Capítulo siete
El santuario del castillo era sofocante y caluroso. El olor a humo e incienso era tan intenso que me irritó la nariz cuando mi padre me escoltó a través de las puertas talladas.
Margot y Mae iban por detrás, una a cada lado, seguidas por un flujo de guardias, cuyas pisadas colectivas resonaban por todo el espacio oscuro y estrecho.
No había ventanas que dejaran entrar la luz del sol.
El santuario había sido esculpido en la roca debajo del castillo para que la gente pudiera adorar a sus dioses durante la migración.
Los asientos de madera estaban vacíos esa noche, pero, cuando los crux llegaban, también servían de cama para aquellos que buscaban refugio entre esas paredes.
Siempre había pensado que estaría con ellos, que pasaría los meses de la migración en las habitaciones adyacentes al santuario reservadas para el rey y su familia.
¿Había refugios como este en Turah? ¿Cavernas y túneles debajo del castillo de Allesaria? ¿Era allí donde ocultaban la información sobre los crux que mi padre buscaba? Quizá ni siquiera había un castillo en Allesaria.
Lo descubriría pronto.
El santuario estaba iluminado por cientos de candelabros que ahuyentaban las sombras.
Cuando era pequeña, le había preguntado a un clérigo cuánto tiempo tardaban en encender todas esas velas todos los días y me había dicho que, en realidad, nunca las apagaban, solo las reemplazaban cuando se consumían.
De esa manera, Oda nunca los perdía de vista.
Cuando le pregunté si no era mejor adorar al Padre fuera en lugar de aquí dentro, frunció el ceño y llamó a mi tutor.
Ese día, aprendí dos cosas. Uno: el santuario no era el mejor lugar para escapar de mis maestros. Dos: los clérigos no disfrutaban mucho del sol.
No parecían aventurarse más allá de sus cuartos en el castillo y, como evitaba sus vigilias de dos horas casi todas las noches costara lo que costara, rara vez nos cruzábamos.
Esperaba al menos al Sumo Sacerdote esa noche, considerando que era la ceremonia de una boda y todo eso, pero el santuario estaba vacío salvo por los dos sacerdotes Voster que ya se encontraban frente al altar. Quizá su magia ahuyentó a los clérigos.
El hormigueo en mi piel fue instantáneo. Insoportable. Y las bodas de Quentis, por lo general, duraban tres horas. No sabía si podría aguantarlo tanto tiempo.
—¿Dónde están los clérigos? —pregunté con una voz lo suficientemente baja como para que solo mi padre me escuchara.
—No habrá ninguna ceremonia. Solo el contrato de matrimonio y la firma del tratado.
—Vaya. —¿Por qué me sentía decepcionada? Por lo menos esto terminaría pronto. Aunque también significaba que tendría que acostarme con el príncipe Zavier antes de lo previsto.
¿Todos los Gorriones temían la noche de boda tanto como yo?
Si le decía a Zavier que me dolía la cabeza (algo que no era mentira), ¿me dejaría sola?
Tenía el estómago revuelto. Margot me había dicho que comiera algo, pero no le hice caso.
Quizá debería haber devorado un plato de galletas con queso.
Si vomitaba sobre las botas de Zavier en el altar, ¿cambiaría de parecer sobre casarse conmigo?
Nos detuvimos a tres metros del altar y mi padre me dejó junto a Margot y Mae, mientras él se acercaba a hablar con el hermano Dime. Hablaron tan bajo que no pude escucharlos.
Estaba tan cerca de Mae que, cuando la toqué, sentí algo duro que presionó contra un lado de mi cuerpo.
—¿Cuántos cuchillos guardas en el vestido? —pregunté.
—Un par. ¿Por qué? ¿Quieres uno para tu noche de bodas? —susurró. Presioné los labios para contener la sonrisa.
Mi padre asintió al Sumo Sacerdote y se giró hacia los guardias en la entrada del santuario, a quienes les hizo un gesto con la mano para que abrieran la puerta. Un segundo más tarde, entraron los turanos.
Zavier encabezaba la procesión y noté que llevaba el mismo atuendo que unas horas atrás. Ninguna prenda elegante, ni un jubón hecho a medida. Se veía más como uno de sus guerreros que como un príncipe, salvo por la diadema de plata que llevaba sobre la frente y reflejaba la luz de las velas.
Cuatro guerreros lo seguían por detrás con expresiones tan rígidas e ilegibles como la de su líder. Parecían incluso más grandes que en la sala del trono. Más letales.
—Enviarte a ti a Turah es una misión suicida —murmuró Mae. Había una genuina preocupación en su voz.
—Mejor yo que tú —dije tomándola de la mano. Incluso con todo su entrenamiento, habría sido peligroso para ella.
—No. Mejor yo que tú. —Presionó mi mano una vez y luego me soltó.
Al igual que con los abrazos, Mae tampoco era la clase de persona a la que le gustara tomarse de la mano.
El último en entrar al santuario fue el Guardián. Caminaba sin prisa, con un paso más lento y deliberado que el resto, como si no tuviera prisa en caminar hacia el altar. Sus ojos eran de un color avellana duro y frío. Cuando se posaron sobre mí, la comisura de sus labios se elevó.
Cretino risueño.
¿Qué necesitaría para borrarle esa sonrisa de la cara? Si alguna vez lo cogía desprevenido, estaba segura de que lo intentaría.
Quizá podría envenenarlo sin que se diera cuenta. Ponerle algunas gotas en su copa de vino sin que se percatase. Parecía ser la clase de hombre que siempre estaba atento, pero a lo mejor…
Cualquier chica tiene permitido soñar el día de su boda.
Mi padre chasqueó los dedos y entendí que era mi señal para que lo acompañara en el altar.
Mae me dio un codazo y, sujetando la falda de mi vestido, me acerqué a la mano que me extendía. Me ayudó a subir los dos escalones hasta quedar sobre el estrado, de pie junto a una mesa de madera, donde un pergamino yacía sobre su superficie lisa y reluciente.
El Escudo de Gorriones.
Se me revolvió el estómago otra vez. Estaba pasando de verdad. Ya no había marcha atrás.
El tratado era sencillo y sobrio. Solo tinta sobre papel, con una caligrafía pulcra y ordenada.
Tinta. Y sangre.
Recorrí las palabras del tratado con la mirada, sintiendo cómo mi corazón se hundía más y más, hasta quedar a la altura de mis pies.
Zavier y yo firmaríamos el documento con nuestra sangre y los Voster lo sellarían con su magia.
Los reinos de Turah y Quentis quedarían unidos por este pacto. Por los hijos que yo traería al mundo.
El documento era tan largo como mi brazo; la letra, aunque pequeña, era legible y ocupaba casi todo el pergamino. Nuestros ancestros habían sido meticulosos, les concedía eso. ¿Se suponía que debía leerlo todo?
Los guerreros turanos se detuvieron junto a Mae y Margot mientras Zavier subía la escalinata y se colocaba a mi lado. El calor de su brazo pasó al mío. Olía a jabón y cedro.
Era un aroma agradable. Limpio y silvestre. Al menos no apestaba a caballos ni a otras mujeres.
El perfil de Zavier parecía tallado en granito, mientras sus ojos se desplazaban por el documento, línea por línea.
Bueno, al parecer íbamos a leerlo.
Empecé por el principio, pero las oraciones se mezclaron entre sí. Las palabras se difuminaron. Bien podría estar escrito en el antiguo idioma que los clérigos usaban a veces. Había demasiados ojos puestos en mí como para poder concentrarme y esa maldita magia Voster me irritaba la piel.
Concéntrate, Odessa . Respiré profundamente, cerré los ojos por un largo rato, y volví a empezar. Si iba a firmar esta cosa con sangre, al menos quería tener una idea de lo que decía.
El comienzo narraba la historia del tratado: la obligación de los cinco reinos de ofrecer un rey, o un futuro rey, y un Gorrión en cada generación.
A la primera novia se la había apodado Gorrión, de ahí el nombre del tratado y la razón por la que, desde entonces, cada mujer ofrecida era llamada así. Su padre, el rey turano, la había entregado como esposa a su enemigo jurado, el rey de Génesis.
¿Aprendería más sobre el primer Gorrión en Turah? ¿Alababan su sacrificio por el reino? ¿La honraban con estatuas y pinturas? ¿O había sido olvidada como tantas otras de generaciones perdidas?
Un Gorrión de Ozarth había sido entregada a mi tatarabuelo. No sabía su nombre ni si había sido una buena reina. ¿Mae sabría algo de ella? Si me hubieran dado tiempo para prepararme, quizá habría podido investigar un poco.
Suspiré. Si no sabía nada sobre ella, probablemente no había sido una gran reina.
Mi padre se aclaró la garganta, ya que quizá sentía que mi mente empezaba a divagar.
Parpadeé y volví a centrar la atención en la página.
Obligaciones comerciales. Estipulaciones que prohibían que un reino invadiera a otro. Y luego, las leyes que unían al esposo y a la esposa.
Un rey no puede matar a su Gorrión y un Gorrión no puede matar a su rey, ya sea directa o indirectamente, sin que la muerte caiga sobre ambos.
Muerte.
La palabra saltó del pergamino. Fuera cual fuese la magia que los Voster llevaban en las venas cuando la infundieron en este tratado, al mezclarse con nuestra sangre, dictaron que moriría si llegaba a matar a Zavier.
Bueno, era importante saberlo.
Debajo de las estipulaciones había cinco firmas garabateadas: los nombres de los cinco reyes originales. Su sangre no se había desvanecido con el paso del tiempo. Seguía tan oscura como la tinta, tan fresca como si la hubieran usado hacía solo unos instantes, y no siglos atrás.
Los reyes que los sucedieron no habían tenido la posibilidad de aceptar o rechazar estas condiciones. Sus antecesores lo habían hecho en su nombre. Todo hombre que llevara una corona estaba obligado a cumplirlas.
Ser rey implicaba acatar ciertas reglas. Las reglas trazadas en este tratado.
Sí, había conflictos, en especial en las fronteras. Pero se esperaba que los reyes mantuvieran la paz.
Y la magia que emanaba del pergamino se encargaba de hacer cumplir esa voluntad.
No había una lista interminable de mandatos y prohibiciones específicas. Quizá eso era lo que hacía que el tratado fuera tan aterrador. Y tan brillante.