Capítulo dos #2
—¿Por qué estás mojada? —La pregunta de Margot me tomó por sorpresa y apoyé la mano con fuerza sobre el pecho—. ¿Y qué le ha pasado a tu cabello?
Solté una exclamación quejumbrosa. Adiós a escabullirme sin que me vieran. Maldición .
—Lo siento, Margot.
Era culpa del Voster, bicho raro. Por lo general, revisaba el pasillo para asegurarme de que estuviera vacío antes de cruzar a mi habitación. Pero esta vez había estado tan distraída por la sensación punzante de la magia del sacerdote que no presté atención.
—Odessa. —No había ninguna otra persona en Calandra capaz de conseguir que sintiese tanta exasperación al decir mi nombre como mi madrastra.
—Estaré lista enseguida. Lo prometo.
Sus ojos azules eran como el océano y los destellos ambarinos de sus iris eran tan afilados como dagas, mientras señalaba la puerta de mi cuarto.
—Ya estás llegando tarde.
—Todavía no.
Mi madrastra resopló cuando pasé a su lado en dirección a mi cuarto.
—Bueno, sí, casi tarde.
—Apresúrate. —Me siguió a mi habitación y a mi vestidor. Mientras me recogía el cabello, que estaba demasiado seco, demasiado rizado y no demasiado castaño, sobre un hombro, sus dedos empezaron a desabotonarme el vestido.
—No hace falta que te quedes —dije—. Brielle o Jocelyn pueden ayudarme. Tiró del último botón con tanta fuerza que lo arrancó y este rodó por el suelo.
—¿Ves a Brielle o a Jocelyn por alguna parte?
—Bueno, no. —Mi cuarto estaba vacío y la ropa de dormir que me había quitado esa mañana todavía estaba tirada en el suelo junto al biombo.
Mis criadas habían sido reasignadas para ayudar a Mae o estaban espiando a los turanos. Me decantaba por pensar que era lo último.
—Están ocupadas en el ala sudeste —dijo Margot.
Vaya. ¿No era ahí donde se estaban quedando los turanos?
—Esos tipos han ensuciado de tierra todos los pasillos.
¿Tierra?
—Pero ¿no cruzaron el Krisenth en barco? ¿Cómo se ensuciaron?
—Odessa. —Ahí estaba esa irritación otra vez.
—Está bien. Dejaré las preguntas para después.
—Por favor —dijo Margot, empujándome hacia delante y colocándome detrás del biombo con el corsé de mi vestido presionado hasta mi pecho.
El vestido cayó con pesadez cuando lo apoyó por encima del biombo.
El hecho de que Margot hubiera podido encontrar un tono de gris más apagado que el último era, de hecho, bastante sorprendente. Fruncí los labios cuando me empecé a poner la falda.
—Tendremos que teñirte el cabello. Otra vez. Y no tenemos tiempo —El repiqueteo de su pie era como si te estuvieran dando bofetadas en la mano—. Nadando. Vestida. ¿Por qué eres así? ¿Por qué no puedes tener un pasatiempo normal como la arquería o ir a cabalgar?
Amaba dibujar y pintar, pero ¿apreciaba Margot mi arte? No. Se irritaba siempre que me manchaba los dedos con carbonilla u óleos.
Quería que fuera como Mae. Que me gustaran las espadas y las peleas. Esos eran pasatiempos aceptables para su hija, su princesa. Pero el arte y nadar, ambas actividades relativamente aburridas, eran problemáticas y molestas.
Sí, había estado nadando. Sí, quizá debería haber esperado al día siguiente. Al menos, Margot no sabía exactamente cómo había llegado al agua. Nadie lo sabía.
Si alguien descubría que estaba lanzándome desde ese acantilado, me caería el infierno encima.
—Estoy apurándome —le aseguré—. Perdí la noción del tiempo.
—Muchachita, llevas mi paciencia hasta el límite.
—Lo siento, lo siento, lo siento. —Sin importar cuántas veces me disculpara, no había ninguna diferencia, pero eso nunca hacía que dejara de intentarlo.
Salí con los dientes apretados, toda vestida de gris.
—Date la vuelta.
Le di la espalda para que pudiera abrochar los botones del vestido.
La tela se ajustaba a mis costillas y mis pechos. El cuello dejaba al descubierto las clavículas y la garganta, y las mangas caían sobre la punta de mis dedos. La falda se inflaba alrededor de mi cintura, meciéndose de un lado a otro con mis movimientos.
En cualquier otro color, habría sido un vestido hermoso. En gris, prácticamente combinaba con el suelo de piedra. Quizá esa era la idea.
—El cabello —dijo Margot, chasqueando los dedos y señalando el tocador. Se paró detrás de mí cuando tomé asiento.
Vacilé un momento antes de pasarle el peine. En sus manos, era un arma que empuñaba bastante a menudo. El cuero cabelludo me dolía horas después de que terminara la tortura.
—No hace falta que hagas eso. Yo me encargo. Estoy segura de que Mae te necesita más que yo.
—Ella está… ocupada.
Ocupada . Lo que significaba que estaba con el capitán de la guardia para su revolcón de la tarde.
¿Por qué estaba bien que Mae tuviera un poco de diversión antes de la reunión con los turanos y yo fuera castigada por nadar un rato en el mar?
La hipocresía en el castillo era agobiante.
Margot me quitó el peine de la mano y lo arrastró por mis rizos, tirando con tanta fuerza que tuve que sujetarme del asiento para que no me tirara al suelo. Una vez que quitó la mayor parte de los nudos, chasqueó los dedos con su mano libre.
—Tintura.
Extendí la mano hacia el frasco de ópalo en el tocador, lo destapé y me ahogué con el olor punzante de la tintura. El olor se iría en algunos minutos, pero cielos, esa primera inhalación me quemó la garganta.
Aplicó la tintura sobre mis raíces hasta que mi color natural quedara apagado. Hasta que las mechas anaranjadas, rojas, cobrizas y caramelo desaparecieron. No se salvó ni un solo mechón y, cuando me miré en el espejo, vi el color castaño de siempre.
No me molestaba, de verdad que no. Margot decía que combinaba bien con mi cara, que hacía resaltar las pecas sobre mi nariz y las vetas doradas de mis ojos.
Pero, en gran medida, creía que era porque el rojo le recordaba mucho a mi madre.
Yo me parecía mucho a mi madre.
—Nunca en la vida conocí a alguien tan inclinada a buscar problemas —dijo Margot, lanzando el peine hacia un lado y empezando a trenzarme el cabello—. Podrían haberte comido los tiburones.
—No hay tiburones tan cerca de la orilla.
—¿Sí? Y supongo que tampoco hay anguilas medularias. ¿Ya has olvidado por qué están aquí los turanos?
—No —murmuré.
Los turanos habían venido a matar los monstruos que estaban destrozando las rutas comerciales del reino desde hacía un año.
Lo que había empezado como ataques aislados escaló y, para el verano, solo uno de cada tres barcos lograba llegar a su destino.
En cada ataque, las anguilas medularias no dejaban sobrevivientes.
Antes de ese último año, antes de que empezaran a atacar a nuestros barcos, se creía que solo vivían en las aguas profundas del Marixmore, lejos de donde navegaban nuestros barcos.
¿Por qué cambiaron de hábitat? ¿Los monstruos avanzaron hacia el continente en busca de comida?
¿Había un nuevo depredador que los empujaba hacia las costas de Roslo?
¿Los dioses habían creado monstruos más aterradores que los crux?
No solo perdíamos nuestros cargamentos, sino que los mejores marineros de Quentis se ahogaban o eran devorados por las medularias. Se estaba volviendo imposible, y muy caro, convencer a cualquiera de que navegara por el Krisenth.
Había que asegurar las rutas comerciales. Los granos que cosechábamos y vendíamos a Laine, Génesis, Ozarth y Turah debían ser entregados antes de que cualquiera de los reyes considerara esos cargamentos perdidos como un insulto, como un incumplimiento del tratado, como una proclama de guerra.
Nadie podía costear un conflicto de esas características, no cuando la migración de los crux estaba tan cerca.
Teníamos que abastecernos de recursos. Tener armas, alimento y provisiones listos para cuando llegaran los monstruos.
Solo los dioses sabían la destrucción que traerían.
No podíamos perder nuestros barcos con trigo, maíz y cebada, mucho menos cuando ya habíamos recibido armas y madera a cambio de esos granos.