Capítulo cinco
Cuatro semanas después, se había desarrollado un ritual.
No era, estrictamente hablando, intencionado. Era producto de la geografía (casas adyacentes), el hábito (ambos eran, resultó, personas de la mañana) y el hecho bastante inconveniente de que a los dos les gustaba el café y los dos tenían el tipo de porches que reciben una luz matutina excelente.
Todo comenzó cuando Margot, saliendo a las siete y cinco con su primer café, encontró a Eli ya en su porche con lo que resultó ser una cámara muy seria, apuntada a la calidad particular de la luz temprana en la calle.
Había hecho una pausa. Él había bajado la cámara. Los dos habían dicho «buenos días» aproximadamente al mismo tiempo.
Había habido un momento de la clase de silencio que es perfectamente cómodo y ligeramente alarmante en su comodidad.
Luego ella se había sentado en su porche y él en el suyo, y los dos habían tomado sus cafés, y habían hablado —de nada, realmente, el cambio cotidiano de la vida del barrio, los gemelos Okafor que acababan de empezar el colegio, el misterio de si el nuevo proyecto de jardinería de Bernardo era hermoso o agresivamente excéntrico (el jurado seguía deliberando)— hasta las ocho, cuando Margot entró para su jornada laboral y Eli para lo que sea que hacen los fotógrafos antes de las nueve.
Había vuelto a suceder a la mañana siguiente. Y a la siguiente.
Al final de la cuarta semana, era simplemente lo que ocurría por las mañanas en la calle Glicinia.
—Sois amigos —observó Priya.
—Somos vecinos —dijo Margot.
—Esas cosas no se excluyen mutuamente.
—Somos vecinos que se llevan bien. Es diferente.
—¿Cuál es la diferencia?
Margot lo pensó. La diferencia era que los amigos era algo que decidías, algo que construías deliberadamente con el tiempo, con intereses compartidos e inversión mutua y la acumulación gradual de confianza.
Vecinos era algo que te asignaban. No tenía nada que ver con la compatibilidad o la elección.
El problema —y era muy consciente de que era un problema— era que las mañanas en sus porches empezaban a sentirse menos como una asignación y más como algo que ella había elegido.
—La diferencia —dijo— es que vecinos es una categoría con parámetros claros.
—Eres imposible —dijo Priya, con mucho cariño.
* * *
El casi ocurrió un viernes por la tarde en lo que Margot catalogaría más tarde, en la privacidad de su propia mente, como la Semana Cinco.
Estaba en el porche con una copa de vino, trabajando en notas para un próximo episodio, cuando empezó a llover —no dramáticamente, no una tormenta, solo la lluvia tranquila de principios de verano que huele a tierra y posibilidad y que hace que el mundo entero se suavice.
No entró. Le gustaba la lluvia. Tenía unos aleros de porche excelentes.
Unos minutos después, Eli apareció en su porche.
Tenía una cerveza. Se apoyó en la barandilla e inclinó ligeramente el rostro hacia arriba, como alguien dando un respiro que llevaba mucho rato necesitando.
—Hola —dijo ella.
—Hola. —La miró. Tomó nota del vino, del cuaderno, del hecho de que estuviera sentada voluntariamente bajo la lluvia—. ¿Trabajando?
—Intentándolo. Mi cerebro necesitaba un cambio de escenario.
—¿Funciona? ¿El cambio de escenario?
—A veces. —Lo miró—. ¿Alguna vez te pasa lo de que sabes lo que quieres decir pero la forma de decirlo se te escapa continuamente?
Él lo consideró. —Sí. No con palabras, pero lo conozco con las fotografías. Ves la toma en tu cabeza y luego algo de la luz real o el ángulo es solo ligeramente erróneo, y no puedes determinar si la imagen está mal o si tu idea de lo que buscabas estaba equivocada desde el principio.
Margot estuvo en silencio un momento.
—Eso es exactamente —dijo—. Exactamente eso.
Él la miró, y ella le miró a él, y la lluvia caía de esa manera tranquila y específica en que a veces cae la lluvia, y tuvo la certeza súbita y vertiginosa de que podría, si quisiera, decir algo verdadero.
Podría decir: pienso en este porche por las mañanas cuando intento empezar a trabajar. Podría decir: esta semana he escrito doce páginas y creo que es porque algo ha cambiado. Podría decir: me doy cuenta cuando tu camión no está y me sorprendo a mí misma esperando que vuelvas.
Lo que dijo fue: —¿Quieres las notas de la última reunión de vecinos? Había algunos puntos de acción en los que puede que tengas que hacer un seguimiento.
Él la miró durante un instante que fue solo ligeramente demasiado largo.
—Claro —dijo—. Sí. Estupendo.
Ella fue dentro a buscar la carpeta.
Él cruzó al porche para recogerla —las casas estaban lo suficientemente cerca como para que fuera más fácil que gritar— y durante un momento ambos estuvieron en el lado de ella del porche, bajo sus aleros, con las actas de la reunión entre ellos y la lluvia por todos los demás lados.
—Gracias —dijo él.
—Por supuesto —dijo ella.
Él volvió a su porche. Ella se sentó con su vino. Estuvieron en silencio un rato, de la manera en que puedes estar en silencio con alguien cuando el silencio no está vacío.
Se dijo a sí misma que todo iba bien.
Se dijo que tenía el control absoluto de la situación.
Se dijo que el calor específico en su pecho era solo el vino.
El vino era manzanilla, porque ya había consumido su ración semanal de vino el miércoles.
Estaba, en otras palabras, absolutamente sin ningún problema.