaleé. No había manera de que pudiera oírnos desde tan lejos, pero su expresión de desdén y la tensión de su mandíbula me hacían preguntar si había oído cada una de nuestras palabras.
Por todos los dioses . ¿Era ese otro de sus poderes?
Margot se paró frente a mí, tapando la visión del Guardián, y apoyó las manos sobre mis hombros.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Me envolvió en un abrazo y me habló al oído.
—Eres fuerte, Odessa. Más fuerte de lo que crees.
Margot había sido la única madre que había conocido, pero no era una mujer a la que le gustara hacer cumplidos. Fue algo tan extraño como bienvenido, como una gota de agua sobre una planta sedienta.
Me soltó enseguida y luego se tocó el borde de sus ojos secos. Quizá todo formaba parte de una fachada. Pero hoy prefería creer que era cierto, aunque no lo fuese.
—¿Dónde está Arthy? —Miré a mi alrededor en busca de mi hermano. ¿Seguía en el carruaje?
—Durmiendo. —Un obviamente no dicho flotó entre nosotras—. Apenas está amaneciendo.
—Pero no he podido despedirme de él.
Me había dicho que lo traería, que podría verlo, abrazarlo, antes de partir. Si no estaba aquí, entonces me iría y la probabilidad de no volverlo a ver era alta. Ese ardor en mi garganta regresó con una nueva intensidad.
—Lo volverás a ver —dijo, sacudiendo la mano.
¿Y si no era así? ¿Me recordaría? Abrí la boca, pero no tenía nada para decir. Ya era tarde. Me estaba yendo.
Mi padre tomó el lugar de Margot frente a mí y apoyó sus manos fuertes sobre mis hombros. Con un gesto de su barbilla, hizo que Margot y Mae se alejaran y nos quedamos solos.
Sus ojos de color caramelo se clavaron sobre mí con una gentileza que jamás había visto antes. Si era todo parte de la fachada, también me negaba a creerlo.
—Puedes hacerlo.
—Lo intentaré. —Esbocé una sonrisa triste—. Por ti.
Su cuerpo robusto pareció desinflarse cuando me envolvió con sus brazos.
—He cometido muchos errores como padre. Lo siento. Tu madre estaría muy decepcionada de mí.
La conmoción que me produjo su comentario sofocó la amenaza de las lágrimas. Nunca hablaba sobre mi madre. Nadie lo hacía. Y se había disculpado. ¿Quién era este hombre y dónde estaba mi padre orgulloso y distante?
—Recuerda todo lo que te he dicho —murmuró con una voz que era apenas un susurro.
—Lo haré.
—Bien. —Aflojó las manos, pero, antes de soltarme, lo sujeté con fuerza.
—¿De verdad puedes salvarnos de los crux? ¿Quebrantarás el tratado del Escudo de Gorriones? —Era mi única oportunidad para preguntárselo. Dudaba de que me diera una respuesta, pero tenía que intentarlo.
—Lo intentaré. Pero primero debo entrar en Allesaria antes de la migración.
—¿Por qué? ¿Qué hay en esa ciudad? Si me lo dices, quizá pueda ayudarte a encontrarlo.
—Ese no es uno de tus cometidos.
No, pero sí para Mae.
—¿Pero cómo será eso posible? Leí el tratado. Si invades la ciudad, incumplirás las condiciones. —Aunque no había muchas, esa era una condición absoluta—. Eres el rey de Quentis. Morirás.
—No tengo intención de morir. Al menos, no pronto.
—Pero…
—No más preguntas. —Me soltó y retrocedió—. Solo te pido que confíes en mí, Odessa. ¿Es así?
Mi confianza en él era total, pero no había recibido lo mismo a cambio. No era justo. Sin embargo, respondí sin vacilar:
—Sí.
Cerró los ojos y el alivio se extendió por sus facciones.
—Bien.
Podía no conocer todos los detalles de esta misión, pero era mi padre. Mi rey. En toda mi vida, lo único que había visto de él era su entrega para hacer lo que creía mejor para su pueblo. Y yo seguía siendo parte de ese pueblo, sin importar cuán lejos navegara.
Levantó una mano hacia mi cara y me acarició la mejilla con el pulgar. Su mirada se posó sobre mi cabello y la corona.
—Nunca debería haber permitido que Margot te tiñera el cabello. El color rojo lo heredaste de tu madre.
—Sí, me lo dijiste. —Hacía mucho tiempo. Cuando era pequeña y todavía no había olvidado a mi madre.
—De todos modos, el castaño te queda bien. —Me besó la frente y se hizo a un lado, levantando un brazo para escoltarme hacia el barco.
Una pasarela de madera conectaba el barco con el muelle.
Mi padre me soltó y, con la mano sobre mi espalda, me animó a seguir adelante.
Sola.
Un turano de ojos grises y pequeños me esperaba al final de la pasarela, con la mano extendida para ayudarme a bajar el único escalón que llevaba a la cubierta. En cuanto mis pies estuvieron firmes sobre el suelo de madera, pasó junto a mí y subió la pasarela al barco.
La pasarela golpeó contra la madera cuando la aseguró contra el casco del barco, y luego cerró la puerta a mi espalda, haciendo girar un pestillo de metal. Entonces se marchó, uniéndose a los demás que se gritaban órdenes unos a otros, todos a bordo listos para abandonar Roslo.
Mis rodillas temblaron, ya fuera por el vaivén del barco o por haber entendido que eso era todo. Sin esa pasarela, ya nada me conectaba con Quentis. Con mi hogar.