Capítulo cuatro #2
—La Cadena de las Siete no es nada más que una leyenda para niños —dijo Banner entre dientes—. No es aplicable. Así que llévese su oro y márchese. Regrese cuando esté listo para casarse con Mae y firmar el tratado del Escudo de Gorriones.
—La Cadena de las Siete no es una leyenda —le dijo el Guardián a Banner—. Deberías haber sido más específico cuando nos pediste deshacernos de las anguilas.
¿Específico con qué precisamente?
—¿De qué están hablando? —Todos se sorprendieron cuando escucharon mi voz—. ¿La Cadena de las Siete? ¿Qué es eso?
—Siete viven en una cadena. —El emisario de mi padre habló con serenidad, como si estuviera conteniéndose—.
Hace mucho tiempo, antes de que existieran los cinco reinos, las tierras y los mares estaban infestados de monstruos.
Para recuperar el control, los gobernantes publicaron un decreto.
Todo guerrero que arriesgara su vida contra las bestias recibiría un pago de su elección si regresaban con la cabeza de siete hembras muertas de la misma especie.
Al igual que todos los tratados, la Cadena de las Siete fue sellada con nuestra magia.
Lo que significaba la muerte para cualquiera que violara sus condiciones. Si mi padre estaba en deuda con el príncipe y se negaba a pagarle, la magia de los Voster le quitaría la vida.
¿Había sido por eso que los turanos habían traído a ese otro sacerdote? ¿Para hacer cumplir ese decreto? Bueno, si tenía el poder de sellar el acuerdo, ¿no podía romperlo?
—¿Por qué siete? —Mi voz trastabilló—. ¿Por qué ese número es tan importante? ¿Y por qué hembras?
—Para alterar la cadena de la vida —dijo el sacerdote flotante—. Matar a siete hembras rompe la cadena. La rompe en suficientes eslabones como para restarle fuerza.
No debería ser fácil matar a tantos monstruos y sobrevivir. ¿Era por eso que los gobernantes de la antigüedad les habían concedido un beneficio por semejante hazaña? Aquellos que prevalecieran obtendrían su pago.
Incluso si era una novia.
Banner tenía razón. Sonaba como una historia salida de un cuento para niños.
—La Cadena de las Siete no es real. No es nada más que una leyenda —dijo mi padre levantando la barbilla—. La única novia que el príncipe Zavier recibirá es Mae en conformidad con el Escudo de Gorriones. No enviaré a Odessa en el lugar de Mae por un mito arcaico como la Cadena de las Siete.
El Voster que estaba levitando miró a mi padre a los ojos.
—Aquello que llamas mito arcaico es magia antigua. Y la magia antigua sigue siendo magia, Su Majestad. Es bastante real. —Al decir la última palabra, una ventisca fría recorrió la sala del trono. Sacudió mi vestido e hizo volar un mechón del cabello de Margot sobre mi cara.
Luego, como si nunca hubiera existido, el viento se detuvo. Mi vestido cayó de repente sobre mis pies.
Margot se enderezó y finalmente aflojó la mano sobre mi brazo.
El alivio duró poco. El Voster descendió y sus pies por fin descansaron sobre el suelo. Eso debió anclar su magia, ya que luego pareció como si se hubiera intensificado de algún modo. El hormigueo en mi piel penetró más profundo a medida que la magia permeaba la sala.
El viento había cesado, pero el frío permaneció y a cada segundo que pasaba la temperatura bajaba más y más. Las ventanas empezaron a congelarse y una escarcha cubrió el suelo. Mi respiración brotaba en forma de nubes blancas y mis dientes castañeteaban.
El tiempo se ralentizó hasta volverse casi eterno, los minutos fueron una agonía silenciosa, y la temperatura seguía sin subir. Si nos quedábamos aquí, atrapados en esa sala, todos nos congelaríamos hasta la muerte.
Como si el Voster no hubiera dejado bien clara su amenaza, la temperatura bajó aún más, hasta el punto de que hacía tanto frío que sentí el sabor metálico de la sangre en mi lengua. El sabor de mis pulmones congelados. Me ardía la nariz con cada inhalación.
A mi lado, Margot empezó a tiritar. Mae, por primera vez, parecía aterrada. Incluso mi padre palideció.
Los turanos estaban quietos como estatuas, al parecer no afectados por el frío.
Por un momento, me pregunté si el Voster los había dejado fuera de la influencia de la magia, pero de pronto noté cómo la escarcha cubría la diadema del príncipe.
Zavier y el Guardián se miraron, no preocupados, sino alertas.
Mi padre había ido demasiado lejos al cuestionar la magia de los Voster.
—Sellé el tratado de las Siete con mi propia magia y la sangre de los reyes antiguos. —La voz del Voster era tan letal como las estalactitas que se formaban en el techo—. Tenga cuidado con lo que llama un mito arcaico.
Mi padre inclinó la cabeza. Era la primera vez en mi vida que lo había visto inclinarse ante otro. Ni siquiera lo hacía ante su propio emisario Voster. Sí, ese sacerdote estaba a punto de matarnos a todos, así que tenía sentido que ese fuera el momento de mostrar un poco de humildad.
—Lo siento, Sumo Sacerdote —murmuró mi padre.
¿Sumo Sacerdote? ¿ El Sumo Sacerdote? Suficientes sorpresas para un mismo día.
Mi mente iba de un lado a otro, intentando retener toda esa nueva información. Se suponía que esa reunión sería solo una formalidad. Si hubiera sabido que el Sumo Sacerdote de los Voster estaría presente, me habría quedado nadando.
Según ese libro sobre la hermandad, los Voster vivían muchos años, pero no eran inmortales. Como nadie había visto ni escuchado nada sobre el Sumo Sacerdote desde hacía varias décadas, la mayoría creía que había muerto.
Pero no, solo había estado escondido con los turanos. ¿Era el embajador del príncipe Zavier? ¿Vivía en Turah?
—Ella es tu hija, ¿verdad? —preguntó el Sumo Sacerdote.
—Sí —dijo mi padre, asintiendo.
—Entonces ella será la novia del príncipe para satisfacer ambos tratados, tanto el del Escudo de Gorriones como el de la Cadena de las Siete.
Ella. Ella.
Yo .