Capítulo seis
El quejido de Margot llenó toda mi habitación.
—Tráeme el azul.
—Lo siento, Su Majestad —dijo Brielle, con las mejillas sonrojadas y varias gotas de sudor en la frente y en su cabello castaño.
Por encima de su nariz respingona, sus ojos color miel rebosaban pánico.
Volvió al armario por quinta vez para cambiar los tres vestidos grises que cargaba en los brazos por otros tres vestidos grises.
Durante las últimas cuatro horas, Brielle había estado yendo de un lado a otro por el castillo, obedeciendo cada una de las órdenes aceradas de mi madrastra sin cometer ningún error.
Pero ¿encontrar un vestido azul en mi armario?
Era imposible. Las dos lo sabíamos, pero Brielle era demasiado dulce como para contradecir a Margot.
Si Jocelyn estuviera aquí, le habría dicho desde el principio que no tenía nada azul. Pero la habían mandado a la botica a buscar una infusión anticonceptiva para que lleváramos en el viaje.
Desde que salimos de la sala del trono, Margot había hecho exactamente lo que mi padre le había indicado. Con la ayuda de Brielle y Jocelyn, me había preparado tanto para una boda como para una mudanza hacia la otra punta del continente.
Podía no tener un vestido de bodas tradicional, pero de todas maneras me había convertido en una novia.
Todos esos cuidados corporales que Mae había recibido esa mañana, también los recibí yo por la tarde.
Prepararon una tina de agua caliente en el baño y, si bien no podía justificar el oro extravagante que mi abuelo había puesto en la fachada del castillo, sin duda alguna disfrutaba del trabajo de fontanería.
Me exfoliaron, me aplicaron aceites y perfumaron mi piel.
Tejieron algunas hojas verdes en mi cabello y Brielle se encargó de trenzar la maraña de pelo y rizos gruesos que caían sobre mi espalda.
Jocelyn me espolvoreó las mejillas con un colorete melocotón y me pintó los labios de rosa.
Me pusieron brillo en los párpados y máscara en las pestañas.
También añadieron unos brazaletes para adornar cada una de mis muñecas y unos arreglos florales sobre las orejas.
Nunca en mis veintitrés años me había visto tan hermosa. Tan principesca. Sin embargo, cada vez que veía mi reflejo en el espejo, el apabullante temor de lo que estaba por venir me golpeaba tan fuerte que tenía que apartar la mirada.
—Todo esto se te acabará en algún momento —dijo Margot guardando los frascos de tintura para el cabello en uno de los baúles apilados contra la pared—. Tendrás que encontrar un mercado en Turah. Hasta entonces, lávate el cabello con moderación.
El príncipe Zavier había elegido una esposa castaña, así que castaña sería.
Margot cerró la tapa del baúl con tanta fuerza que me sobresalté junto al tocador. Una vez que la cerró con el pestillo, se puso de pie e inspeccionó la habitación en busca de algo que se hubiera olvidado.
Pero lo único que quedaba eran los muebles.
Mis joyas estaban envueltas y guardadas junto con mis jabones, cremas y tónicos para la piel.
Me dieron tres bolsas de monedas de oro.
Jocelyn también metió mi cuaderno de dibujos y mis lápices favoritos.
Brielle dobló mis vestidos preferidos y los guardó junto a mi ropa interior y mis zapatos.
¿Era una buena o una mala señal que todas mis pertenencias entraran en tres baúles? Uno de los sirvientes podría llevarlos al carruaje en menos de una hora.
Había algunos libros que me hubiera gustado llevar, pero estaban en la biblioteca del castillo y, cuando pedí ir a buscarlos, Margot me dijo que no había tiempo. Había bibliotecas en Turah, ¿verdad?
Brielle regresó del armario con mi vestido gris más pálido.
—Esto es lo más cercano al azul de todo lo que tiene.
Ni por asomo se acercaba al azul. Definitivamente no era el color intenso y vibrante que la mayoría de las novias usaban el día de su boda. El vestido era casi blanco.
El color con el que vestíamos a los muertos.
El color que usábamos en los funerales.
—No, olvídalo —dijo Margot con la voz entrecortada.
—Es perfecto. —Me levanté del asiento y, antes de que Margot pudiera quitárselo, lo tomé y me lo llevé detrás del biombo del vestidor.
—No es azul —insistió Margot.
—No importa, servirá.
—Debemos haber guardado ya los vestidos azules.
Resoplé mientras me desabrochaba la túnica de satén que me había puesto después del baño. ¿De verdad no sabía que solo tenía vestidos grises? ¿O estaba practicando la excusa que le daría a mi padre cuando preguntara por qué estaba vestida con el color de la muerte en mi boda?
La falda era amplia y me llegaba a los pies. La parte superior estaba hecha de un encaje bordado y adornado con perlas grises y blancas. Un corte en V profundo en la parte posterior dejaba al descubierto toda mi espalda.
—Es perfecto. Mae me puede apuñalar por la espalda sin dañar la tela —dije.
—Odessa. —No podía verla desde detrás del biombo, pero probablemente tenía el ceño fruncido—. No seas tan dramática.
De repente, se escuchó un estruendo al otro lado de la pared. Era como si hubieran lanzado un florero al suelo.
Me asomé por encima del biombo y levanté las cejas.
—¿Y yo soy la dramática?
Estaba regañando a la hija incorrecta. Margot hizo un gesto con la muñeca.
—Solo vístete.
Se escuchó otro estallido en el cuarto de al lado.
Mientras a mí me estaban arreglando y ayudando a hacer el equipaje, mi hermana estaba montando berrinches como los que no veía desde que tenía ocho años. Quizá cuando terminara de destrozar su cuarto, vendría a destruir el mío.
Aunque estaba vacío ahora, desprovisto de todo lo que me representaba.
Una vez vestida y lista, salí de detrás del biombo y miré a mi alrededor hasta que me detuve ante la cama.
El cubrecama estaba arrugado en donde hacía un momento estaban mis pertenencias antes de que las guardaran en los baúles.
¿Volvería a dormir en ese cuarto otra vez?
¿O compartiría la cama con Zavier esa noche? Un temblor de miedo recorrió mi cuerpo.
—Brielle, déjanos un momento —le ordenó Margot.
—Sí, Su Majestad. —Mi criada hizo una reverencia y se marchó a toda prisa por la puerta. Todavía tenía que hacer su propio equipaje si es que me iba a acompañar a Turah.
Margot esperó a que cerrara la puerta.
—Vas a tener que acostarte con él.
Cielos .
—¿De verdad vamos a tener esta conversación?
Había aprendido todo sobre el sexo gracias a una curandera cuando tenía trece años. Cualquier vacío que hubiera quedado en mi educación, mis criadas se encargaron de llenarlo. No necesitaba que Margot me aconsejara sobre cómo acostarme con mi marido.
—¿Has estado con un hombre antes? ¿Banner o…?
Cuando nos comprometimos, me preguntaba si Banner querría tener sexo antes de que nos casáramos. Entonces fue cuando Brielle me contó que él tenía una amante en la ciudad. Una mujer que conocía desde hacía años.
¿Todavía se acostaba con ella? La idea de que estuviera con otra nunca me había molestado, aunque quizá sí me hubiera irritado una vez que nos casáramos, pero eso, al parecer, ya no sería un problema.
Nunca me acosté con Banner, pero hubo un chico una vez. Cuando tenía quince años. Un chico de mejillas pecosas y una expresión risueña. Solía trabajar en los establos.
Mi padre debió haberse enterado que nos habíamos estado viendo en mi cuarto porque, un día, cuando lo fui a visitar a los establos, había abandonado la ciudad. ¿Cuánto le había pagado para que se marchara de Roslo? Estaba segura de que no un cofre de oro.
Mi valor estaba aumentando. Bien por mí.
—Sí, ya he estado con un hombre antes —le contesté a Margot—. Siguiente tema.
¿Quedó conforme con mi respuesta? Claro que no.
—Los reyes son hombres poderosos. Y los hombres poderosos a menudo tienen… gustos especiales.
—Margot —dije, incómoda—. Por favor, basta. Te lo ruego.
Era curiosa por naturaleza, pero no me interesaba saber cuáles eran los gustos especiales de mi padre en la cama.
—Hay una razón por la que todos ignoran las aventuras de Mae —dijo Margot.
¿Porque Mae estaba practicando sus habilidades de seducción? Puaj.
—Debes complacer a Zavier —dijo—. Cuanto más feliz lo hagas como esposa, menos sospechará de los motivos ocultos.
¿Porque un príncipe satisfecho sexualmente se volvía tonto? Quizá en Génesis, Ozarth, Laine, o incluso en Quentis. Pero dudaba de que Zavier fuera como el resto de los príncipes, y no por su ascendencia.
Turah era un misterio, casi tanto como el Guardián.
Sus gobernantes se regían por el Escudo de Gorriones. Tenían sus propias obligaciones comerciales, pero solo las necesarias. Cuando se buscaba reforzar alianzas, fortalecer relaciones y fomentar la unidad, Turah casi siempre tenía las puertas cerradas.
Tres generaciones atrás, los crux habían diezmado la capital turana. Bueno, la antigua capital turana. Antes de esa migración, la capital era Perris, una ciudad costera. Un espejo de Roslo al otro lado del Krisenth.
Después de esa migración, en lugar de reconstruir el castillo, el rey lo abandonó en ruinas y mudó su fortaleza a las montañas.
Allesaria.
Por lo que sabía, ningún gobernante extranjero había sido invitado al castillo turano. No figuraba en los mapas de Calandra y su descripción no aparecía en ningún libro.
A cada año que pasaba, el secreto alrededor de Allesaria se hacía más grande. ¿De verdad había una manera de salvar a la humanidad de los crux? ¿Qué escondía la capital turana que mi padre tanto ansiaba? ¿Los otros reyes lo sabían o solo él?
Era obvio que no era el único rey interesado en Allesaria.
Mucha gente iba en busca de la ciudad, pero nunca regresaba.
Como ningún otro rey podía obligarlos a revelar su ubicación, no había mucho que se pudiera hacer, no había manera de hacer que los turanos se alejaran cada vez más de las vías diplomáticas.
Hasta ahora.
Hasta el Gorrión.