Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1)
© inepub.com
Capítulo uno
¿Y si saltaba?
Estaba parada al borde de un acantilado escarpado, a la merced de este reino, retorciendo los dedos de mis pies descalzos sobre la tierra. Una fuerte ráfaga de viento podría empujarme hacia delante o hacia atrás. El más leve temblor de la tierra me haría caer.
O volaría.
¿Y si saltaba? ¿A alguien le importaría?
No. Yo no. No la princesa inadecuada de Quentis.
Doce metros abajo, las olas rompían contra el muro de rocas grises y el agua salpicaba su espuma blanca en todas direcciones. Quería saltar. Quería hundirme en ese océano azul. Quería liberarme de las expectativas de los demás solo por un bendito momento.
Pero, si lo hacía, llegaría tarde. Y si llegaba tarde, estaría en un buen lío.
Margot me haría la vida imposible si faltaba a la reunión con los guerreros turanos que mi padre había invitado a Quentis, así que no saltaría. Y mucho menos ese día.
Me alejé de la cornisa. La tentación.
Aunque la realidad era que no me necesitaban para toda esa parafernalia. Mae se encargaría de embelesar a nuestros invitados.
Ella era la verdadera princesa de Quentis.
Mi media hermana había sido presionada durante toda su vida para ocasiones como esa. Para esa actuación. Tarde o temprano, ella sería la reina de Turah y ese día era su oportunidad de aprender sobre algunos temas futuros antes de casarse con el príncipe heredero más adelante ese mismo año.
Así que mi asistencia es completamente irrelevante.
De todos modos, me he esforzado mucho para no hacer enfadar a mi madrastra, Margot…
y a mi padre. Puede que no sea su hija favorita o la princesa más querida, pero yo también tenía una corona en mi dormitorio.
Y ese día era para mostrarles a los turanos lo brillantes que podían ser nuestras coronas.
Me encogí de hombros cuando me alejé otro paso del acantilado, y luego otro más, mientras mis pies se hundían en el césped y me acercaban a los zapatos oscuros que me había quitado antes. Sin embargo, antes de calzarme, el estruendo de unos cascos de caballo hizo que me girara hacia el camino.
El sonido se volvió más fuerte y entendí que, sin duda alguna, un jinete estaba acercándose en mi dirección, probablemente para buscarme.
—Maldición. —¿Estaba llegando tarde?
Margot había hablado sin parar durante el desayuno sobre los eventos del día antes de la presentación ante los turanos, pero apenas la había escuchado.
Los guerreros habían llegado tarde el día anterior, pasado el anochecer. El grupo de élite no había asistido a la cena ni a las reuniones. ¿A propósito? Era probable.
No los culpaba. Tampoco podía juzgarlos por no haber abandonado el ala del castillo donde se estaban quedando, ya fuera para descansar de su largo viaje por el Krisenth o para evitar la pomposidad de la realeza. Pero, quisieran o no, habría un espectáculo. Y sería el momento de Mae para brillar.
Mientras los turanos hacían lo que fuera que solían hacer cuando visitaban otros reinos, las criadas estaban terminando de preparar a Mae.
Recibiría un baño y mil atenciones. Disfrutaría de un masaje con aceites aromáticos y tratarían su piel con los más finos tónicos de todo el continente. Mae usaría un vestido en el que su costurera había trabajado todo un mes para que lo luciera en el banquete de esa noche.
Mae. Todo giraba en torno a Mae.
Dudaba mucho que a los hombres les importara el bordado o el encaje de su vestido, pero ¿qué iba a saber yo? Mae sería su futura reina, no yo. Mi única obligación era estar presente.
A tiempo.
En la letanía de instrucciones de Margot durante el desayuno, figuraba mi nombre, la única vez que lo había pronunciado.
No llegues tarde, Odessa.
No llegaba tarde siempre. Algunas veces, pero no siempre. Y la mitad de las veces nadie lo notaba.
Me puse uno de los zapatos y, haciendo a un lado mi vestido largo, rápidamente me puse el otro. Ya estaba calzada cuando el jinete apareció por la colina y avanzó hacia el acantilado.
Banner apareció en toda su gloria sobre la montura. Su cabello castaño claro y corto estaba peinado sin ningún mechón fuera de lugar, y traía una expresión vacía.
¿Era algo bueno? ¿O significaba que estaba en problemas porque mi prometido había abandonado sus responsabilidades como general para venir a buscarme?
Banner tiró de las riendas y el semental se detuvo. Con gran habilidad, se bajó de la montura y acercó su caballo en mi dirección con un paso firme e intimidante.
—Princesa —dijo con seriedad, mientras sus ojos castaños no se apartaban de los míos. A pesar de su austeridad, una sonrisa amenazaba con aparecer desde la comisura de sus labios.
—Ya estaba volviendo —levanté una mano—. Lo juro.
—¿Lo decidiste antes o después de que me escucharas venir? —levantó una ceja—. Vas a llegar tarde.
Iba a llegar tarde . Lo que significa que no estaba llegando tarde. Todavía. Uff .
—Prometo llegar a tiempo —dije—. No tenías que venir a buscarme.
—De hecho, salí a pasear.
—Ah. —Entonces eso significaba que quizá nadie sabía que había salido del castillo. Podría regresar sin que nadie lo notara y cambiarme de ropa a toda prisa.
Banner ya llevaba puesto su uniforme formal para la reunión.
Los botones dorados de su casaca aguamarina eran tan brillantes como los chapiteles del castillo en la distancia.
Llevaba sus cuchillos favoritos en su cinturón de cuero.
Mi padre usaría prácticamente el mismo uniforme, aunque él prefería una espada.
El vestido de Mae para esa noche había sido diseñado con distintos tonos de aguamarina y celeste.
Margot probablemente usaría su color insignia, el azul.
Mi vestido, al igual que todos mis otros vestidos, sería gris.
Algún día, cuando Margot no estuviera a cargo de mi armario y mi padre no me mirara con desdén durante cada comida, usaría el rojo. O el verde. O el negro. O el amarillo.
Cualquier color menos el gris.
—¿Sabes? Puedes ver la ciudad desde la ventana de tu cuarto en lugar de venir aquí —dijo.
—Pero desde aquí tengo una mejor vista.
La luz del sol atrapaba los destellos ambarinos de los ojos de Banner, un color vívido en contraste con el castaño de sus iris. Ese ámbar era el color típico de todas las personas nacidas en Quentis.
Su mirada deambuló hacia el castillo detrás de nosotros y luego se posó sobre la ciudad que se extendía por la costa junto al acantilado.
Los edificios blancos de Roslo prácticamente brillaban a la luz del atardecer.
Las calles de la capital estaban repletas de personas y carros.
Había numerosos barcos en los muelles y las aguas tranquilas de la bahía eran de un color aguamarina que resplandecía bajo los destellos de luz brillantes.
Las banderas de Quentis, de ese mismo color aguamarina, se mecían al viento en las torres del castillo.
La más larga de todas ellas lucía el emblema real bordado: una ballesta envuelta en hojas y tallos de trigo.
Mi padre consideraba que la vista desde el balcón de su sala del trono era inigualable, pero yo prefería ver mi ciudad desde ese lugar.
El castillo era mi hogar, pero ese acantilado era mi santuario. Ese era el único lugar en donde el aire no estaba saturado de juicios y no había guardias plantados en cada rincón, listos para informar de mis errores a Margot.
Desde ese lugar, podía sentir la sal que brotaba del agua.
El aroma de los alimentos y las especias que traía el viento desde los mercados en la plaza.
En los días tranquilos como ese, podía escuchar los sonidos del muelle y el clamor de las calles.
Cuando tenía tiempo, traía un diario y dibujaba las distintas vistas.
La mirada de Banner se detuvo sobre tres barcos de madera atracados en la bahía. Las velas de un color verde oscuro contrastaban con los detalles aguamarina de la flota de Quentis.
—¿Los has visto? —pregunté—. ¿A los turanos?
—Todavía no. Pero acabo de reunirme con tu padre. —Tensó la mandíbula—. Me informó de que el Guardián ha venido con ellos.
—El Guardián —repetí, quedándome boquiabierta mientras se me hacía un nudo en el estómago—. El Guardián. ¿Está aquí? ¿En Roslo?
—Eso parece —contestó Banner con la voz entrecortada.
Diablos, eso sí era malo. Esa era la razón por la que mi prometido había salido a cabalgar.
Podíamos no estar enamorados, podíamos no ser los amigos más cercanos, pero había algunas cosas de las que estaba segura de mi prometido.
Era una persona que nunca pondría en juego su lealtad hacia mi padre.
Amaba el estatus que le otorgaba su rango y su compromiso con una princesa. Y odiaba al Guardián.
—Lo siento. —Intenté acercarme a él, pero hizo un leve gesto para apartarme y se pasó una mano por el cabello—. ¿Irás a la reunión?
—Soy el general de la legión de tu padre. ¿Tú qué crees?
¿Era tan difícil contestar solo sí?
Quizá, una vez que nos casáramos, dejaría de tratarme como a una niña. Aunque, considerando la diferencia de quince años entre nosotros dos, no tenía muchas esperanzas de que eso ocurriera.
Se frotó la barbilla con fuerza, un poco enfadado.
—Rézale a Carine para que mantenga la compostura.
Le rezaría a la diosa de la paz para que estuviera con nosotros todo el día.
—Obtendré mi venganza —dijo, más para sí mismo que para mí, y el hombre frío y sereno que debía ser mi prometido se desvaneció. Su cuerpo entero parecía vibrar por la ira. Sus manos se cerraban y abrían a cada lado de su cuerpo, como si estuviera ansioso por sacar un cuchillo—. Te lo aseguro.
—Banner —le advertí—. Si el Guardián ha venido con los turanos es porque mi padre lo ha invitado. No es momento para hacer locuras. No puedes atacarlo mientras…
—¿Te piensas que no lo sé?
Retrocedí cuando me gritó en la cara. No era la primera vez que un hombre proyectaba su mal temperamento hacia mí. Tampoco sería la última. Y había aprendido que era más fácil dejarlo pasar que pelear.
—Lo siento.
—Soy consciente de que no puedo hacer nada más que quedarme quieto a un lado y darles la bienvenida a esos huéspedes a nuestro reino.
Que debo estar en la sala del trono de tu padre y conocer a esas personas inmundas que destruyeron a mi familia.
Merezco que me sirvan la cabeza de ese bastardo en un plato, pero no puedo hacer nada.
Nada. Sé muy bien en qué momento estamos, Odessa.
Me quedé quieta mientras pronunciaba mi nombre con ira.
—Vas a llegar tarde —dijo entre dientes.
—Está bien —asentí, bajando la mirada hacia sus botas pulidas.
Banner suspiró y recuperó la compostura. Luego pasó un dedo por mi barbilla y me levantó la cara hasta que nuestros ojos se encontraron. La ira en sus iris se iba desvaneciendo lentamente.
—Lo siento. Estoy frustrado.
—Es comprensible.
—¿Quieres que te lleve de regreso? Puedo dejar la cabalgata para otro momento.
—No —dije esbozando una sonrisa suave—. Ve. Iré caminando.
Si estuviera en su lugar, creo que también querría despejarme la cabeza.
¿Por qué lo obligaría mi padre a asistir a esa reunión?
Él sabía que el Guardián había matado al hermano de Banner.
Que habían peleado por una mujer en Turah y que esa pelea había terminado con su muerte.
Cuando llegó la noticia sobre el asesinato de su hermano a Quentis, destruyó por completo a su madre, hasta el punto de que la mujer se quitó la vida el año pasado.
Al parecer, mi padre podía ser tan insensible con su amado general como lo era con su hija mayor.
—Te veo más tarde —dijo—. No llegues tarde, princesa.
Banner pasó un nudillo por mi cuello y se dirigió hacia su caballo. Se sentó en la montura y desapareció sin mirar las colinas onduladas y los campos extensos que rodeaban Roslo.
Esperé a que estuviera fuera de la vista y luego, suspirando, empecé a caminar por el sendero que llevaba hacia la entrada trasera del castillo. Desde allí, podría escabullirme por una entrada lateral y subir la escalera a mi habitación en la tercera planta.
Mi habitación gris.
La habitación de Mae estaba pintada de azul claro, el color perfecto para la novia virginal que pronto se casaría con un príncipe. Quien cumpliría su rol según el tratado comercial de Calandra que mantenía a los cinco reinos en paz.
Ella era el Gorrión.
Pero Mae estaba lejos de ser un ave dulce y delicada. No llegaría virgen a la noche de su boda. Era gracioso que los guardias nunca informaran sobre sus idas y venidas, no cuando se revolcaba con su capitán.
Miré sobre mi hombro hacia el acantilado y el océano que se extendía hacia el horizonte.
¿Qué había ahí afuera? Mae lo descubriría. Después de la boda, iría a Turah.
—Mocosa suertuda.
Nunca en la vida había estado celosa de Mae.
Era la hija favorita de nuestro padre. Cuando había llegado el momento de elegir al Gorrión, no fue ninguna sorpresa que eligiera a Mae.
Ella era el orgullo y la alegría de Margot.
Ella tenía una madre y yo tenía un fantasma.
Aun así, nunca la envidié, ni una sola vez.
Hasta ahora.
Porque pronto se iría y descubriría el reino más allá de las puertas de Roslo y las costas de Quentis.
Iba a extrañar a mi media hermana. Desde el día que Margot la puso en mis brazos cuando yo tenía cinco años, Mae había sido mía. Peleaba conmigo por todo. Me molestaba sin parar. No era amable ni agradecida. Era un dolor de cabeza enorme, pero era mi hermana.
Iba a extrañarla.
Pero esperaba con ansia el momento de su partida.
Quizá cuando su sombra se marchara, tendría algo de libertad. O quizá no. Tal vez los únicos momentos de paz que tendría el resto de mi vida estaban en ese acantilado.
En ese momento, una brisa sacudió mi cabello revuelto y un mechón se metió en mi boca.
Lo escupí, no sin antes sentir el sabor amargo de la tintura castaña que Margot me hacía usar todas las semanas.
Mis rizos salvajes nunca se mantenían dentro de la trenza, sin importar cuánto los retorcieran y tensaran las criadas.
La única vez que mi pelo cooperaba era cuando estaba mojado.
El océano me llamó. Me detuve y me giré.
¿Y si saltaba? ¿Alguien lo notaría?
No. Nadie lo notaría. Una sonrisa apareció en mi boca.
Empecé a correr hacia el acantilado. Mi vestido de color gris apagado se mecía detrás de mí mientras corría, cada vez más rápido, sacudiendo los brazos, impulsándome con todas las fuerzas con mis piernas. No pensé. No dudé. En un momento, mis pies estaban anclados a la tierra.
Al siguiente, estaba volando.