Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

Me agaché junto a la primera bestia y miré sus ojos negros. Eran cuatro en total, dos en la parte frontal y dos a los lados. Si había otros depredadores en las profundidades del océano, este animal podía verlos antes de que la atacaran.

Había algo elegante y delicado en su rostro. Era un monstruo hermoso y letal, y, aun así, también había una cierta tristeza en esos ojos sin vida. Quizá era solo yo proyectando mis propios sentimientos.

Ese monstruo había muerto para que un príncipe pudiera manipular a un rey. Para que un hombre pudiera obligar a una mujer a casarse con él.

Al diablo si me quedaban las manos apestosas. Me acerqué y toqué una de las escamas, que era tan grande como la uña de mi pulgar, y acaricié su superficie azul brillante hasta la punta turquesa. Me sobresalté cuando sentí un dolor repentino en el dedo y una gota de sangre brotó de la herida.

—Esas escamas son tan afiladas como sus dientes —dijo una voz profunda por detrás de mi hombro.

Me puse de pie enseguida y me giré. Detrás de mí, el Guardián estaba reclinado sobre un poste.

¿De dónde había salido? ¿Cómo era que no lo había oído acercarse?

Quizá estaba demasiado ensimismada observando la bestia.

Eso o podía velar sus pisadas cuando quería.

Quizá podía levitar como el Sumo Sacerdote.

Hice una nota mental para prestarle atención a eso más tarde y cuidarme las espaldas.

Salvo por nosotros dos, el muelle estaba vacío. Aunque también era posible que le hubiera pedido a mi guardia que se marchara o haberlo ahuyentado.

—Buenos días, mi reina. —La comisura de sus labios se elevó mientras yo me limpiaba la sangre del dedo con la falda de mi vestido.

Se apartó del poste y se acercó a mí. Demasiado cerca. Se detuvo frente a mí y me miró con esos ojos cambiantes. Eran de un verde intenso, como esmeraldas.

—¿Nunca has visto una?

—No.

—¿No te parecen hermosas? —Pasó a mi lado con tranquilidad y miró una por una cada medularia. Entonces llegó a la última, la más grande. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado gráciles, como para ser completamente humano.

Caminaba con la misma comodidad que los Voster.

¿Estaba conectado con la hermandad? ¿Era esa la fuente de su poder? ¿Su magia?

La noche anterior, durante las lecciones de espionaje, mi padre había mencionado al Guardián casi tanto como Allesaria. Su desesperación para encontrar la fuente de sus poderes era casi tan palpable como su necesidad de conseguir información sobre la capital turana.

El Guardián apoyó una mano sobre el cuerpo del monstruo y acarició sus escamas.

Eso me hizo poner tensa, y una parte de mí esperaba ver su mano llena de sangre, pero, cuando la retiró, me miró con esa sonrisa irritante y noté que estaba ilesa.

—Bonita corona.

Debería habérsela regalado al vendedor de pescado.

—Gracias —esbocé una sonrisa dulce.

—¿Eso es lo que llevas en tus baúles? ¿Coronas y joyas?

—Mis pertenencias no son de tu incumbencia. —Me crucé de brazos y levanté la barbilla, mientras él se acercaba a mí, alentado por el firme repiqueteo de sus botas sobre las tablas del muelle.

Coincidía con el ritmo de mi corazón hasta que detuvo su cuerpo robusto frente a mí.

Era tan alto que mis ojos estaban al mismo nivel que su pecho y, para mantenerle la mirada, tuve que inclinar la cabeza hacia atrás.

Al hacerlo, sus ojos cambiaron a un verde todavía más intenso, como una pradera de Quentis después de una lluvia de primavera.

Eran deslumbrantes, aterradores. Sentí un escalofrío en la espalda. Este hombre es un asesino, no debería tener unos ojos tan encantadores.

El guardia no debería haberme dejado sola.

—Nuestros barcos no son conocidos por su elegancia. ¿Cómo sobrevivirás al viaje? —dijo con un tono burlón.

Me encogí de hombros.

—Estoy segura de que si mi esposo puede tolerar pasar días sin sus prendas elegantes, estaré bien. No hace falta que te preocupes por mi bienestar. De hecho, quizá lo mejor sea que te olvides de mí por completo. Preferiría no vincularme con un asesino.

La manera en que entrecerró los ojos y cómo trastabilló su sonrisa tenían que ser indicio de que sabía que me refería al hermano de Banner.

El aire a nuestro alrededor cambió. Se volvió más sofocante. Era como si estuviera zumbando sobre mi piel, pero no era como la magia de los Voster. No producía la misma sensación.

El poder del Guardián parecía contener una ira reprimida. Era como si brotara de su cuerpo.

Alguien más sensato probablemente se habría asustado, habría tomado esa sensación como una advertencia. Pero estaba demasiado cansada y hambrienta, y ese hombre ya me estaba irritando.

¿Qué iba a hacer? ¿Matar a la novia de su príncipe?

No me mataría. ¿Verdad?

El Guardián arrastró su mirada por mi rostro, tanto que tuve que luchar contra la urgencia de escapar.

—Pareces cansada. ¿Has tenido una larga noche? Espero que no te hayas quedado despierta despidiéndote de tu prometido.

—Tampoco es de tu incumbencia.

—Ah, ¿no? Estás casada con el heredero del trono turano. Sus hijos deben ser de su linaje. Creo que tengo todo el derecho a preocuparme por la semilla que permitas entrar en tu vientre.

Me puse totalmente roja y abrí la boca, sorprendida, mientras me alejaba de él como si me hubiera golpeado.

—No doy crédito. —Él se encogió de hombros. Maldito cretino—. ¿Quién te crees que eres?

Su respuesta fue acercarse tanto que pude sentir su aroma. Era masculino y especiado, como a cuero y cítricos. Una mezcla de la brisa del mar, tierra fresca y una lluvia pesada. Era tan caótico como el color de sus ojos.

Cambiaron otra vez y sus iris se oscurecieron hasta adquirir un tono avellana. El verde, el dorado y el castaño parecían librar una batalla y ninguno conseguía proclamarse vencedor.

Su mano se escabulló hacia mi cintura y me hizo girar tan rápido que no pude procesar lo que estaba pasando. Entonces, apoyando una mano en mi espalda, me empujó.

O intentó hacerlo.

Un dedo del pie se me quedó atascado en una tabla del muelle y perdí el equilibrio. Me tambaleé hacia un lado y casi me estrello contra el cadáver de la medularia.

Pero el Guardián me tomó del brazo justo antes de que cayera sobre esas escamas afiladas. Me sujetó del mismo lugar donde Margot me había sostenido el día anterior. No se me había formado ningún moretón todavía, pero era una zona sensible.

Un grito escapó de mi boca y me soltó de inmediato, dando un paso hacia atrás. Sacudí el brazo para calmar el dolor y enderecé la espalda, alejándome de él con una mirada fulminante.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Avergonzarme? ¿Intimidarme?

—Puede ser.

Bueno, al menos era honesto. Me giré hacia la medularia.

—Bueno, parece que estoy atrapada entre dos monstruos.

—No tienes idea de lo preciso que es eso que acabas de decir —murmuró, acercándose más a mí—. Tu brazo. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Sacudí la mano, restándole importancia—. Es solo una herida anterior.

Frunció el ceño como si quisiera más detalles sobre esa herida. Pero, en lugar de preguntar, levantó una mano hacia mi cabello y tomó un rizo que caía sobre mi hombro.

Lo había sujetado con algunas horquillas. Margot no había querido molestarse en hacerme una trenza.

Cuando el mechón quedó atrapado entre sus dedos, respiró profundo, como si pudiera sentir el olor de la tintura. Con una mueca de desdén, lo soltó y se limpió los dedos en los pantalones. Se giró y se marchó, chasqueando los dedos como si yo fuera un perro que tenía que seguirlo.

—Vamos, Gorrión. Llegas tarde.

¿Y si lo empujaba por la borda mientras estábamos en el mar? Y dejar que el océano lo matara por mí.

Casi me agradaba la idea de ver a este hijo de puta ahogándose.