Capítulo once
La semana seis —seis desde la conversación sobre las fotografías, once desde la mudanza— Margot Bellamy descubrió que existía una diferencia significativa entre saber que algo es complicado y vivir dentro de esa complicación.
Era buena con las palabras. Era buena identificando las cosas, nombrándolas, archivándolas en la categoría correcta. Había construido una carrera entera sobre la idea de que nombrar las cosas les daba forma manejable.
El problema era que esto —lo que fuera que era esto— resistía la categorización de una manera que le resultaba a la vez admirable y profundamente inconveniente.
—¿Cómo llamáis a lo que tenéis? —le preguntó Priya por teléfono un martes por la tarde.
—Somos... —Margot se detuvo. Abrió otra ventana en el ordenador, como si la respuesta pudiera estar ahí—. Somos algo.
—¿Algo?
—Algo que todavía está definiéndose.
—¿Lo habéis hablado?
—Hemos hablado de muchas cosas.
—¿Incluyendo qué sois?
Pausa. —Las palabras son complicadas.
—Margot. Eres literalmente una persona que vive de las palabras.
—Exactamente. Sé lo que hacen las palabras. Sé que en el momento en que dices «esto es una relación» la cosa cambia porque ahora tiene forma y expectativas y—
—Y podrías perderla.
Silencio.
—Sí —dijo Margot, en voz muy baja.
—Eso ya lo sabes. Que podrías perderla. Que tiene esa vulnerabilidad incorporada. Ponerle nombre no la hace más vulnerable, Margot. Solo hace que sea más honesto.
Lo pensó el resto del día. Lo pensó mientras grababa el episodio del pódcast sobre transiciones vitales, lo cual era un nivel de ironía que no se le escapó.
Lo pensó mientras hacía la cena —una tortilla francesa, su cena de los días en que el cerebro estaba demasiado ocupado para pensar en cocinar de verdad—, y cuando llamaron a su puerta a las ocho y media era Eli, con un tupper, diciendo:
—He hecho demasiada pasta. ¿Tienes hambre?
Le miró. Él le devolvió la mirada, fácil y presente, con el tupper de pasta entre los dos y la noche cálida detrás de él y nada en su expresión que exigiera nada.
—Estoy haciendo una tortilla —dijo ella.
—La pasta y la tortilla funcionan juntas.
—Eso es muy discutible desde un punto de vista culinario.
—Tengo hambre y tú tienes hambre y somos vecinos. —Hizo una pausa deliberada, y ella vio la pequeña chispa en sus ojos—. O algo más que vecinos, si quieres usar esa palabra.
Le miró durante un momento.
—Entra —dijo—. Pero la pasta va en un plato aparte.
—Completamente de acuerdo.
Entraron. La cena fue pasta y tortilla, en platos separados, y la conversación fue de ese tipo largo y fácil que se desarrolla cuando dos personas han aprendido los ritmos del otro, y a las once Eli se fue a su casa y Margot se quedó en su cocina con los platos en el escurreplatos y pensó: esto es lo que querías decir.
Esto es lo que el libro estaba intentando decir todo el tiempo.
Abrió el ordenador. Escribió «juntos» en el documento del manuscrito, como título provisional para el capítulo que todavía no había empezado.
Luego lo borró y escribió: «El cajón que estaba vacío».
Mucho mejor.
* * *
A la mañana siguiente, en el porche, Eli dijo:
—¿Tenemos una palabra?
Ella bebió su café. —¿Una palabra para qué?
La miró con paciencia.
—¿Juntos? —dijo ella.
—Juntos —repitió él. Lo probó como si lo estuviera fotografiando desde distintos ángulos para ver cuál funcionaba—. Eso vale.
—¿Solo eso? ¿«Eso vale»?
—¿Querías algo más dramático?
—No quería nada dramático. Quería—
—Me gusta —dijo—. «Juntos» me gusta mucho. Solo estaba asimilándolo. —La miró con tranquilidad—. Hola, Margot. Estamos juntos.
El calor que eso le provocó no lo archivó en ninguna carpeta. Simplemente lo dejó estar ahí, que era exactamente lo que el capítulo que acababa de empezar decía que había que hacer.
—Hola, Eli —dijo—. Estamos juntos.
La mañana continuó como siempre. El café. La calle. Los gemelos Okafor visibles en la distancia. Bernardo asomando la cabeza por su puerta con la energía de un hombre que tenía opiniones sobre el día que pretendía compartir.
Todo igual, y completamente diferente, y exactamente del tamaño que tenía que ser.