Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

Todo mi cuerpo se sobresaltó. ¿Cuándo había sido la última vez que me llamó Dess? Habían pasado años. Además, nunca lo había oído pedir perdón.

La dulzura en sus ojos era tan extraña que se me hizo un nudo en el estómago. No me había mirado así en, bueno… mucho, mucho tiempo. Desde que era niña. Desde que despertaba en medio de la noche, gritando por alguna pesadilla, y él me abrazaba hasta el amanecer.

—Lamento que tengas que hacer esto.

—No puedo hacerlo, papá. Por favor, no me obligues a hacerlo.

Frotó sus nudillos sobre mi cuello.

—Es tu obligación.

—No quiero casarme con él. Tiene que haber una manera de deshacer todo esto.

Se inclinó hacia atrás y esbozó una sonrisa triste.

—Dejando todo este asunto de la dote de lado, de todas maneras no podemos arriesgarnos a enfurecer a los turanos.

Y no podemos romper el tratado del Escudo de Gorriones, no con la migración de los crux tan cerca.

Mae era quien iba a ir a Turah, pero tú debes tomar su lugar. Debes ser el Gorrión ahora.

Era otro tratado firmado con sangre y sellado con magia.

Si un rey se negaba a entregar a su hija a otro rey, entonces el padre moriría. Y, por lo que sabía, nunca un hombre había elegido a su hija por encima de su vida.

Ciertamente, no esperaba esa clase de sacrificio.

Más allá de las estipulaciones de los matrimonios arreglados, el Escudo de Gorriones no dejaba de ser un tratado comercial.

Mantenía la prosperidad entre los cinco reinos.

Hacía que la situación fuese un poco más equitativa.

Garantizaba que todos accediéramos a los recursos necesarios para progresar.

Y, ante la amenaza de la migración de los crux, para sobrevivir.

Intercambiábamos los recursos de los que disponíamos (cultivos y ganado) por aquellos que no.

El hierro que Quentis necesitaba para forjar armas provenía de Ozarth.

La madera que usábamos para las construcciones era de Turah.

Laine nos vendía especias y oro. Y Génesis nos suministraba el aceite para las lámparas y las cocinas.

Desde el día en que se creó el Escudo de Gorriones, las guerras que solían ser comunes a lo largo del continente cesaron por completo.

Sin embargo, nuestros ancestros temían que los bienes comerciales por sí solos no fueran suficientes para mantener la frágil paz y por eso también decidieron unir a los reinos mediante pactos de sangre.

Cada generación, antes de cada migración, una hija se casaba con un miembro de otra familia real, para que sus descendientes tuvieran lazos con ambos países.

El arreglo matrimonial más reciente había sido entre Laine y Ozarth.

Las bodas eran eventos bastante lujosos. Todos los reinos estaban invitados a la celebración, ya que las uniones eran un recordatorio para asegurar el bien mayor y la paz a toda costa.

No podíamos estar en guerra entre nosotros y con los crux, ya que los monstruos no distinguían entre reinos. Y no tenían piedad.

Los crux oscurecerían los cielos durante meses, el sol quedaría tapado por miles y miles de alas. El ganado sería asesinado. Los cultivos y las cosechas, aniquilados. Todas las construcciones serían destruidas y las capitales reducidas a escombros.

Desde la creación del Escudo de Gorriones, los cinco reinos habían perdurado y sobrevivido a nueve migraciones.

Se habían celebrado nueve matrimonios. El de Mae habría sido el décimo. De no ser por la maldita Cadena de las Siete.

—No puedo creerlo —susurré—. Esto no está pasando.

—Escucha —dijo mi padre apoyando las manos sobre mis hombros y sacudiéndome a continuación; la sutileza de hacía un momento ya había desaparecido—. Hay muchas cosas que tenemos que hacer antes de esta noche. Tienes que aprender muchísimas cosas.

—¿No es un poco tarde para empezar a prepararme para gobernar un reino?

—Odessa —dijo sacudiéndome una vez más—. Debes encontrar una vía para acceder a Allesaria antes de que termine el verano. Y luego debes informarme sobre cómo podemos infiltrarnos en la ciudad.

Me quedé boquiabierta, intentando entender lo que me acababa de pedir.

—¿Q-qué?

¿Quería enviar una legión a la capital turana? Existía una cláusula en el tratado del Escudo de Gorriones que prohibía que un reino invadiera otro. Su incumplimiento comportaba el mismo castigo que negarse a entregar una hija para un matrimonio.

La muerte del rey.

No solo invadir la capital turana daría comienzo a una guerra, sino que también le costaría la vida a mi padre.

No podía estar hablando en serio. ¿O sí?

—Tus criadas te acompañarán a Turah —dijo—. Inventa una excusa para enviar a una o a las dos de regreso a Quentis con lo que sea que hayas averiguado.

—¿Brielle y Jocelyn?

—Allesaria es tu prioridad. ¿Entendido? Es crucial para mis planes. No podemos retrasarnos. Pero también debes aprender todo lo que puedas sobre el Guardián y sus poderes. Y encontrar la manera de matarlo.

Me quedé boquiabierta.

—¿Quieres que mate al Guardián?

Un asesino. Un hombre que se rumoreaba que mataba a los monstruos legendarios de Turah. Posiblemente el mejor luchador de Calandra. ¿Ese mismo Guardián?

—Sí —contestó mi padre—. Debes intentarlo. Al menos, averigua lo que es capaz de hacer. De todos los espías que he enviado a Turah, ninguno ha logrado descubrir el alcance de sus poderes o su fuente.

—¿Poderes? Parecía… normal —bueno, casi normal.

Los rumores sobre el Guardián decían que era tan rápido como una serpiente. Que tenía la fuerza de diez hombres. Pero sus dones no eran como los de los Voster. No parecía tener magia sobre los fluidos o la sangre. Evidentemente no había demostrado ningún poder el día de hoy.

Pero sus ojos... No emitían destellos, igual que yo.

Y sus ojos cambiaban de color, a menos que lo hubiera imaginado.

Ya no estaba segura de qué era real a esas alturas.

Hacía una hora, no sabía que había algo llamado la Cadena de las Siete o un pago, pero aquí estaba, a punto de ser entregada a un príncipe aburrido y taciturno.

Miré a Margot, esperando un poco de compasión. No. Nada. Seguía enfadada. Mae seguía manteniéndose cerca de su cuchillo.

Y mi padre se veía, bueno… molesto. Como si sus marionetas no estuvieran obedeciendo sus movimientos.

Eso era todo lo que éramos, marionetas. El vaivén en mi cabeza se detuvo de repente cuando lo entendí.

—¿Tú… has planificado todo esto? —¿Las medularias, los mercenarios y lo que fuera que tuviera en la cabeza?

Frunció el ceño.

—¿De verdad creíste que los legionarios de Banner no podían matar a un puñado de anguilas?

Entonces sí, lo había planeado.

—Mucha gente ha muerto. ¿Enviaste soldados al Krisenth sabiendo que no regresarían? — Di que no. Por favor, di que no . No podría volver a mirarlo a los ojos otra vez si había usado voluntariamente a su gente como carnada para un plan político.

—Las medularias sí han estado atacando la ruta comercial. Cada vida que se perdió fue una tragedia. Una vez que nos dimos cuenta de que ya no era seguro, fingimos la desaparición de algunos barcos. Todos los soldados a bordo regresaron a sus hogares. Pero no hace falta que los turanos sepan eso.

Mis hombros se distendieron. Bueno, era algo.

—No entiendo. Mae se iba a casar con él en tres meses. ¿Por qué no esperar al equinoccio? ¿Por qué traerlos aquí ahora?

—No puedo esperar tres meses. Hemos intentado durante años, décadas, encontrar una manera de llegar a Allesaria.

Lo único que puedo asumir es que la capital se encuentra en las profundidades de las montañas turanas.

Si ese es el caso, ningún ejército podrá llegar allí durante el invierno.

Quería que Mae tuviera tiempo para encontrar una manera de entrar en la ciudad y que una legión partiera hacia allí antes de las nevadas.

De otro modo, tendremos que esperar a la próxima primavera.

Si los crux migran antes de lo que predijeron los estudiosos, perderé la oportunidad.

—¿Oportunidad de qué? ¿Conquistar Turah?

Tensó la mandíbula.

—Ellos tienen algo en esa ciudad que yo quiero.

—¿Qué?

—Los detalles no son importantes ahora. Pero es crucial que encuentres una manera de entrar allí antes de la migración. Es nuestra única oportunidad de detener a los crux.

El tiempo se detuvo. Al igual que mi corazón.