Capítulo seis #2
Había una razón por la que Mae había sido entrenada con tanta intensidad desde que era una niña.
Ella sería la primera princesa extranjera que iría a Allesaria.
Tendría la oportunidad de acabar con generaciones de misterio y arrojar algo de luz sobre un reino que parecía conforme con prosperar en la oscuridad.
Pero ahora esa tarea me había sido asignada a mí.
Zavier no me lo iba a poner fácil, ¿verdad? Nos había observado con demasiada atención, con demasiado cuidado, en la sala del trono. ¿Sospechaba que mi padre tramaba algo? Tenía que haber una razón por la que me eligió a mí, y no creía que fuera solo porque no le había gustado Mae.
Quizá me había visto y se había dado cuenta de que no era una amenaza.
Bueno, estaba totalmente en lo cierto.
Se oyó otro estruendo en el cuarto de Mae. Ya llevaba así una hora. ¿Qué más le faltaba por romper?
—¿De verdad no hay una manera de salir de esto? —¿Ninguna manera de que Mae tomara mi lugar y desapareciera en una tierra lejana con un príncipe?
—Ya has oído al Voster. —La expresión de Margot se suavizó, mostrando un leve destello de simpatía—. Le diré a tu padre que estás lista.
¿Estaba lista? ¿Acaso importaba?
—¿Puedo ver a Arthy antes de irme? Me gustaría despedirme de él.
Margot asintió.
—Claro.
—Gracias.
Apartó un mechón de su cabello rubio de su rostro y salió del cuarto.
El mundo quedó demasiado silencioso cuando se marchó, demasiado vacío. Intenté escuchar algo, pero el cuarto de Mae también había quedado en silencio.
Si no regresaba aquí esta noche, entonces tenía que añadir algunas cosas más al equipaje. Me acerqué a mi armario y revisé el rincón más alejado. Después de mirar sobre mi hombro para asegurarme de que estuviera completamente sola, me agaché.
Levanté la tabla más cercana a la pared y allí estaba el pequeño compartimento que había descubierto cuando tenía diez años.
Mae y yo estábamos jugando al escondite ese día. Ella odiaba esconderse y siempre prefería ser la que buscaba, aunque, si mi escondite era demasiado bueno y no me encontraba, se enfadaba.
Margot y mi padre no fueron los únicos que malcriaron a Mae. Yo también lo había hecho.
Aquel día, mientras estábamos jugando, todos esos años atrás, me había escondido en este rincón del armario, justo detrás de los vestidos grises, y esperé en silencio. En un momento, di un paso hacia atrás y la tabla se movió debajo de mi pie. Entonces encontré el compartimento.
No sabía quién estaba en este cuarto antes de que yo naciera, pero quizá le había pertenecido a otra princesa.
O puede que a alguna abuela olvidada. Me gustaba pensar que alguien que compartía mi sangre también había usado ese compartimento, que esa persona había sido la primera que encontró esa tabla suelta y guardó sus cosas allí.
Que el collar que había encontrado trece años atrás había colgado de su cuello.
Tomé el diario de cuero que había comprado en el mercado esa primavera.
La primera página tenía un boceto de Margot que había dibujado después de presenciar una pelea que tuvo con mi padre. Tenía la boca algo torcida, una expresión de agobio y los ojos llenos de lágrimas. Era un dibujo que nunca le mostraría. Era demasiado real. Demasiado crudo.
A Margot no le gustaba lo real ni lo crudo.
La segunda página tenía un dibujo de Mae en el centro de entrenamiento. Tenía la boca abierta como si estuviera gritando y las manos cerradas a cada lado de su cuerpo. A veces, me preguntaba si gritaba porque cargaba mucho peso sobre sus hombros.
Quizá dejaría de hacerlo ahora que yo cargaba con ese peso.
Más allá de algunos bocetos sueltos, la mayoría de las páginas estaban en blanco. Tenía intención de llenarlas con dibujos de Arthy, del castillo, de Banner o lo que fuera que llamara mi atención. Pero, en su lugar, este diario podía contener mis notas sobre Turah y el Guardián.
Debajo del diario estaba el collar. Era una cadena delicada enrollada con cuidado. Al levantarla, el pendiente destelló con la luz.
Tenía un ala de plata incrustada en un círculo de oro. Aunque, en realidad, no era oro. El tono era algo rojizo y anaranjado, y tan brillante como la luna de la cosecha.
Era un símbolo que nunca había visto antes. Lo había buscado en los libros de la biblioteca. Lo había dibujado y llevado al muelle para ver si alguien lo reconocía.
Pero, después de todos esos años, seguía siendo un misterio.
Volví a colocar la tabla en su lugar y me puse de pie, poniendo cuidado en no pisarme la falda del vestido. Guardé el diario en el último baúl. El collar lo guardé debajo del vestido, oculto sobre mi pecho.
Hasta que llegara a Turah, hasta que me sintiera lo suficientemente segura para guardarlo en otro lugar, lo llevaría siempre conmigo.
En cuanto el pendiente tocó mi piel, lo empecé a sentir más cálido. Era como si el metal hubiera absorbido el calor de mi cuerpo más rápido que el oro o la plata. O quizá irradiaba un calor propio. Eso también era un enigma.
Estaba saliendo del armario cuando la puerta de mi cuarto se abrió y Mae entró.
—¿Ya has terminado de destruir tu habitación? —pregunté.
—Sí, he roto un par de cosas. —Se encogió de hombros—. ¿Cómo te sentirías tú si hubieras pasado toda tu juventud preparándote y esperando solo para que te lo quiten de las manos como si nada?
—Furiosa.
No era la única que sentía eso. Yo también estaba furiosa. Pero ¿acaso he destruido mi cuarto?
—Yo quiero ser la reina —dijo.
—Y yo no. Pero ninguna de las dos puede elegir.
Mae me miró la cara, el vestido, el cabello.
—Estás hermosa.
—Gracias.
Suspiró y dejó caer los hombros.
—¿Me vas a echar de menos? Yo sí.
—Sí. —Crucé el espacio que nos separaba y, aunque yo era la hermana más baja y débil, la envolví entre mis brazos.
Se retorció, incómoda. Mi hermana no era buena para dar abrazos, pero la abracé de todos modos. Por cada abrazo que me rechazaba, siempre intentaba devolverle dos.
Pasaba lo mismo con Arthalayus. Todas las mañanas, iba a la enfermería a abrazar a mi hermanito.
Sostuve a Mae cerca de mí con fuerza, hasta que finalmente se relajó y me devolvió el abrazo. Podía ser más alta, más fuerte, más bonita que yo, pero seguía siendo su hermana y, si bien por lo general había que persuadirla un poco, siempre terminaba cediendo a mis abrazos.
—Todavía puedes ser reina. Papá organizará otro matrimonio. —Con otro príncipe de otro reino.
Mae ahogó una risa.
—Me casará con Banner.
Era posible. Si no había un príncipe disponible, un general era la segunda mejor opción. Además, aseguraría la lealtad de Banner hacia nuestra familia.
Arthy solo tenía tres años. El reinado de mi padre todavía tenía una larga vida, pero, a medida que envejecía, necesitaba soldados leales.
Margot había tenido problemas para quedar embarazada después de tener a Mae. Después tuvo otros tres bebés, pero todos nacieron sin vida. Finalmente, antes de que mi padre consiguiera una nueva esposa que le diera un heredero varón, Margot dio a luz a Arthalayus.
Y no estaría aquí para verlo convertirse en un hombre. No podré conocerlo.
—Tienes que abrazar a Arthy mientras yo no esté aquí —dije—. Prométemelo.
—Te lo prometo.
Era pésima para cumplir sus promesas, pero quizá esta vez sería distinto. Nos mantuvimos abrazadas otros minutos antes de que ella se alejara.
—Ni se te ocurra regresar hasta que hayas conseguido la información que te ha pedido papá.
Y, con eso, se acabó nuestro momento de hermanas. De vuelta al trabajo.
—No lo haré.
—Nunca confiarán en ti. No te dejes engañar por su bondad.
—Bondad mala. Entendido.
Suspiró.
—Serás una pésima espía.
—En eso estamos de acuerdo —dije riendo—. ¿Algún otro consejo?
—No te mueras —dijo, tocándome el pelo sobre la sien—. Debes ser despiadada, Dess.
Despiadada. Las dos sabíamos que esa era su especialidad, no la mía.
—Te quiero, Mae.
—Y yo a ti.
Antes de que pudiera darle otro abrazo, la puerta se abrió y mi padre entró en el cuarto con Margot pisándole los talones.
El comportamiento de Mae cambió de inmediato. Toda la suavidad desapareció y juntó las manos a su espalda, enderezó los hombros y adquirió un semblante más digno de un guardia que de una princesa. Como Banner.
Si mi padre decidía comprometerlos, quizá hicieran una pareja aceptable.
Los ojos caramelo de mi padre me estudiaron de pies a cabeza. Sus fosas nasales se ensancharon cuando miró a Margot por encima de su hombro.
—¿No pudiste conseguirle un vestido azul?
La mirada de Margot se desplomó sobre el suelo.
Mi padre sacó un vial de cristal y un pequeño cuchillo del bolsillo de su abrigo.
Sin esperar su orden, tragué saliva con fuerza y extendí la mano. Cielos, ya no había marcha atrás, ¿verdad? No después de esto.
Me sujetó los dedos con firmeza y arrastró el cuchillo sobre mi piel.
El dolor invadió toda la palma de mi mano y se extendió hacia mi brazo.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos, pero parpadeé para contenerlas, mientras mi padre inclinaba mi mano sobre el vial para llenarlo con mi sangre, y luego lo tapó con un corcho.
Enseguida envolvió la herida con una venda.
Le dio tres vueltas y le hizo un nudo fuerte sobre mis nudillos, como si fuera una soldado que estaba siendo vendada en el campo de batalla.
Miré por última vez a través de la ventana de mi habitación, mientras la sangre se filtraba por la venda y la manchaba.
Las olas del océano resplandecían bajo el cielo azul despejado. El sol cubría Roslo con tonos dorados y anaranjados, mientras desaparecía por el horizonte.
Esa noche, antes de la puesta de sol, sería la esposa de un hombre.
Debería haberme quedado en el agua. Debería haber dejado que la corriente me llevara hacia las profundidades del Marixmore y dejado que los monstruos de esas aguas reclamaran mi carne.
Debería haber seguido nadando.