Capítulo cuatro
De repente, en la sala del trono se instaló un silencio tan pesado como una espesa humareda al viento que absorbió el aire de mis pulmones. El suelo empezó a inclinarse y a dar vueltas, mi equilibrio fracasó.
Margot me agarró del brazo con fuerza y, por un momento, agradecí sentir su mano firme. Pero luego clavó las uñas sobre la tela del vestido con tanta fuerza que casi me corta la piel.
Aun así, incluso mientras el dolor se disparaba desde la muñeca hasta el codo, me quedé inmóvil. No podía moverme.
Ella .
¿Yo? ¿El príncipe Zavier quería casarse conmigo?
No. Definitivamente no. Esto no estaba pasando.
Estaba alucinando. El agua del mar se me había subido a la cabeza.
Eso o Ferious estaba haciendo uno de sus trucos.
Sí, parecía una situación con la que el dios del engaño disfrutaría.
O tal vez era el Voster. Ese sacerdote que todavía no había tocado el suelo había plantado esa pesadilla en mi cabeza.
Esto no era real. No podía ser real.
Yo estaba comprometida con Banner. Mae se iba a casar con el príncipe turano. Mae. No yo, Mae.
Margot presionó la mano con más fuerza, clavándome las uñas en la piel. Por suerte, no me salían moretones con facilidad. De lo contrario, al día siguiente tendría cinco marcas.
Pero no la aparté. Estaba demasiado ocupada escuchando la voz del Guardián en mi cabeza.
Ella .
Ella. Ella. Ella.
Yo.
El silencio se volvió más y más intenso. La tensión se duplicó. Se triplicó. La explosión era inevitable. Cuando la quietud finalmente se rompió, la sala estalló a la vez.
—Debe de ser un error —dijo Margot entre dientes. Cada sílaba fue acentuada clavando las uñas más profundo en mi brazo.
—No —dijo mi padre con una voz resonante, hasta el punto de que reverberó en las paredes.
Un gruñido, crudo y voraz, brotó de la garganta de Mae.
Luego llegó la voz de Banner anunciando lo obvio:
—Ella es mi prometida.
Y una risa. Profunda, grave, seca y sin humor.
Parpadeé, obligando a mis ojos a recuperar el foco y concentrarse en esa risa.
El Guardián se estaba riendo. Sus ojos plateados destellaban como un rayo y la sonrisa en su boca se extendía todavía más.
Cretino .
Margot tomó una bocanada de aire.
Mi padre tensó la mandíbula.
Maldición. Creo que lo he dicho en voz alta. Bueno, era un cretino por reírse.
Abrí la boca, no para disculparme, sino para repetirlo, esta vez con mayor claridad, pero la mano de mi padre cortó el aire y trajo nuevamente ese silencio aplastante.
Todos los hombres en la sala del trono parecieron inflar el pecho. Uno de los guerreros levantó la mano, solo apenas, como si estuviera listo para empuñar la espada a su espalda.
—Príncipe Zavier —dijo mi padre—. Mae es la hija que se supone que debe ser tu esposa. Si deseas renunciar a las festividades planificadas para el equinoccio, entonces haré los arreglos para que la unión tenga lugar esta misma noche.
Mi mirada rebotó por toda la sala, pasando de los turanos a los Voster, de mi padre a Banner, una y otra vez.
El príncipe todavía parecía aburrido. El Voster parecía comatoso. Y Banner tenía una expresión letal. La expresión de mi padre parecía demasiado reprimida como para poder leerla. Mae y Margot estaban furiosas. Conmigo.
Y el Guardián seguía sonriendo.
Lo odié de inmediato. Quizá debería haber deseado que Banner le cortara la garganta.
Cielos, tenía que salir de esa sala. De inmediato.
Mi padre no podía permitir todo esto, ¿verdad? Le diría al príncipe exactamente lo que pensaba sobre usarme como el precio a pagar por sus servicios, lo que fuera que eso significara.
Pero se quedó en silencio. Su boca era una línea delgada, tensa, mientras mantenía la mirada fija en los turanos, esperando una respuesta.
¿Acaso le importaba que me estuvieran usando para pagar una deuda, que estuvieran pidiéndole intercambiar a su hija como ese cofre de monedas? ¿O la ira que asomaba en sus ojos caramelo simplemente era porque habían cuestionado sus órdenes?
No quería escuchar la respuesta.
Cuando aparté los ojos de mi padre, la mirada del Guardián me estaba esperando.
No era del mismo color plateado que hacía un momento. Sus ojos se habían oscurecido y el plateado había cambiado a un tono grisáceo, entre castaño y verde. Un color avellana tan duro como una roca.
Atrás había quedado su risa y había dado lugar a una maldad fría y cruel.
Sentía el corazón tan acelerado que me dolía el pecho. Las pulsaciones en mis oídos eran ensordecedoras. Sin embargo, no aparté la vista de sus iris cambiantes, de esa mirada. No me dejaría intimidar por esos ojos asesinos.
Mi padre me enseñó mucho tiempo atrás que solo los tontos se acobardaban.
Podía no ser su hija favorita, pero intentaba no ser una tonta. Por eso, le sostuve la mirada al Guardián, con una voluntad inquebrantable como el hierro de Ozarth. Mae y yo compartíamos esa terquedad.
La comisura de sus labios se elevó.
Sí, seguía siendo un cretino. Me alegraba ser su fuente de entretenimiento ese día. Sonreí y pasé mi atención al príncipe Zavier.
Era indescifrable. No expresaba ningún atisbo de emoción. Ningún rastro de interés o indiferencia. Era la mirada más intimidante que había visto en mi vida, incluso más que la de mi padre.
Un escalofrío descendió por mi espalda.
Si la mirada del Guardián había sido una prueba, la del príncipe era una promesa. Iba a ser su esposa.
El suelo debajo de mis pies se inclinó hacia un lado otra vez.
—No puedes quedarte con ella. —La ira brotaba del cuerpo de Banner, tanto que parecía hacerlo vibrar—. Ella es mía.
Podría haber sido romántico. Pero Banner no estaba enfadado porque otro hombre le estaba robando a la mujer que amaba. No, estaba furioso porque perdería sus lazos con la familia real.
Podía no ser la princesa favorita, pero no dejaba de ser una princesa. Un precio a pagar por sus servicios. Un símbolo de su estatus.
El Guardián recibió la ira de Banner con una expresión de desprecio.
—Era tuya. Ahora le pertenece al príncipe. Ella será suficiente como pago y para cumplir con el tratado. Ella será nuestra reina.
Reina.
Era gracioso. Odiaba usar zapatos y vestidos y estar atrapada dentro de un castillo. Odiaba la monotonía de las lecciones y las clases. No estaba hecha para gobernar ni guiar a nadie. La política era aburrida y las fiestas de la realeza estaban sobrevaloradas. No era una reina.
La corona sobre mi cabeza empezó a molestarme.
—No pienso tolerarlo —anunció Banner—. Debe casarse con Mae.
El príncipe Zavier levantó la barbilla y le dedicó una mirada impasible a mi prometido. Un cuestionamiento a la realeza. Un desafío al tratado más viejo conocido en Calandra.
Banner tragó saliva con fuerza.
Zavier lo ignoró con un parpadeo y miró a mi padre.
—El príncipe tendrá a quien él desee. —Era como si el Guardián estuviera dentro de la cabeza de Zavier, pronunciando las palabras que el príncipe no podía—. Y la desea a ella.
Ella . Ahí estaba esa palabra otra vez.
Ah, por todos los dioses. Iba a vomitar.
—El tratado del Escudo de Gorriones estipula que el rey es el único que puede elegir qué hija entregar. Como yo soy el único rey en esta sala, la decisión es mía. —Mi padre señaló a Mae—. Se casará con Mae. Ella es el Gorrión. Y recibirá el oro que prometimos por su asistencia con las medularias.
Dos hombres nos estaban intercambiando como si fuéramos una cosecha.
Mae se regodeó al escuchar las palabras de mi padre, al parecer honrada por ser considerada una mercancía. Se puso más recta, forzó los hombros hacia atrás y esbozó una sonrisa traviesa.
Yo, por mi parte, presioné los dientes con tanta fuerza que parecía que se fueran a partir en cualquier momento, pero logré mantenerme en silencio.
No lograría nada con protestar. A nadie en esa sala le importaba en absoluto lo que yo pensara al respecto.
Mi destino no me pertenecía y mi futuro estaba determinado por lo que decidieran esos hombres .
Zavier suspiró, como si esa discusión estuviera interrumpiendo su siesta.
Lo odiaba. Los odiaba a todos.
—El rey Cross tiene razón. —El emisario Voster de mi padre habló con la misma voz suave que el otro sacerdote—. La hija ofrecida como parte del Escudo de Gorriones es decisión del rey.
El aire abandonó mis pulmones. ¿Quién habría creído que un Voster sería mi salvación?
—El tratado solo exige que se entregue una hija al otro reino cada generación. El padre tiene el derecho de elegir qué hija entregará —agregó el sacerdote—. Pero todavía está la cuestión del pago por el asunto de las medularias.
Mi padre sacudió la cabeza.
—No hay nada que me obligue a entregar a una hija en forma de pago. Pagaremos en oro.
—Pero él no quiere el oro —dijo el Guardián.
Cierto. Ella . Me quería a mí. ¿Por qué? No era especial.
El otro sacerdote, el Voster que todavía flotaba sobre el suelo, levantó una mano y, antes de que hablara, sabía que odiaría cada palabra que saliera de su boca.
—El príncipe ha matado a siete criaturas hembras en su nombre, tal como usted lo ordenó, rey Cross. Si él exige una novia en forma de pago, debe cumplir con ello. Y es por eso que tiene derecho a elegirla.
—Seis —lo corrigió mi padre—. Solo fueron seis medularias.
Seis o siete. ¿A quién le importaba la cantidad de monstruos?
¿Qué importaba si Zavier era bueno con la espada o la ballesta o lo que fuera que hubiera usado para matar a esas bestias?
¿Podíamos, por favor, volver al tema de la novia?
Porque la verdad era que quería saber si me iba a casar o no antes del amanecer.
—Sus informantes no estaban en lo cierto, Su Majestad. —La sonrisa cruel del Guardián se hizo más grande—. Asesinamos a siete anguilas hembras en el cruce del Krisenth. Todas a manos del príncipe. Según la Cadena de las Siete, el príncipe puede exigir una novia como pago.
¿La cadena de qué? Miré a Margot y el vacío en mi estómago se hizo más profundo a la par que el color abandonaba mi rostro.