Capítulo cinco #3
Detener a los crux. ¿Era posible? ¿Había realmente una manera de evitar que los monstruos destruyeran Calandra? ¿Una manera de prevenir los horrores que mostraba la galería del castillo?
—¿Cómo?
—No puedo explicártelo. No todavía. Pero, por el bien de nuestro pueblo, debes hacer lo que te pido. Debes confiar en mí. Encuentra una manera de entrar en Allesaria.
—Pero los tratados. ¿Qué hay con…?
—Los tratados se pueden romper, Odessa. Recuerda eso.
La palpitación en mi cabeza regresó con mayor intensidad.
—¿Cómo? Pero eso significa que morirías.
—No necesariamente.
¿De qué estaba hablando?
—No entiendo.
Se colocó nuevamente la corona.
—No hace falta que lo entiendas.
No importaba si entendía los detalles o no. Mi padre nunca me contaba esos detalles a menos que no le quedara otra opción. Me contaría solo lo que necesitaba saber para que pudiera cumplir sus deseos.
—¿Cómo sabías que el príncipe Zavier vendría cuando los contrataste para matar a las medularias? —pregunté.
Suspiró, claramente molesto por todas mis preguntas, pero respondió de todas formas.
—Conseguimos información de distintas fuentes que nos aseguraron que ha estado saliendo con mayor frecuencia con sus guerreros.
No era seguro que viniera, pero valía la pena intentarlo.
Cuando descubrimos que el Guardián y el Sumo Sacerdote fueron vistos con el grupo, asumí que Zavier también estaba con ellos.
—Pero ¿no anticipaste que pedirían una novia como pago?
—Eso ha sido… inesperado.
Me froté las sienes una vez más, ya que el dolor había regresado mientras intentaba seguir la conversación.
—Entonces contrataste a los turanos para matar a esas bestias y los trajiste aquí para que retiraran su pago, sabiendo que era posible que Zavier viniera con ellos, con la esperanza de que el príncipe, ¿qué?
¿Mirara a Mae y se enamorara perdidamente de ella y exigiera casarse meses antes de lo planificado?
Mi padre resopló.
Tonta de mí. Había olvidado que mi padre no creía en el amor.
—Esperaba que estuviera dispuesto a cambiar la fecha de la boda —dijo—.
Que, si venía aquí, podía persuadirlo de que se casara con ella antes con la excusa de fortalecer nuestras rutas comerciales.
Trabajamos mucho para construir negocios para prepararnos para los crux.
Turah ha sufrido dos años de sequías. Su producción no bastará para aguantar el período de la migración.
Esperaba adelantar la boda a cambio de mayores cargamentos de granos.
Entonces Mae podría partir con ellos este verano.
Así tendría más tiempo para saber más sobre Allesaria.
—¿Y si el príncipe no hubiera venido? ¿Y si no hubiera querido adelantar la boda?
—En el peor de los casos, se llevaría nuestro oro como pago y ella se casaría con Zavier durante el equinoccio.
Pero la realidad era que ese era el peor de los casos. Yo era el peor de los casos.
—¿Por qué me ha elegido a mí?
Mi padre frunció el ceño.
—No lo sé.
—¿Sospecharía que Mae era una espía?
—Sería un tonto si no lo hiciera. No es ningún secreto que todos los reinos de Calandra tienen curiosidad por conocer la ubicación de Allesaria. Pero esta es la única oportunidad en la que no pueden rechazarnos.
Una oportunidad que solo llega con un matrimonio.
—No creía que rechazaría a Mae —dijo el rey—. Eso sí que ha sido un fallo en el plan.
Planes, complots, así era cómo funcionaba su mente. No confiaba en nadie. Siempre esperaba una traición. Y rara vez se sorprendía.
Mae frunció los labios, molesta.
—Ella no debería meterse en esto.
—Probablemente tengas razón —murmuró él.
Pero no hubo ninguna razón para excluirme.
No era princesa de nada y me contentaba con perderme entre los muros y quedarme a la sombra de mi hermana.
Era la insignificante hija mayor del rey, hija de su primera esposa muerta.
Estaba comprometida con su general y de ninguna manera podía competir con la belleza y el encanto de Mae.
No había ningún motivo para que mi familia sospechara que había llamado la atención del príncipe Zavier.
Me empezaron a temblar las manos.
—No soy una espía. No soy una guerrera. Y estoy bastante segura de que no soy una asesina. No puedo hacerlo. —La última vez que había sostenido una espada, el maestro de armas me había llevado a la enfermería porque me había cortado la mano.
—Lo harás —me ordenó mi padre—. Repite tus órdenes.
Tragué saliva con fuerza.
—Tengo que encontrar una manera de entrar en Allesaria. Luego tengo que averiguar cuáles son los poderes del Guardián y su fuente. Y, si tengo la oportunidad, quieres que lo mate.
A otra persona.
Estaba pidiéndome que quite una vida.
—Sí. —El alivio de mi padre era palpable—. Puedes hacerlo. Debes hacerlo. Luego te traeré a casa.
Imposible. Cuando partiera de Quentis, dudaba que alguna vez fuera a regresar.
En especial, si… O más bien, cuando los turanos se dieran cuenta de que era una espía.
O cuando el Guardián me matara primero.
—Debes confiar en mí —susurró el rey. Me dio un beso en la frente, luego se irguió e hizo un gesto de asentimiento hacia Margot—. Prepárala.
Para mi boda. Esa noche.