Escrito en las estrellas equivocadas Capítulo quince
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Capítulo quince

Las últimas tres semanas antes de que Eli volviera, Margot aprendió algo sobre sí misma que llevaba tres años insinuando en su pódcast sin decirlo del todo:

El miedo no desaparece cuando construyes un buen sistema. El miedo se vuelve manejable. Coexistes con él. Aprendes a hacer las cosas de todas formas.

Lo aprendió porque el programa de televisión empezó a materializarse —contrato firmado, fechas acordadas, una reunión de producción en Madrid que fue a la vez aterradora y emocionante y en la que Margot llegó con una carpeta de preparación que hizo que la productora ejecutiva dijera: «nunca había visto esto» con el tono de alguien que nunca había visto algo así— y porque Eli seguía en Nepal y la casa de al lado seguía vacía y de todas formas la vida funcionaba.

El libro estaba en corrección de pruebas.

El pódcast seguía adelante. Bernardo había empezado un segundo kit de vino con la ayuda, al parecer, de un tutorial de YouTube.

Elena había defendido por fin su tesis y había venido a celebrarlo con una botella de cava que habían bebido en el porche de Margot un martes por la tarde.

—¿Cuándo vuelve Eli? —preguntó Elena.

—Dos semanas.

—¿Le has echado de menos?

Margot consideró la pregunta con la honestidad que le aplicaba a las preguntas que merecían honestidad.

—Sí —dijo—. Pero de una manera que no ha roto nada. De la manera en que echas de menos algo que sabes que va a volver.

Elena la miró con la expresión de alguien que lleva dos años viendo cómo se desarrolla algo desde la casa de enfrente.

—Me alegro —dijo simplemente.

Margot bebió su cava.

—Yo también —dijo.

* * *

La última semana antes de su regreso, Margot hizo algo que no había hecho desde el día uno: sacó de la basura, metafóricamente, la nota del móvil titulada PATRONES (POSIBLES) que había recuperado una vez de los eliminados recientemente y luego había vuelto a enterrar.

La abrió.

Leyó las tres cosas que había escrito en la semana cuatro: la cafetería, el episodio del pódcast, la hoja en su pelo a la luz de la tarde.

Añadió, debajo, en letra pequeña: Y tenía razón. El universo tenía un plan pésimo y lo ejecutó perfectamente.

Guardó la nota.

Esta vez no la borró.