Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo tres
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Capítulo tres

Entré despacio por la entrada lateral de la sala del trono y contuve el aliento mientras me acercaba en silencio a Margot y Mae a la izquierda del estrado.

—Bienvenidos. —La voz de mi padre sonaba tan fría como el espacio largo y reverberante. Solía elegir una atmósfera fría probablemente porque a menudo coincidía con su humor.

La luz penetraba a través de los vitrales y cubría el suelo de mármol con distintos tonos azules, verdes y amarillos.

Todos estaban reunidos en el centro de la sala y el trono dorado de mi padre estaba vacío sobre el estrado.

Había más guardias que de costumbre. Cuatro en lugar de dos situados en cada puerta.

La mirada del rey no se apartó en ningún momento de los hombres que estaban frente a él, pero, sin lugar a dudas, se había dado cuenta de que había llegado tarde. Me regañaría por eso más tarde.

Margot y Mae se alejaron del grupo de hombres y se situaron una a cada lado del rey, algunos metros por detrás suyo, coronadas y pulcras.

La hija era tan hermosa como la madre. Si bien mi hermana era una copia de mi padre en cuanto a su terquedad y su férrea voluntad, era casi una réplica exacta de Margot en cuanto a su aspecto físico, desde su nariz hasta la punta estrecha de su barbilla.

¿Yo me parecía a mi madre? Deseaba tener algo para recordar su cara.

Murió cuando yo apenas era una bebé y mi padre ordenó que quitaran sus retratos de todos los salones.

La única razón por la que sabía que había heredado su cabello era por la manera en que Margot lo maldecía.

Pero, lamentablemente, no tenía idea de si tenía su misma nariz, su barbilla o su boca.

Cuando me detuve junto a Margot, me miró con desaprobación y luego volvió a centrar su atención en los hombres.

Había cinco turanos de torso fornido de pie uno al lado del otro como una pared. Cada uno era un pilar de músculos perfectos y fuerza bruta. Cielos, eran enormes.

Banner medía un metro ochenta, pero, en comparación con esos hombres, era delgado y desgarbado. Incluso mi padre, que era el hombre más grande que jamás había visto, no podía competir contra la estatura y la fuerza de los turanos.

Con razón habían logrado matar a las anguilas medularias.

Los turanos no llevaban ropa elegante, aunque tampoco esperaba que un grupo de guerreros llevara trajes hechos a medida o botas relucientes.

Llevaban pantalones de cuero que se amoldaban a sus piernas robustas.

Sus chalecos pardos estaban llenos de herramientas y cubrían unas túnicas de algodón de color marfil que se ajustaban a sus bíceps marcados.

Cada uno de ellos llevaba unos brazaletes de cuero en las muñecas.

Dos de los hombres tenían unos tatuajes intrincados y oscuros en sus antebrazos.

Cada uno de los turanos llevaba cuchillos y espadas que colgaban sobre su espalda. Un hombre tenía tres dagas en la cintura. Parecían listos para la guerra, no para una cena con la realeza.

De hecho, resultaba bastante sorprendente que mi padre los hubiera dejado entrar en la sala del trono con tantas armas.

Por lo general, se les pedía a todos los invitados que las dejaran afuera antes de tener una audiencia con el rey.

¿Los turanos se habían negado? ¿O los guardias ni siquiera se habían atrevido a pedírselo?

—Antes de empezar con las presentaciones —la voz grave de mi padre resonó en la sala—, me gustaría ofrecerles mi gratitud por sus servicios.

Mis hombres me han notificado que han traído seis medularias en sus barcos.

No esperaba que actuaran tan rápido. Por eso, tienen mi más profundo agradecimiento.

El hombre de las dagas se cruzó de brazos. Tenía una barba tupida de color bronce y trenzada bajo la barbilla.

—Solo hemos hecho lo que nos ha pedido.

Había algo que no podía identificar con claridad en el tono del hombre. Una cierta condescendencia que hizo que mi padre tensara su mandíbula cuando levantó la mano y chasqueó los dedos.

La misma puerta lateral por la que me había escabullido hacía algunos minutos se abrió y entraron dos guardias con un cofre tan grande que yo podría meterme en su interior y dormir una siesta.

Lo colocaron en el centro de la sala, destrabaron la tapa y, al abrirla, dejaron al descubierto cientos de monedas de Calandra.

Jamás había visto una cantidad de monedas así. Suficiente oro y plata para alimentar todas las bocas de Roslo durante meses.

Un guerrero turano de piel morena y unos ojos oscuros profundos se acercó al cofre y se agachó para inspeccionar su contenido. Su cabello negro mostraba muchas trenzas largas que llevaba atadas en la nuca. Levantó una moneda y la hizo girar en el aire. Cayó sobre las otras con un sonido metálico.

¿Era ese el Guardián?

—¿Quiere que las cuente, Su Alteza? —preguntó mientras se levantaba y regresaba a donde estaba el resto.

Espera. ¿Qué? ¿A quién llamaba Su Alteza?

El guerrero situado en el centro de la fila negó con la cabeza.

Pero no era un guerrero, ¿verdad? ¿Era el príncipe heredero?

Nunca había visto a un príncipe turano, pero debía ser Zavier Wolfe.

El heredero al trono turano.

El futuro esposo de Mae.

Vaya, eso sí fue una sorpresa. Si Margot también estaba sorprendida, no lo dejó entrever. Tampoco Mae. Claramente, me había perdido algo por haber llegado tarde.

El príncipe Zavier estaba en Roslo. Y el Guardián también estaba en Roslo.

¿Qué estaba pasando? Se suponía que sería una reunión breve y una oportunidad para que mi padre pudiera pagarle al comando turano que había contratado. ¿Ahora era una presentación real? ¿Todos lo sabían menos yo? Eso explicaba por qué estaba aquí el sacerdote Voster.

Menos mal que Margot había insistido en los preparativos de acicalamiento personal para Mae más temprano, si ese iba a ser su primer encuentro cara a cara con su prometido.

—No es necesario contar las monedas —dijo mi padre con su voz fría e indiferente, aunque el fuego en sus ojos de color caramelo traicionó su semblante—. Ahí encontrarán cada onza acordada.

El guerrero que había hablado antes, el hombre barbudo de las dagas, miró a mi padre como si estuviera evaluándolo.

—¿Y si el precio que acordamos ya no es suficiente?

Se rumoreaba que el príncipe Zavier no hablaba. Si ese rumor era cierto, entonces quizá ese guerrero hablaba en su nombre, como un consejero. O un general.

Los ojos de mi padre parecían echar fuego, sus destellos ambarinos eran como dos llamas idénticas.

—¿Y cuál es exactamente el precio que proponen?

Antes de que el guerrero pudiera responder, las puertas principales se abrieron y captaron la atención de todos.

El sacerdote Voster con el que me había cruzado antes entró en la sala.

Por debajo de su túnica se asomaban sus pies descalzos y se podían ver sus uñas verduzcas asquerosas.

Sin embargo, no estaba solo esta vez. A pocos metros por detrás de él, lo seguía otro miembro de la hermandad con la misma túnica de color burdeos.

Ese sacerdote no caminaba. No, más bien flotaba a pocos centímetros del suelo, como si un viento invisible lo llevara en volandas, como si la gravedad no surtiera el mismo efecto en su cuerpo que en el de los demás. Las uñas de sus manos y pies eran tan largas que parecían lazos de tela.

La punzada de la magia fue instantánea. El poder cayó sobre mis hombros y descendió por mi espalda. Necesité cada gramo de mi voluntad para no retorcerme.

Un sacerdote Voster era incómodo, pero dos eran insoportables. Luché contra la necesidad de frotarme los brazos y correr hacia la puerta.

Si Margot o Mae sentían alguna incomodidad, tampoco lo dejaron entrever.

¿Quién era ese segundo sacerdote? ¿Había venido con los turanos? ¿O había acompañado al Guardián?

Los Voster no podían hacer temblar la tierra o arrojar bolas de fuego, pero podían agitar y arremolinar el aire y el agua a su voluntad.

Su control mágico sobre la sangre era usado para crear lazos irrompibles.

Pero nunca había visto a uno levitar. El poder de ese sacerdote parecía más fuerte, más intenso, que el del emisario de mi padre.

Ambos Voster tenían el mismo aspecto: eran calvos y su piel parecía casi traslúcida, pero ese sacerdote parecía más viejo. Su atención y esos ojos de color verde oscuro se posaron sobre mí y quedaron inmóviles por una fracción de segundo, antes de dirigirse hacia las puertas.

La tensión creció en la sala y, mientras mi mirada seguía la suya, el corazón casi se me sale por la boca.

El hombre que entró luego no parecía un dios encarnado.

Tampoco parecía un fantasma. Era alto y robusto, al igual que los otros turanos.

Tan musculoso que hacía que fuera difícil apartar la vista de su persona.

Su cabello de color chocolate caía sobre sus hombros y su mandíbula esculpida estaba cubierta por una barba incipiente del mismo color.

A primera vista, era solo un hombre. Sorprendente e intimidante, pero, aun así, solo un hombre.

Sin embargo, sus iris no eran del típico verde turano. Parecían hechos de plata fundida, metal líquido, incoloros como mi vestido.

El Guardián.

El sonido de sus botas coincidía con el ritmo de mi pulso acelerado mientras él seguía al Voster.

A diferencia del resto de los turanos, no llevaba ningún arma, ni espadas ni cuchillos.

Quizá mi padre había insistido en que viniera a esa reunión desarmado, pero tenía la sensación de que podía matarnos a todos solo con sus manos.

Del mismo modo que había asesinado al hermano de Banner, aplicando sus manos firmes sobre su garganta hasta reventarle la tráquea.

Mis ojos se desviaron hacia mi prometido.

En su mirada solo había muerte. Su odio por el Guardián era tan intenso como el olor de mi tintura.

Pero la diosa Carine debió de haber escuchado nuestras plegarias por la paz, porque pudo controlar su temperamento y se quedó estoicamente a un lado de mi padre como el general responsable que era.

No estaba enamorada de Banner. No estaba particularmente entusiasmada por convertirme en la esposa de un hombre que estaba bajo las órdenes de mi padre. Pero tampoco quería que lo colgaran por traición.

Los sacerdotes Voster se detuvieron, juntos y alejados de todos los demás. Conformaban un grupo separado en esa extraña reunión, como Margot, Mae y yo.

El Guardián no se acercó a ellos. En su lugar, los turanos se hicieron a un lado cuando se acercó para dejarle un lugar junto al príncipe Zavier.

Todos en la sala permanecieron inmóviles y en silencio. La tensión era tan sofocante que incluso dificultaba la respiración. La cabeza me dolía por la magia latente en el ambiente.

Una reunión. Solo teníamos que sobrevivir a esa única reunión de sinsentidos. Luego Banner podría marcharse antes de que le estallara esa vena palpitante en la frente. Y yo podría regresar a mi habitación, donde me quedaría hasta que los turanos y los Voster abandonaran Roslo.

Me incliné hacia delante y me arriesgué a mirar a mi hermana.

Una sonrisa parecía que se dibujaba sobre sus bonitos labios. Por fuera, parecía modesta y dulce. Pero la conocía. Había astucia en esos ojos azules, como si atesorara un secreto que nadie se había molestado en compartir conmigo.

Mae amaba los secretos. Con una buena dosis de conflicto y un poco de sangre, ella era feliz.

¿Estaba en su naturaleza? ¿O había sido por su crianza?

Cuando era niña, Margot solía regalarme muñecas para mi cumpleaños. Pero, cuando Mae cumplió cinco, mi padre le regaló un juego de espadas doradas.

Encajaría bien entre esos guerreros turanos, ¿verdad? ¿Con ese príncipe? Mae había heredado la fuerza de mi padre y la altura de Margot. Dieciocho años de entrenamiento la habían convertido en un arma letal. Los turanos no podrían quebrantar tan fácilmente a Mae.

Quizá mi padre esperaba que fuera al revés.

—¿Dónde estábamos? —preguntó mi padre—. ¿Les preocupa el precio? ¿Cómo podemos resolver esto?

Umm…

¿Estaba consintiendo a los turanos? Porque parecía eso. Y mi padre nunca consentía a nadie.

Había dejado pasar el comentario de ese guerrero sobre las monedas como si no hubiera pasado nada. ¿Y ahora les estaba preguntando cómo resolver su preocupación ?

Mae había heredado su astucia, entonces ¿qué estaba pasando? Esto se trataba de algo más que solo un rey que contrataba a mercenarios.

—Completemos las presentaciones antes de continuar —dijo con una voz suave como la seda el sacerdote Voster que levitaba.

Nunca había escuchado hablar a un sacerdote. Esperaba un sonido chirriante, un tono tan acerado como su poder. Pero era como música, suave y cautivadora. La voz de una sirena que te cantaba para que te durmieras antes de devorarte por completo.

A su orden, los hombres centraron su atención en nosotras. Cinco pares de ojos turanos con estrellas verdes en sus iris se posaron sobre Margot y Mae, mientras que la mirada del Guardián se posó sobre mí. Era tan incómodo como la magia de los Voster.

Mi padre le hizo un gesto de asentimiento a Margot.

Apoyó la mano sobre la espalda baja de Mae y, juntas, caminaron hacia los turanos, mientras yo las seguía por detrás.

El turano del centro del grupo tenía una diadema sobre la frente. No tenía joyas ni piedras preciosas incrustadas, sino que era más bien una serie de hilos de metal entrelazados que formaban una línea de plata.

Su cabello castaño era más corto que el del resto y los suaves rizos no interferían en la visión de su rostro, con las puntas apenas rizadas en la nuca.

Los lados de su diadema desaparecían debajo del cabello por encima de sus orejas.

Tenía una pequeña cicatriz sobre una de las cejas y sus ojos eran del color del musgo en un día de tormenta, un tono que casi absorbía los destellos verdes de sus iris.

El príncipe Zavier era atractivo. Imponente, a decir verdad, con una masculinidad robusta. Y parecía aburrido. No demostraba el más mínimo interés en conocer a su futura esposa.

Parecía que estaba a punto de bostezar.

El Guardián, sin embargo, sí estaba entretenido, como si todo esto fuera un circo. Unas arrugas aparecían junto a ambos ojos cuando sonreía.

¿Qué le divertía tanto? ¿Qué me estaba perdiendo?

—Príncipe Zavier, te presento a mi hija Mae —dijo mi padre—. Según el Escudo de Gorriones, ella será tu esposa dentro de tres meses, durante el equinoccio de otoño.

Zavier estudió a Mae durante un buen rato y luego miró al Guardián.

A continuación, ambos mantuvieron lo que parecía una conversación sin palabras. ¿Era ese uno de los poderes del Guardián? ¿Podía leer la mente?

Bueno, si podía leer la mía…

Vete. Por favor, gracias.

El Guardián asintió en dirección al príncipe, luego habló con una voz áspera que me provocó escalofríos.

—Ella no.

Margot parpadeó, sorprendida.

—¿Disculpe?

—Ella. —Los ojos del Guardián se movieron en mi dirección y todos los presentes en la sala siguieron su mirada.

Hacia mí.

—El príncipe Zavier se casará con ella —declaró—. Esta noche. La novia es el precio por matar esas medularias.