Escocés hasta en el amor Capítulo 34 — Ítem 12 El paraguas
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Capítulo 34 — Ítem 12 El paraguas

Crucé Europa en catorce horas con tres retrasos, dos rerrutados, un abrigo de lana que a esas alturas era un castigo bíblico y un ferry que cabeceó el loch entero bajo un aguacero de los que Hamish llama «de colección».

Dougie me esperaba en el embarcadero con los antiniebla puestos y el motor en marcha, y no dijo «hola»: dijo «sube, que llegas», que es la frase más bonita que me ha dicho un mecánico en la vida.

Entramos en Strathdreich a las nueve y veinticinco de la noche.

La plaza era una constelación empapada: farolillos aguantando el tipo, las carpas brillando, el pueblo entero fuera, bajo el agua, celebrando el agua, y el pluviómetro de Hamish en su peana como un trofeo al que por fin le ha llegado su año.

Dougie paró en la bocacalle porque el resto, dijo, «se hace andando, que para eso has venido de tan lejos».

Bajé con el paraguas nuevo bajo el brazo, sin estrenar, con su funda y su etiqueta, porque hay cosas que no se estrenan por el camino. Y el granate en la mano derecha, desenvuelto, cerrado, con sus cuarenta y ocho remiendos y su libreta en el bolsillo interior del abrigo maldito.

La vi enseguida. Se ve enseguida lo que uno lleva viendo con los ojos cerrados una semana: junto al alero del pub, con el chubasquero amarillo que no ha parado un chubasco en su vida, la carpeta impermeable abrazada, el pelo pegado a la cara por el lado que la capucha nunca defiende. Mirando la bocacalle. Mirándome.

El pueblo hizo su maniobra maestra: se apartó sin apartarse. Se abrió un pasillo en la plaza sin que nadie diera un paso, no me pregunten cómo, es tecnología local.

Caminé hasta ella bajo el aguacero. Me paré a un metro, que era la distancia procesal de los primeros días, y abrí el paraguas granate sobre los dos, con el gesto de hace treinta y nueve días y sesenta años.

—Veinte peniques por minuto —dije—. Tarifa de 1987. Congelada.

Ella levantó la cara. Tenía los ojos de haber llorado organizadamente durante horas, en tramos, como lo hace todo.

—¿Y no hay nada mejor? —preguntó, con la voz rota por el sitio bueno.

—Para ti hay suscripción vitalicia.

Y le tendí el paraguas. El mango, hacia ella, con el brazo entero.

—Ítem doce. El nuevo es para mí. —Levanté un poco el paquete del brazo, con su etiqueta absurda—.

Este es tuyo. Lo supe desde la primera lluvia, cuando cruzaste esa plaza con cincuenta euros de autoengaño amarillo y me saliste más cara que todo el testamento junto.

Va con su libreta de reparaciones, cuarenta y ocho asientos, porque en mi familia no se regalan objetos: se regala el mantenimiento.

El último remiendo es de anteayer. Hilo rojo de la mercería Egea.

Cerré con él lo que abrí para encontrar la carta, y de la carta te hablaré luego, que tiene una posdata que pienso cumplir ahora mismo.

Ella soltó la carpeta contra el pecho con un solo brazo, levantó la mano libre y agarró el mango bajo el aguacero.

Su mano debajo de la mía, las dos en el mástil viejo, el granate encima aguantando el cielo entero, y durante un segundo la plaza, el pueblo, los farolillos y la lluvia se colocaron alrededor de ese eje como si llevaran sesenta años esperando la pieza.

—Rocío. —Ya está, ya no había vuelta, mejor—.

Rompiste tu regla por mí y te dejé sola con la factura.

Ese es el asiento exacto de mi vergüenza y lo digo aquí, delante de testigos, que es donde se pagan las deudas en este pueblo.

Y ahora la mía, a precio completo, con desglose: rompo mi regla.

La de los once años. La de si no gastas no debes y si no debes no dependes.

La rompo en público y sin descuento: te quiero.

Te quiero desde el día seis a las doce y cuarenta, te lo debo desde entonces con intereses, y no pienso amortizarlo nunca: pienso deberlo todos los días, que me ha explicado una señora de ochenta y ocho años que las deudas que uno conserva son las conversaciones que no quiere terminar.

—Tomé aire; el aire estaba mojado, todo estaba mojado, bendito sea—.

Mi abuelo dejó un ítem sin número, en una posdata: dile a alguien cuánto lo quieres mientras pueda oírte.

Es el único sin acta. Lo estoy ejecutando. ¿Me oyes?

—Te oigo —dijo ella, y se le fue la voz y le dio igual—. Doy fe de que te oigo.

Y me tiró del cuello del abrigo maldito con la mano libre, y me besó, o nos besamos, la autoría vuelve a quedar sin determinar y que así conste para siempre, debajo del paraguas de Fergus y Amparo, delante de Strathdreich en pleno, con la lluvia aplaudiendo en la tela como aplaude la lluvia, que es sin parar.

El pueblo, en cambio, sí paró de disimular.

Fue un estruendo. Hamish declaró a voz en grito precipitación histórica «en todos los registros disponibles», Morag anunció el cierre del mercado del ítem doce con júbilo de banquera en día de dividendo, alguien silbó el silbido del duelo —Dougie, luego lo negará— y Agnes, desde su silla de honor, levantó el bastón que no necesita en un gesto que en su idioma equivale a un discurso de tres horas.

Luego vino lo demás, por orden, porque hasta las mejores noches de mi vida las llevo por partidas.

Saqué del bolsillo una moneda de veinte peniques y se la puse en la palma: «El primer minuto de la suscripción lo pago yo.

» Y al pagarlo, la ceja hizo lo suyo, entera, delante de todos, y por primera vez en treinta y nueve años llegamos a la vez: sonreí con el tic dentro, los dos apuntes en el mismo asiento, y ella lo vio, y supe que lo vio, porque me puso el pulgar en la ceja un segundo, como se toca una máquina que por fin funciona con su defecto incluido.

Le di el dedal. Se lo puse en la mano cerrándole los dedos encima, como me lo dieron a mí: «De Amparo Egea. Dice que des fe de que existió.» Ella lo miró en su palma mucho rato, latón gastado de oro bajo los farolillos, y dijo que eso iba directo al acta, y al expediente, y a donde hiciera falta.

Hamish se abrió paso con su cartera de reparto, que había traído al festival por si acaso, porque Hamish es así: «Correspondencia de ultramar para el heredero.

En mano o nada.» Era la postal. Alberta, un lago de foto, tres líneas por detrás con la letra encogida de mi padre.

Leí las dos primeras allí mismo, bajo el paraguas: «Recibí tu carta.

Corto es lo nuestro, tienes razón.» La tercera línea la guardé para otro día, con postal y todo, en el bolsillo del abrigo.

Hay créditos que se amortizan por tramos, y esa noche ya tenía la caja ocupada.

Malcolm se acercó al final, empapado, con el equipo apagado y la cara nueva de los que han contado sus números.

Me tendió la mano. Se la estreché. Ninguno de los dos dijo nada del pasado, y los dos, lo sé como sé medir madera, apuntamos mentalmente que el último café del asunto lo había pagado yo.

Hay pieles que no se cambian; se remiendan.

Y entonces ella se separó medio paso, sin soltar el paraguas, se colocó la carpeta bajo el brazo con un gesto que le conozco de los momentos solemnes, y pidió silencio. Lo pidió con la mano, como en el ceilidh, y lo obtuvo al segundo, porque este pueblo sabe cuándo va a pasar historia menuda.

—Queda por certificar el ítem duodécimo —dijo, con la voz de juzgado ya entera—, y esta letrada tiene un problema: es la destinataria del paraguas.

Parte interesada. No puede dar fe de lo que recibe.

—Miró alrededor, la plaza mojada, las caras—.

Así que hago lo único que cabe en derecho y en todo lo demás: dimito como fedataria, aquí, en directo, con efectos inmediatos…

y firmo como parte. Y la fe, que no se pierda: la fe la pone el pueblo. Morag, el libro.

Morag ya venía con el libro abierto y dos bolígrafos, por si uno moría en acto de servicio.

Lo que pasó después está escrito en otra parte, con mejor letra que la mía.

Yo solo añado el cierre de mi contabilidad, para quien audite: a las once y cuarenta de la noche del día cuarenta, el plazo del testamento de Fergus MacRae se cumplió con los doce ítems ejecutados, y a mí me daba exactamente igual.

Dos millones cuatrocientas mil libras, la carpintería, el Regal, las tierras: calderilla, todo, comparado con una mano debajo de la mía en un mango remendado.

Mi abuelo, que medía por oficio, lo supo antes que nadie y tardó sesenta años en decirlo.

Nosotros hemos tardado cuarenta días. En esta familia, a eso se le llama ir sobrados.