Capítulo dos
El agua se escurría por el dobladillo de mi vestido empapado, dejando un rastro de gotas detrás de mí, mientras me escabullía andando de puntillas por la galería del ala este del castillo.
El corazón me latía con fuerza y la adrenalina fluía por todo mi cuerpo después de haberme lanzado por el acantilado.
Tenía dieciséis años cuando salté por primera vez. Un grupo de jóvenes sirvientes habían ido a ese lugar una tarde de verano calurosa y yo los seguí por curiosidad. Y me quedé mirando desde lejos cómo, uno por uno, saltaban por la cornisa.
Cuando todos nadaron hacia la orilla y regresaron al castillo, me armé de valor y me acerqué al acantilado.
Me llevó varias horas evaluar la caída antes de finalmente saltar.
Cuando me hundí en el agua fría y empecé a patalear sin parar para salir a la superficie, juré que nunca volvería a hacerlo.
Pero una semana más tarde, después de que el maestro de armas me regañara por mi ineptitud con el arco, fui nuevamente a ese lugar.
Lo había declarado como propio.
Siempre que necesitaba sentirme valiente, sentirme libre y viva, ese acantilado era mi salvación.
El día de hoy no era la primera ni la última vez que me escabullía por el castillo empapada. El mar me había robado mis zapatos y mis pies descalzos rechinaban sobre los pisos blancos de mármol, mientras me abría paso por la galería desierta.
Mis oídos se mantenían alerta ante el más mínimo sonido mientras pasaba entre tapices y pinturas. Esconderme quizá no era necesario. Nadie venía a esta galería, en especial Margot.
No le gustaba el arte de ese lugar en particular. Era demasiado desagradable para su gusto.
Cada obra mostraba a los crux de generaciones pasadas. El mural más grande había sido pintado después de la última migración, hacía casi treinta años, cuando las inmensas águilas monstruosas habían surcado los cielos de Calandra y asesinado a nuestra gente.
En la pintura, un ave de plumaje cobrizo había partido a un hombre por la mitad con su enorme pico y sus entrañas colgaban de su boca abierta.
Sus garras, más afiladas que cualquier espada, estaban clavadas en el corazón de una mujer que había aplastado con todo su peso.
Los cuernos gruesos y puntiagudos del ave estaban embebidos en sangre y entrañas.
Margot no estaba equivocada. Esta galería sí era violenta. Y quizá después de vivir una migración, tampoco volvería a poner un pie en ese lugar.
Las escrituras decían que los dioses antiguos, Ama y Oda, crearon a los animales de Calandra como un obsequio para los humanos, como compañeros para compartir este reino. La Madre y el Padre estaban orgullosos de sus hermosas creaciones. Los llenaron de alabanzas y gloria.
Pero ese orgullo enfureció a los hijos de los dioses y, en un ataque de celos, los dioses nuevos, los Seis, crearon animales propios.
Fue así como los Seis crearon depredadores a imagen y semejanza de los animales de Calandra, aunque sus variaciones eran mucho más hermosas. Mucho más poderosas. Mucho más letales.
Esos monstruos eran un recordatorio para humanos y animales por igual de que éramos frágiles e insignificantes. Y no había ningún monstruo más temible que los crux.
La primera vez que vi esas obras, ese agobiante mural, vomité en una maceta que albergaba un helecho. La siguiente migración llegaría pronto, así que me había obligado a volver a esta galería una y otra vez hasta que las escenas no me revolvieran el estómago.
Cuando viera al crux volar por primera vez, estaría preparada para la devastación que nuestro pueblo enfrentaría.
Los dioses realmente se habían superado con su creación.
Había monstruos, y luego estaba el crux.
Según las predicciones de los estudiosos, la próxima migración llegaría la siguiente primavera. Dentro de menos de un año. Yo podía protegerme dentro de las paredes del castillo, pero muchos no tenían ese lujo.
Aparté la vista del mural, doblé en una esquina y estaba a punto de correr el último tramo hacia la escalera cuando casi choco con un cuerpo. Logré retroceder a tiempo para no golpearme con él.
—Lo sien… —empecé a decir, pero la disculpa murió en mi boca cuando vi que era el sacerdote Voster. Tomé una bocanada de aire brusca y mi asombro resonó por las paredes a medida que me alejaba del emisario de mi padre.
Me miró sin parpadear desde su altura imponente.
Me llevaba una cabeza y sus hombros huesudos quedaban por encima de mí.
Tenía puesta una túnica borgoña, cuya tela caía sobre su cuerpo desgarbado hasta unos tobillos y pies tan desnudos como los míos.
Las uñas, tanto de los dedos de sus manos como de sus pies, se veían gruesas y agrietadas con un tinte verde oscuro.
No tenía cabello, tampoco cejas, y su piel era de un blanco pálido frío.
Su nariz aguileña descansaba casi en ángulo recto sobre sus labios delgados sin color.
Mi criada favorita decía que la piel del sacerdote le daba escalofríos, pero eran sus ojos los que hacían que un frío gélido descendiera por mi espalda. Eran unas lagunas sólidas, insondables y sin pupilas, del mismo color verde profundo que sus uñas.
Las pesadillas se creaban en esos ojos.
No me importaba lo que dijeran sobre la hermandad. Los Voster eran un terror mucho peor que cualquier monstruo que acechara en los cinco reinos.
El poder que irradiaba de su cuerpo hacía que me meciera incómoda sobre mis talones.
La magia de los Voster chisporroteaba a mi alrededor.
Era una sensación vertiginosa. Nauseabunda.
Era como saltar del acantilado, solo que a un vacío sin fondo.
Sin un final para ese vacío que sentía en mi interior o el vacío bajo mis pies.
Se suponía que los humanos no tenían acceso a la magia.
Me tragué la necesidad de gritar a medida que su poder raspaba y rasgaba la piel desnuda de mis brazos.
El Voster inclinó la cabeza hacia un lado, como un ave, mientras miraba mi ropa húmeda. Levantó una de sus manos huesudas y extendió un solo dedo. Con un movimiento rápido de su muñeca, toda el agua brotó de mi cabello.
Giró alrededor de mi cara, mientras las gotas se mezclaban y se elevaban hasta formar una bola de agua cristalina sobre mi cabeza.
Empezó a estirarse a lo ancho y se aplastó hasta formar un círculo con un hueco en el centro.
Varias puntas brotaron del agua, como si estuviera siendo atraída hacia el techo abovedado.
Giró y giró sin parar hasta que el sacerdote convirtió el agua en una corona sobre mi cabeza.
Mi padre decía que la hermandad de los Voster a menudo usaba su magia sobre los fluidos para entregar un mensaje, que manipulaban el aire, el agua y la sangre para hacer declaraciones.
Bueno, fuera lo que fuese el significado de esa corona de agua, no iba a pedirle al sacerdote que me lo explicara.
Me marché a toda prisa en busca de la escalera y subí por la primera que encontré.
Subía los escalones de dos en dos, con la falda empapada hecha una bola en mis manos.
En el descansillo de la escalera, miré hacia atrás.
Los ojos oscuros del sacerdote seguían esperando.
Otro escalofrío se posó sobre mis hombros antes de sujetar la baranda y obligarme a subir. No fue sino hasta que llegué al segundo piso que la sensación de tener cientos de arañas caminándome por la piel empezó a difuminarse.
Me froté las mangas del vestido mojado, como si pudiera quitarme el hormigueo de la piel.
¿Por qué el sacerdote no podía secar el vestido en lugar de mi cabello? Eso habría sido útil. Ahora podía sentir el cabello encrespado.
Adiós a mi intento de hacerme una trenza con el cabello húmedo.
Los Voster eran otra razón por la que no quería ir a esa reunión con los turanos.
Los sacerdotes rara vez visitaban el castillo, pero, seis días atrás, sin advertencia alguna, el emisario de mi padre había llegado. Cada vez que me lo cruzaba, me iba con una sensación de gran incomodidad.
¿Qué hacía aquí? Quizá la hermandad se había enterado de que mi padre había contratado a los guerreros turanos o quizá había venido por el Guardián.
Los Voster eran elusivos y evitaban a la mayoría de las personas. Al menos, eso es lo que creía, considerando que el único sacerdote que había visto era el emisario de mi padre y, en sus visitas, se quedaba cerca del castillo.
Ni siquiera estaba segura de cuántos Voster componían la hermandad. ¿Cientos? ¿Miles? Había solo un único libro en la biblioteca del castillo sobre los Voster y era corto. Muy, muy corto.
El emisario de mi padre venía para los eventos políticos importantes, bodas significativas y funerales reales. Probablemente para asegurarse de que todos se comportaran debidamente y siguieran las condiciones de los tratados mágicos de Calandra.
Una vez le pregunté a un tutor qué hacían en realidad los Voster, además de poder controlar los fluidos con su magia y confeccionar juramentos de sangre para los reyes.
También le pregunté si los sacerdotes eran humanos que habían heredado la magia o si eran algo completamente distinto.
Me respondió que eso era complicado, es decir, que él tampoco lo sabía.
Mi padre parecía estar en buenos términos con su emisario, pero tampoco parecían ser amigos cercanos.
Bueno, cualquiera que fuera la razón por la que el sacerdote había venido ese día, yo estaba deseando que partiera lo más pronto posible.
Con suerte, se iría en cuanto los turanos abandonaran Roslo y regresaría al lugar que los Voster consideraban su hogar, estuviera donde estuviese.
Otro misterio sobre su gente. Nadie sabía dónde vivían.
La sola idea de un pueblo entero de Voster, calles y edificios saturados de su magia me hacía sentir muy incómoda.
Tuve una sensación exasperante en la nuca, como si me estuvieran observando. Me di la vuelta, esperando encontrar al sacerdote, pero estaba sola en la escalera.
—Y claramente paranoica —murmuré mientras subía el último escalón hacia el salón central del tercer piso.