Epílogo — Un año después
El festival de este año lo abrió Hamish con un dato: trescientos once días de precipitación registrada en los últimos trescientos sesenta y cinco, «récord comarcal validado y remitido a las autoridades competentes», y una mirada larga a la delegación de Kirkbraw que valía por un tratado de paz mal firmado.
Yo lo vi desde la puerta de mi despacho, que está en la calle principal, entre Fraser y la carpintería, a once pasos de la una y catorce de la otra, medidos por un profesional.
El cartel lo hizo él, en roble, con letra a escuadra: «SALMERÓN — ABOGADA.
Testamentos imposibles, especialidad de la casa.
» Tengo más trabajo del que cabría esperar: por lo visto, en cien millas a la redonda hay una cantidad asombrosa de gente mayor con ganas de complicarles la herencia a los suyos con conocimiento de causa, y todos han oído hablar del caso MacRae, y todos quieren «una lista como la del viejo, pero adaptada».
Cobro en libras y, con más frecuencia de la que admite mi contable, en táperes.
Del año, las cuentas breves. El Regal da función el primer sábado de cada mes; Senga cobra las entradas a una libra y hace la vista gorda con un criterio jurisprudencial que me tiene profesionalmente escandalizada y personalmente encantada.
El condensador de repuesto está comprado por duplicado —«por si acaso», dijo él, y Agnes, al oírlo, se emocionó como otras abuelas se emocionan con los nietos—.
Los jueves siguen siendo de Agnes, ahora con tres platos fijos y raciones de regimiento sin corregir.
Dougie le ganó a los dardos en febrero, limpiamente, por un doble dieciséis que se ha hecho reproducir en una camiseta.
Malcolm rebautizó la temporada de su pódcast como «Cómo no ahorré», triplicó oyentes contando sus ruinas con recibos en la mano, y cuando viene por el pueblo, él y Callum se dan la mano y apuntan mentalmente quién pagó el último café; van empatados y lo saben los dos con decimales.
La postal de enero llegó el día nueve, puntual, con tres líneas; la tercera ya se lee.
Y Amparo escribe. Con sello. A todos nos saca ventaja.
Del dinero no hay mucho que contar, que es exactamente lo que él quería que hubiera que contar: un fondo discreto sostiene el Regal, el salón parroquial tiene calefacción nueva que el reverendo atribuye a la Providencia con conocimiento de causa, y el heredero de dos millones cuatrocientas mil libras sigue sin haberse comprado nada que haga ruido.
Morag mantiene abierta una cuota sobre «fecha de boda» que nadie ha querido cerrarle, ella la actualiza cada trimestre con criterios actuariales propios, y nosotros dejamos correr el mercado, que la banca también tiene que vivir.
Y el llavero. En mi llavero, entre la llave del despacho y la de casa, hay un botón de cuerno de dos centímetros, montado en una anilla con un trabajo fino de taladro que solo pudo hacerse en cierto banco de carpintero.
Apareció ahí en algún momento del invierno.
Yo no he preguntado. Él no ha confesado.
En la vida de cada pareja debe haber al menos un expediente sin instruir, y el nuestro es un botón que sobrevivió a un jersey del que se dijo públicamente que no era una reliquia.
Doy fe de que no era una reliquia. Las reliquias se guardan en vitrinas; esto viene conmigo a todas partes.
En agosto fuimos a Almería, como iremos siempre: es cláusula verbal de la suscripción.
Mi madre lo ceba, mi padre y él se van a andar entre invernaderos y vuelven a las tres horas habiendo cruzado, según testigos, once frases y dos presupuestos.
Merendamos con Amparo los martes, que nos recibe en el patio con el botijo y las espinas en su sitio, y va por la carta de 1981, leyendo por orden y despacio, sin hacerle a nadie el favor de llorárselo todo en una tarde.
Y el jueves pasado, a media tarde, el cielo de mi ciudad se puso del color de las cosas serias, y cayó una de las veintiséis.
Una tormenta de agosto de las de verdad, de las que huelen a tierra empeñada en resucitar, con la gente corriendo bajo los toldos y los turistas fotografiando el milagro.
Nosotros estábamos en la calle de las Tiendas, saliendo de la mercería.
Él abrió el paraguas granate —viaja siempre en su funda, facturado como un instrumento, con la libreta en el bolsillo interior— y lo sostuvo sobre los dos, y yo agarré el mango debajo de su mano, en el sitio exacto donde el mástil ya tiene la marca de nosotros, y nos quedamos quietos mirando llover sobre Almería, que es ver llover sobre lo sediento y no se parece a nada.
—Veinte peniques por minuto —dijo, por encima del estruendo, como quien reza lo suyo.
—Suscripción vitalicia —le recordé—. Consta en acta.
En Almería llueve veintiséis días al año. Este me lo pienso gastar entero.