Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo siete #3
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Capítulo siete #3

Dudé un instante y miré todos los nombres escritos antes del mío. ¿Cuántas novias habían accedido a esto en contra de su voluntad? Se habían sacrificado por sus reinos. Por el bien de Calandra. Por la paz.

Si ellas pudieron hacerlo, yo también podía.

Enderecé los hombros, sumergí la pluma en mi sangre y la presioné contra el papel, manteniendo la mano más firme de lo necesario al escribir mi nombre.

Odessa Cross

Once letras. Y mi vida ya no volvería a ser la misma.

Le entregué la pluma a Zavier, sin poder mirarlo a los ojos cuando la tomó de mi mano.

Tomó el vial con su sangre del bolsillo y lo sujetó con tanta fuerza que tenía miedo de que rompiera el cristal. Era la misma mano que tenía vendada como yo.

Tendríamos la misma herida después de esto.

Sin demorarse, sumergió la pluma y firmó el tratado con un movimiento ágil de la muñeca.

El aire abandonó mis pulmones y una sensación de mareo me hizo sentir inestable.

El Sumo Sacerdote tomó la pluma y la guardó en el mismo bolsillo de su túnica. Luego cerró sus ojos inquietantes y apoyó ambas manos sobre el tratado. La magia destelló como chispas invisibles, bombardeándome desde todas direcciones, clavándose en la piel; el vestido me quemaba.

Cerré los ojos con fuerza y presioné los dientes para contener el llanto, mientras intentaba superar la ola de dolor. Finalmente, terminó.

—Ya está hecho.

Abrí los ojos cuando escuché la voz del hermano Dime.

El Sumo Sacerdote ya estaba enrollando el tratado para guardarlo en el estuche negro de cuero. Sin nada más que decir, él y el hermano Dime descendieron del altar y abandonaron el santuario.

¿Eso era todo? ¿Ya estaba? ¿Había terminado y estaba casada?

No hubo ningún espectáculo. Ninguna ceremonia. Ningún beso.

Zavier seguía mirando la pared con la mandíbula tensa como si una boda de diez minutos hubiera sido demasiado larga.

Mi esposo.

Y yo, su esposa.

Y no podía mirarme.

De repente, empecé a sentir que se me entumecían los brazos y las piernas. El frío se apoderó de mi piel.

—Debemos honrar vuestra boda con un banquete —dijo mi padre, extendiendo un brazo hacia la puerta del santuario para que nosotros fuéramos los primeros en salir.

Por lo general, él era el último en abandonar una sala, excepto por sus guardias, para asegurarse de que nadie lo apuñalara por la espalda.

Zavier apartó la mirada de la pared y miró a mi padre. Con un movimiento rápido de su cabeza, rechazó la propuesta.

Por mí, estaba bien. Me sentía demasiado revuelta como para comer. Aunque la idea de beber vino, mucho vino, no me parecía tan mal.

Zavier me miró y se acercó. Sentí que el corazón me subía a la garganta cuando me sujetó la barbilla con el índice y el pulgar y la inclinó hacia atrás.

Noté algo en sus ojos verdes. Por fin, había expresado algo de emoción, aunque no sabía con certeza qué en particular. ¿Tristeza, quizá? ¿Lástima? ¿Ambas?

Apoyó la boca sobre mi mejilla con suavidad.

Y luego se marchó, dejando caer la mano a un lado de su cuerpo y mirando sobre el hombro al Guardián.

Tal como lo habían hecho en la sala del trono, los dos hombres compartieron una conversación sin pronunciar ni una sola palabra.

Luego Zavier asintió una vez y bajó del altar.

Sus guerreros siguieron sus pasos hacia la puerta.

¿Tenía que seguirlos? Ahora que esto había terminado, ¿a quién le pertenecía? ¿A Quentis o a Turah?

Mi padre cerró los puños a ambos lados de su cuerpo y noté que empezaba a respirar con pesadez, mientras Zavier desaparecía de la vista.

Él era un rey poderoso y no estaba acostumbrado a que lo menospreciaran. Desde que había llegado, Zavier lo había rechazado siempre que tuvo ocasión.

Compadecía a la persona que tuviera que soportar su terrible malhumor. Y de verdad, de verdad , esperaba no ser yo.

Di un paso hacia delante y me di cuenta de que estaba a punto de abandonar el santuario con los turanos, aunque definitivamente no seguiría a Zavier hacia su ala del castillo.

No, mi plan era deshacerme del vestido y escapar del castillo.

Aunque, antes de bajar del altar, una risa grave hizo que me detuviera.

Esa maldita risa estaba empezando a volverse demasiado familiar.

Me giré.

—¿Sí?

El Guardián estaba de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho y esa sonrisa insolente en su boca.

—¿Ansiosa por seguir a Zavier a su habitación, mi reina?

La sorpresa de Margot resonó por todo el santuario, mientras el calor enrojecía mis mejillas.

Entonces fui yo quien cerré los puños a cada lado de mi cuerpo. Presioné los dientes con tanta fuerza que me empezó a doler la mandíbula.

Envenenarlo sería demasiado piadoso para el Guardián. Demasiado sencillo. Iba a matar a ese hombre con mis propias manos. Quizá podría cortarle la garganta mientras dormía. O dispararle una flecha directa al corazón mientras disfrutaba de su almuerzo.

Fuera cual fuese la ira que vio en mis ojos, solo hizo que esa sonrisa insolente se hiciera más ancha.

Se levantó de la mesa y no se molestó en mirar a mi padre cuando pasó a mi lado hacia la escalera.

—Disfruta de tu última noche en Quentis, Gorrión. Partimos al amanecer. 1 N. del T.: del inglés Oak, que es «roble» en español.