Capítulo cinco
El aire se tornó más cálido con el anuncio del Sumo Sacerdote.
Margot exhaló, meciéndose mientras volvía a respirar, y su aliento ya no salía en forma de nube. Odiaba el frío porque afectaba a sus rodillas.
El hielo se derritió a medida que la temperatura regresaba a la normalidad. El sonido de las gotas de agua sobre el mármol resonaba por toda la sala del trono.
El emisario de mi padre levantó la mano y, al igual que había hecho con mi cabello, giró su dedo en círculo. El agua empezó a salir por la puerta delantera, escapando a través de sus grietas.
Con la misma velocidad con la que había empezado, la muestra de la magia de los Voster terminó. Más allá de la irritación en mi piel, cada rastro de la magia desapareció como si el hielo y el viento nunca hubieran tocado el lugar donde nos encontrábamos.
El príncipe Zavier inclinó la cabeza ante los dos hermanos Voster, luego se dio la vuelta y se acercó a la salida. Su grupo de guerreros formó una fila y lo siguió de cerca por detrás.
¿Se suponía que ya habían terminado? Habían venido buscando a una novia en forma de pago, lo que no dejaba de darme arcadas, y lo habían conseguido.
El Guardián fue el siguiente en salir, sin mirar a nadie al hacerlo.
El Sumo Sacerdote se elevó del suelo y flotó junto al Guardián.
Solo cuando las puertas se cerraron tras ellos me arriesgué a respirar.
—Hermano Dime. —Los ojos de mi padre parecían suplicantes cuando se dirigió a su emisario—. Debe de haber algo que podamos hacer.
Dime . Extraño que nunca hubiera oído su nombre.
Era un visitante regular del castillo, pero había estado pocas veces ante mi presencia. El funeral de mi abuelo. El banquete de los reyes que mi padre organizó cinco años atrás. La presentación de Arthalayus como heredero de la corona de Quentis.
Debería haberme presentado antes. Quizá el hermano Dime habría intercedido en mi nombre, se habría enfrentado al Sumo Sacerdote, tan solo si me hubiera molestado en aprenderme su nombre.
—Mae tiene que ser la reina de Turah —dijo mi padre—. No puede ser Odessa. Ella no es capaz.
¡Ay! Vale, no era la hija elegida, pero ¿era tan inconcebible la idea de verme como reina?
Aunque tampoco quería ser reina. Para nada.
—Ah, por todos los dioses —presioné la punta de mis dedos contra mis sienes y empecé a frotar para calmar el dolor que crecía en mi cabeza.
Esto no estaba pasando. No era real.
El hermano Dime se acercó a mí y su cercanía hizo que las palpitaciones en mi cabeza empeoraran.
Mis manos cayeron a cada lado de mi cuerpo cuando vi su mirada incomprensible.
—Por favor.
—Este es tu destino, muchacha. —Levantó una mano hacia mí con sus dedos largos y esbeltos.
Pero, antes de que pudiera tocarme la cara con sus dedos huesudos, me aparté y me incliné hacia Margot, esperando que su cuerpo absorbiera la sensación punzante de su magia.
El hermano Dime me estudió durante un buen rato, inclinando la cabeza hacia un lado como lo había hecho anteriormente. Parpadeó con esos ojos siniestros una vez, luego salió de la sala del trono y desapareció en dirección al lugar donde se estuviera quedando cuando visitaba Roslo.
¿Tenía un ala propia en el castillo? ¿O se quedaba en la ciudad? Quizá debería habérselo preguntado también.
Ahora que no tenía que luchar contra la irritación de su magia, los últimos gramos de fuerza abandonaron mi cuerpo.
Me derrumbé en el suelo y mis rodillas se estrellaron con un crujido seco sobre el mármol.
Se me revolvió el estómago y lo que había comido hacía algunas horas amenazaba con abandonar mi cuerpo, pero contuve las arcadas.
—Dioses —llamé a los Ocho, pasando una mano en círculos por mi cara y mi corazón. Dudaba de que los ocho dioses estuvieran escuchándome, pero si Ama, Oda y sus seis hijos tenían la amabilidad de intervenir ni que fuese un poquito por mí, lo aceptaría con gusto.
—Odessa tiene que ser mi esposa —dijo Banner, pisando con fuerza.
—Ya has oído al Sumo Sacerdote. —Mi padre se quitó la corona y pasó una mano por su cabello dorado. Los mechones que caían a cada lado de su rostro parecían más canosos que antes de esa debacle.
La gente lo llamaba el Rey Dorado. Su cabello era del color del trigo maduro. Sus ojos de color caramelo eran del mismo tono dorado que las monedas de ese cofre. Y sus destellos ambarinos hacían que su mirada siempre tuviera un resplandor cautivante.
La magia anclada profundamente en la tierra de Calandra hacía que nuestros ojos se tiñesen con esos destellos cuando nacíamos, conectándonos para siempre a un lugar.
Sin importar dónde viviéramos, a dónde nos mudáramos, ese color no cambiaba nunca.
Todas las personas de Quentis tenían esos mismos destellos ambarinos.
Todas las personas de Quentis menos yo.
Mis ojos eran de un dorado sólido. Sin destellos a la vista.
Cuando era niña, solía preguntarle a mi padre por qué yo era diferente. Pero, como ignoraba mi pregunta cada vez que se la hacía, dejé de intentar entenderlo.
Y cuando Mae y yo éramos niñas, una vez llegado el momento de elegir al Gorrión, la escogió a ella en lugar de a mí, aunque yo era la hija mayor, y tampoco en ese momento me dio ninguna explicación.
El Rey Dorado no le debía explicaciones a nadie.
El apodo de mi padre se debía en gran medida a la increíble riqueza que trajo a nuestro reino desde que recibió la corona por parte de mi abuelo.
Quentis no se había caracterizado por su riqueza antes de su reinado. La pasión de mi abuelo habían sido las mujeres y las fiestas, y gastar el dinero de la gente en extravagancias. Él era la razón por la que el castillo estaba bañado en oro.
Mi padre había elegido usar nuestros recursos de una manera más sabia. Su fortuna estaba guardada debajo del castillo, no en sus paredes. Pero, a pesar de todo, ni siquiera el Rey Dorado podía pagar sus deudas con riquezas.
—Tiene que haber otra salida —dijo Banner—. Los turanos no pueden quitármela. Esto no puede terminar así…
—Banner. —La voz de mi padre resonó en toda la sala—. Déjanos.
—Mi rey…
—Déjanos.
Banner, siempre el general leal, se marchó sin demora con paso firme.
—Afuera —ordenó mi padre a los guardias. A diferencia de Banner, ninguno se opuso.
Una vez que se marcharon, solo quedamos nosotros. La familia.
De repente, escuché a alguien desenvainar una hoja afilada y, antes de que pudiera reaccionar, tenía un cuchillo presionado contra mi garganta.
—¿Qué has hecho? —preguntó Mae entre dientes.
—Aleja ese cuchillo de mí. —No tenía la energía para lidiar también con los disparates de mi hermana. ¿Estaba considerando lanzarme por otro acantilado y ella creía que era un buen momento para probar el filo de su cuchillo? ¿En serio?
Le aparté la mano para alejar el cuchillo de mi cuello, pero no logré hacerlo a tiempo y, con un movimiento ágil de su muñeca, me hizo un corte en la piel del que brotó un hilo de sangre.
—Mierda —dije entre dientes, presionando los dedos sobre la herida—. ¿De verdad acabas de cortarme? Diablos, eres un demonio.
—Dime lo que has hecho —insistió.
—Nada. No he hecho nada.
Sus hermosas facciones se contorsionaron por la ira.
—Entonces, ¿por qué el príncipe Zavier te ha elegido a ti?
—¿Y yo cómo voy a saberlo? —Me limpié la sangre del cuello y levanté la vista hacia ella, mientras me manchaba la parte interna de la manga—. Quizá no le gustan las rubias.
Mi hermana se lanzó hacia mí con un puño en alto, lista para estrellarlo contra mi nariz, pero antes de que pudiera acercarse, mi padre la tomó de la muñeca y detuvo el ataque.
Le quitó el cuchillo y lo arrojó al suelo. Se detuvo en la escalera del estrado.
—Mae —dijo Margot—. No eres de gran ayuda así.
—Ha hecho algo, mamá. Lo ha engañado o…
—Basta. —La orden de mi padre no dejó lugar a la desobediencia. Soltó a Mae y se detuvo frente a mí, buscando mi mirada con sus ojos de color caramelo—. Contéstame con honestidad. ¿Te has encontrado con Zavier antes de la reunión?
—No —sacudí la cabeza—. Nunca.
—¿Te has cruzado con algún turano desde que llegaron?
—Ni una sola vez.
—¿Dónde has estado hoy?
Nada bueno saldría si decía la verdad. Mi padre no sabía lo que hacía en el acantilado. Banner solo creía que había ido allí a admirar el paisaje para tener una mejor vista de la ciudad y escapar de las paredes del castillo. Y Margot y Mae creían que me gustaba nadar en la costa.
No había manera de que mi padre considerara mi querido pasatiempo como algo valiente y no como una imprudencia.
—Salí a caminar. Y luego fui a nadar.
Entrecerró los ojos como si supiera que era una verdad a medias.
—¿Y?
—Cuando volví, me crucé con el hermano Dime fuera de una galería.
—¿Qué galería?
—Umm… la galería de los crux.
—Tú y tu maldita obsesión con esa galería —dijo con brusquedad, y resopló furioso.
Hice una mueca de dolor.
—Lo siento.
Me había dicho en más de una ocasión que no era un lugar adecuado para que pasara el tiempo.
Mi padre no entendía mi interés por las migraciones.
Tampoco entendía que hoy no había ido solo por el arte o los monstruos.
La galería era sencillamente la manera más fácil de escabullirme sin que me vieran.
Mi padre suspiró.
—¿Qué más ha pasado hoy?
—Nada. Después de ver al hermano Dime, subí corriendo para cambiarme de ropa. Margot me ayudó con el cabello. —Mi padre no se movió. No habló. La sospecha invadió sus ojos, como si supiera que no le había contado toda la verdad.
Ese silencio era una de sus tácticas favoritas. Le gustaba jugar a ver quién lo rompía primero.
Por lo general, era yo. Confesaba haberme escondido de mis tutores o haberle dado algunas sobras a sus perros de caza. Admitía escabullirme a la cocina para comer algunos dulces o escapar de mis guardias cuando visitaba los muelles.
Pero la verdad sobre el acantilado era mía. No cedería, no con eso. Si por algún milagro encontraba la manera de salir de ese desastre con los turanos, no iba a perder ese único momento de libertad.
—Por todos los dioses —dijo mi padre, suspirando y pasando una mano por su barbilla—. Lo siento, Dess.