Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Mientras miraba el sol aparecer por el horizonte desde el muelle, se me escapó un bostezo. Margot se habría echado las manos a la cabeza si hubiera visto que no me había tapado la boca para hacerlo, al igual que todas las otras veces que bostecé desde que salí del castillo. Pero no estaba allí.

No había nadie más salvo los guardias que habían escoltado mi carruaje.

Era la primera vez que iba al muelle al amanecer, antes de que las tiendas y los comerciantes empezaran a trabajar.

Muchos hombres y mujeres se movían con lentitud, mientras abrían sus tiendas y se preparaban para empezar el día.

El olor a pescado y salmuera no era tan fuerte como lo sería al mediodía.

Las sendas peatonales estaban vacías y eran más grandes que lo que había anticipado, ya que no estaban ocupadas por la gente.

—Disculpe, Su Alteza —dijo uno de los sobrecargos. Era un muchacho rubio algo desgarbado y llevaba uno de mis tres baúles hacia uno de los tres barcos turanos.

Zavier y sus guerreros todavía no habían llegado, pero los tripulantes ya estaban ocupados izando las velas y cargando las provisiones.

Los nervios me revolvían tanto el estómago que parecían las olas que chocaban contra los muelles. O, al menos, creía que eran nervios. Quizá era solo hambre.

No habíamos tenido un banquete para celebrar la boda, pero tampoco me molestaba haberme perdido esa formalidad. De todas maneras, habría sido agradable comer algo.

En su lugar, mi padre me llevó a su estudio privado y me dio algunas lecciones de espionaje; para entonces, la comida cayó en el olvido. Al igual que el sueño.

Me tuvo en el estudio toda la noche, mostrándome mapas y toda la información que tenía sobre Turah.

Habló sin parar sobre sus teorías sobre la ubicación de Allesaria hasta una hora antes del amanecer, cuando Margot entró a buscarme para cambiarme el vestido de boda por algo más cómodo para el viaje.

Entonces, mi padre fue a buscar el desayuno, pero, cuando le pedí un bollito, hojaldres o un puñado de galletas, Margot dijo que podría comer en el barco. Esa era su manera de decir que ahora el problema era de Zavier.

Con suerte, la tripulación turana tendría un cocinero o alguien que me indicara dónde conseguir algo que echarme a la boca.

El sobrecargo asintió cuando pasó junto a mí con las manos vacías y se marchó a buscar el segundo baúl.

¿Dónde estaban todos? ¿Dónde estaban papá, Margot, Mae y Arthalayus? Iban a venir, ¿cierto? No me dejarían ir sin despedirse, ¿verdad?

Esas preguntas hacían que me picara la nariz por la amenaza de las lágrimas.

Estaba cansada. Y hambrienta. Estaba al borde de una crisis emocional y lo único que quería era estar sola para afrontarla.

Llevé una mano hacia el collar que me había puesto esta mañana durante el viaje en el carruaje y retiré el pendiente de debajo de mi vestido gris sencillo. Cerré la mano a su alrededor y sentí el metal cálido sobre mi piel con la comodidad de su peso.

¿Alguna vez volvería a Roslo? ¿Volvería a ver estos muelles?

¿Volvería a ver a mi familia?

Quizá había sido bueno que mi padre no me dejara sola por la noche. Ni siquiera me había dado tiempo para procesar todo el asunto, para romperme y llorar.

Pero ahora estaba sola, mirando todos esos barcos, y no había manera de evadir lo inevitable.

Estaba a punto de abandonar Roslo. Estaba a punto de abandonar mi hogar.

El sobrecargo pasó una vez más por mi lado y esta vez asintió por un breve instante, mientras llevaba mi baúl. Pronto iría a buscar el tercero y entonces todo habría terminado. Llevaría el carruaje de regreso al castillo y yo me quedaría aquí sola.

No quería quedarme sola. No quería quedarme aquí sin hacer nada. Una energía ansiosa hizo que mis brazos y piernas temblaran, así que aparté la vista de los barcos y caminé por el muelle.

—¿Princesa? —me llamó uno de los guardias.

—Voy a caminar —dije.

—Pero…

—Sola.

Hizo una leve reverencia.

—Princesa.

¿Me seguiría? Por supuesto. Le habían ordenado que me acompañara, pero no que acatara mis órdenes. Siempre y cuando mantuviera la distancia, no me molestaba.

Mis zapatos eran silenciosos sobre las tablas irregulares bajo mis pies, la madera crujía en algunas ocasiones con mis pasos. El olor a huevos cocidos y carne sazonada que emanaba de una casa cercana me hizo rugir el estómago.

Un hombre con una canasta llena de pescados miró dos veces en mi dirección cuando pasé junto a su puesto.

Abrió mucho sus ojos de color castaño cuando vio mi corona, un accesorio que Margot había insistido en que llevara.

De inmediato, dejó la canasta en el suelo con tanta brusquedad que cayó hacia un lado y se apresuró a hacer una reverencia.

—Su Al-Alteza.

—Buenos días. —Me acerqué para ayudarlo a levantarla, pero cuando me agaché para levantar un pescado, sacudió mi mano para que no lo hiciera.

—No, princesa. Por favor, déjelo. Sus manos se van a impregnar de este olor.

Una princesa con olor a pescado en las manos. Que los dioses no lo permitan.

Lo dejé para que continuara con lo suyo y seguí caminando, atrayendo cada vez más miradas.

Mi tienda de periódicos favorita estaba cerrada, tenía las ventanas tapadas y no se podía ver la imprenta. ¿Habría periódicos en Turah? Eso esperaba. Disfrutaba mucho leyéndolos todas las semanas.

Algunos periódicos solo contenían historias ficticias, otros publicaban rumores de la ciudad. Y luego estaban los que informaban sobre eventos reales, como crímenes y festividades.

Había tantos periódicos en Roslo que varios llegaban al castillo todos los días. Los sirvientes los hacían circular como dulces. Margot tenía sus propias suscripciones. Al igual que Mae. Y yo.

Me arrepentía de no haber guardado un par para leer durante el viaje.

Todas las imprentas contaban con oficinas y edificios enteros para su producción, pero la mayoría de los comerciantes tenían solo puestos en los muelles.

Por la noche, los tapaban con lonas para protegerlos de los elementos.

Ahora, esas lonas estaban sobre los tinglados y dejaban al descubierto las mesas, las canastas y los mostradores.

Había pescados, frutas, hierbas, joyas, tónicos, ropa.

En los muelles de Roslo había de todo lo que se pudiera comprar.

Estas pasarelas siempre estaban llenas de gente, siempre sumidas en el caos. Menos hoy. Algunas personas se me quedaban mirando boquiabiertas, otras se escondían. Sin el ajetreo normal de los clientes, era imposible camuflarse o esconderse entre las masas.

Mucho menos con esta maldita corona en mi cabeza.

¿Y si la lanzaba al mar?

Me reí sola cuando imaginé la cara de Margot. Ah, era tentador. Si no fuera un terrible desperdicio de riqueza, me desharía de ella hoy mismo. Pero el oro y las joyas valían tanto como para alimentar a toda una familia durante una generación.

Por eso decidí dejarla sobre mi cabeza y seguí caminando. Tal vez podría desarmarla, pieza por pieza, y esparcir las joyas por Turah.

—Siete. —La voz de un hombre me llamó la atención—. ¿Alguna vez has visto siete medularias?

—Cielos, no. Ni siquiera he visto una —dijo otro hombre, riendo, mientras caminaban tan rápido que no parecieron notar que los había oído.

Las medularias.

Estaba allí deambulando sin rumbo alguno cuando debería estar buscando a los monstruos.

La posibilidad de ver un monstruo como esos en persona me dio un nuevo arreón de energía. Entonces cambié de dirección y seguí a los hombres. Nos alejamos del mercado y avanzamos por un largo muelle con barcos de Quentis meciéndose en el agua con las velas arriadas.

Al final de uno de los muelles había un grupo de hombres y a su lado había unas enormes vigas que los pescadores usaban para colgar las capturas más grandes con enormes ganchos de hierro.

Pero, en lugar de esturiones o tiburones, esos ganchos soportaban una serie de medularias muertas.

Siete en total. Para la Cadena de las Siete.

Hasta el día anterior, nunca había odiado tanto un número. Ah, cómo habían cambiado las cosas.

—Siete —dije, y me acerqué a los monstruos.

Las escamas de las medularias eran tan azules como el zafiro y sus puntas eran de un color turquesa intenso.

Sus aletas eran iridiscentes como ópalos.

La estructura de huesos que brotaba de su cabeza era suave y blanca como la nieve.

Tenían la boca abierta y revelaban cinco filas de dientes tan afilados como un montón de navajas.

Eran más grandes de lo que había imaginado, el doble del ancho de un hombre. Y tan largas que, incluso clavadas por la mitad, sus colas se retorcían sobre las tablas del muelle como sogas gruesas.

—Guau —susurré.

Eso llamó la atención de un hombre que estaba a mi lado. Me miró una vez y enseguida me volvió a mirar, y sus ojos casi se le salen de las cuencas cuando vio la corona.

—P-Princesa.

Esa palabra bastó para que el resto me mirara. Al igual que el hombre de la canasta, todos hicieron una reverencia con cierta incomodidad.

—Disculpe, Su Alteza —dijo un hombre a mi lado, sacándose un gorro azul desgastado y dejando al descubierto su calvicie.

El resto lo siguió y regresó al mercado. Al parecer, ni siquiera la fascinación por una medularia podía evitar que se comportaran de esa forma ante mi presencia.

¿Mi corona era de verdad tan aterradora? Nunca había usado una de estas en el muelle. Supongo que ahora ya sabía la respuesta.

A seis metros, intentando ocultarse entre los barcos, mi guardia suspiró cuando los hombres pasaron a su lado. Quedarme sola me dio la oportunidad de acercarme más a los monstruos.

Debajo de sus bocas abiertas había siete charcos de sangre de un rojo seco tan oscuro que parecía casi negro. Toda esa sangre se había escurrido de sus cuerpos y la que no se había vertido por las rendijas de las tablas hacia el agua se había endurecido y empezaba a coagularse.