Capítulo catorce
Los tres meses se pueden resumir, en términos de lo que importa, en lo siguiente:
La primera semana fue la más difícil, de la manera predecible en que es difícil el principio de algo que todavía no tiene ritmo.
Margot trabajó mucho. El libro avanzó. El porche de las mañanas era diferente —ella seguía saliendo a las siete, seguía tomando su café, pero había una asimetría en ello que tardó varios días en dejar de notar y varios más en dejar de echar de menos.
La segunda semana, Eli envió fotografías.
No de los lugares, todavía —esas vendrían después—, sino pequeñas: el interior de un avión con la luz del amanecer entrando por la ventanilla.
Una tetería en Colombo con el vapor elevándose de manera perfecta.
Una calle en Kandy con ropa tendida entre edificios, el tipo de fotografía interior que reconoció de inmediato.
Le escribió: Estas son diferentes de las solitarias.
Él le escribió: Lo sé. He cambiado de ángulo.
La cuarta semana trajo la primera llamada larga: medianoche en la calle Glicinia, primera hora de la mañana en Nepal, y Eli le describió la escala de las montañas —no la belleza de postal sino la escala real, la que te hace sentir que eres del tamaño correcto en un mundo que no fue construido a escala humana— y ella le leyó en voz alta tres páginas del capítulo que acababa de terminar, el sobre los sistemas y el amor, que todavía no había enseñado a nadie.
Él estuvo en silencio cuando terminó.
—¿Qué? —dijo ella.
—Estás escribiendo sobre nosotros.
—Estoy escribiendo sobre el principio general—
—Margot.
—Sí —dijo—. Supongo que sí.
—Es muy bueno.
—¿La idea o el capítulo?
—Las dos cosas —dijo él—. Pero sobre todo la idea. Que los sistemas no son el opuesto del amor. Que son lo que construyes para que el amor tenga dónde vivir.
—Eso no es exactamente lo que dice el capítulo.
—Es lo que yo he entendido.
—Puede que seas un mejor lector que yo de mis propios textos.
—Puede —dijo, y ella pudo oír la sonrisa—. O puede que tengas un punto ciego sobre la parte más bonita de lo que haces.
La semana séptima Margot entregó el manuscrito.
Diana llamó a la mañana siguiente y dijo: —Esto es lo mejor que has escrito. El capítulo nueve me ha hecho llorar en el metro.
—¿El capítulo nueve? —El del amor. El que había escrito la noche antes del vuelo de Eli.
—El del amor —dijo Diana—. Obviamente.
* * *
La décima semana trajo algo que Margot no había anticipado en ninguna carpeta.
Una productora de televisión llamó. No la primera vez que la llamaban —habían llamado antes, sobre distintos proyectos, y siempre había declinado porque el formato no encajaba o el momento no era el adecuado o simplemente porque tenía miedo de la cámara de una manera que nunca había admitido del todo—. Esta vez fue diferente.
El proyecto era un programa de televisión.
Seis episodios. Margot visitando a personas en distintas ciudades que habían transformado sus espacios y sus vidas de maneras extraordinarias: el hombre de setenta años que había convertido su ático de noventa metros en un modelo de claridad funcional, la mujer que había reorganizado toda su vida doméstica después de un diagnóstico médico que lo había cambiado todo, la familia que había reconstruido su casa y en el proceso se había reconstruido a sí misma.
Era exactamente el tipo de historia que el pódcast llevaba tres años contando, pero en imagen. Con presencia. Con la oportunidad de mostrar, en lugar de solo decir.
El problema era la logística: seis ciudades en seis meses. Madrid, Sevilla, Bilbao, Valencia, Barcelona, una ciudad por mes, dos semanas de rodaje en cada una. Significaba estar fuera de casa la mitad del año.
Significaba, básicamente, ser la persona nómada que le había dado pánico en el vecino.
La ironía llegó con la fuerza de un camión de mudanzas.
Llamó a Eli esa noche —era de madrugada en Nepal, pero sabía que él era madrugador y que respondería.
—Hay una oferta —dijo, y se la contó.
Él la escuchó. Luego guardó silencio durante lo que ella estaba aprendiendo a reconocer como silencio de pensamiento real.
—¿La quieres? —preguntó por fin.
—Creo que sí. Creo que me aterroriza y creo que si no la acepto me arrepentiré.
—¿Y el miedo?
—El miedo es de la cámara. Del «y si no soy tan buena en imagen como en audio». Del «y si me alejo demasiado de lo que funciona».
—¿Y de mí?
—¿Qué?
—¿Hay miedo que tenga que ver conmigo?
Vaciló. —No sé qué significa para nosotros que los dos estemos en movimiento al mismo tiempo.
—¿Quieres que te diga lo que significa?
—Sí.
—Significa que somos dos personas que tienen vidas que importan y que han decidido que las otras también importan.
—Hizo una pausa—. Margot, hay gente que se mueve para encontrarse a sí misma.
Y hay gente que se mueve porque ya sabe dónde está su casa.
Creo que tú eres del segundo tipo. Solo que todavía no lo sabes.
Se quedó en silencio con el teléfono.
—¿Eso qué significa exactamente?
—Significa que da lo mismo dónde estés rodando. Sigues siendo tú. La calle Glicinia sigue estando aquí. Yo sigo volviendo. —Otra pausa—. Acepta el programa, Margot.
—¿Y si me gusta tanto como a ti te gusta moverte?
—Entonces —dijo— habremos construido algo lo suficientemente grande para dos personas en movimiento. Y eso no me parece un problema. Me parece una vida.
Escuchó su propia respiración. La noche fuera de su ventana, la calle Glicinia quieta y oscura y exactamente del tamaño que siempre había sido.
—De acuerdo —dijo.
—¿De acuerdo?
—Acepto el programa.
—Bien. —Y podía oírle sonreír—. ¿Ves? Estás actualizando el sistema.
—Eso es mío. Esa expresión es mía.
—La hemos construido juntos —dijo—. Eso también es mío.