Capítulo 33 — Día cuarenta, mañana
El bus de la mañana me dejó en la marquesina de las tres goteras a las nueve y veinte, y por primera vez en la historia de este expediente, no llovía.
No llovía. El Día del Festival de la Lluvia había amanecido con un claro insolente sobre el valle, y el pueblo estaba en la plaza montando carpas y farolillos con un ojo en el trabajo y otro en el cielo, y Hamish, subido a una escalera con su pluviómetro ceremonial de latón bruñido, escrutaba el horizonte con la cara de un novio al que se le retrasa la novia delante de todo el banquete.
—Frente confirmado al oeste —repetía, a quien pasara—. Confirmado. Entra a mediodía. A la una como muy tarde. Es matemático.
—Como se os seque el festival —dijo desde su coche oficial el alcalde Fairweather, que había llegado temprano con su delegación y su pancarta, oliéndose la sangre—, en Kirkbraw tenemos un Día del Sol precioso esta tarde. Quedáis todos invitados. Hay horchata.
A mí el pueblo me recibió como recibe este pueblo: sin aspavientos y con todo.
Eilidh salió de detrás de la barra, cosa que no hace ni en los incendios, y me dio un abrazo corto y fortísimo que olía a levadura y a perdón mutuo.
Morag levantó la vista de la libreta: «La banca te daba por volver a uno con ocho.
He ganado yo, para variar.» Isla, que ha vuelto para el festival con el violín, me tradujo el ambiente general: «Lo que dicen todos es que ya era hora.
» Y Agnes, sentada en la silla de honor junto a la carpa de los sándwiches, me señaló con el bastón que no necesita y solo usa para señalar:
—El jueves pusiste falta, niña. Se recupera.
Dentro del pub estaba lo que necesitaba ver y me deshizo un poco, por este orden: el tique de la segunda ronda, trescientas cincuenta y ocho con noventa, veintiséis líneas, clavado en el corcho a la vista de todos, como él dijo que se pagaba lo que se debía.
Y el libro de Morag abierto por la página de la fe civil, con dieciséis firmas debajo de una entrada escrita en letra de otra época, incluida la de Tam, que firmó dormido y le salió mejor que despierto.
Lo oí todo aquella noche a través de mi suelo, línea a línea.
Verlo escrito fue distinto: lo oído se discute; lo escrito se queda a vivir.
—Se fue el jueves —me dijo Eilidh, secando un vaso seco—.
A tu tierra. Con el paraguas envuelto en papel de embalar, hecho un fusil, y el abrigo de lana puesto, el bruto.
—Dejó el vaso—. Y antes de irse le pagó a esta la matrícula de Glasgow entera, sin decir nada; me llegó el justificante al correo del pub porque el muy zoquete puso mal el suyo.
Isla no lo sabe todavía del todo. Díselo tú, que tú sabes decir las cosas por escrito.
Me senté en mi mesa del rincón porque las piernas facturan aparte.
Almería. Había estado en Almería, con el paraguas, mientras yo enterraba mi plan en el altillo de mis padres a veinte minutos de su hostal.
Nos habíamos cruzado sobre Francia, cada uno en su asiento pagado.
Tres generaciones de desencuentros en su familia, diecisiete años de planes en la mía, y el resultado: dos aviones.
Y entonces empezaron los mensajes.
Llegaban al móvil de Eilidh, que los leía en voz alta a la clientela como partes de guerra, porque el remitente, fiel a sí mismo, no gastaba una palabra de más:
10:12 — Madrid. Vuelo retrasado. 90 min.
11:40 — Pierdo conexión Edimburgo. Rerutado Glasgow 13:05.
13:15 — Embarcando. El abrigo pesa.
15:50 — Glasgow. Tren no llega a bus. Bus no llega a nada. Alternativa: bus a Kylebrae y ferry de las 20:15. El último.
16:02 — Morag: abre cuota.
Morag abrió cuota, naturalmente. «Llega antes del pluviómetro: dos a uno. Llega mojado: uno con uno. No llega: sin apuestas, que hay cosas con las que no se juega», y el pueblo entero puso peniques en la primera casilla con una fe que no le he visto ni al reverendo.
El frente de Hamish entró a la una y cuarto, con cuarenta y cinco minutos de retraso que le costaron a ese hombre años de vida, y cuando las primeras gotas gordas tamborilearon en las carpas, Strathdreich entero salió a mojarse a la plaza con un júbilo que en cualquier otro lugar del planeta habría requerido explicación.
Hamish abrazó su pluviómetro. Literalmente.
Nadie se lo comentó, porque comentar las emociones de Hamish en día de festival es de mal vecino.
El festival fue el festival: el pregón del reverendo Buchanan («Hay pueblos que le piden a Dios que escampe.
Nosotros hemos aprendido a rezar con el cubo puesto, y por eso se nos oye mejor: llegamos con hechos»), el concurso de paraguas decorados, que ganó el de la escuela con uno forrado de mapas del tiempo antiguos de Hamish, y la Carrera del Charco, con escándalo incluido: el charco oficial, menguado por la mañana seca, tuvo que ser regado con manguera antes de la primera manga, y Dougie exigió que constara en acta que «un charco asistido es un charco legítimo, que aquí el dopaje es de ellos», señalando a la delegación de Kirkbraw, que sonreía para su foto bajo la pancarta con la horchata sin estrenar.
Y Malcolm dio su último episodio, que fue el primero.
Había montado el equipo junto a la carpa grande para «la cobertura final del caso MacRae», y empezó con su voz de tráiler, y a los dos minutos Morag, que pasaba con el libro bajo el brazo, se paró delante del aro de luz y le dijo, sin micro y sin maldad, con la exactitud de una acreedora vieja:
—Los números no mienten, hijo. Los tuyos llevan meses pidiéndote a gritos que los cuentes.
Y Malcolm se quedó un segundo con la sonrisa puesta y vacía, y luego la apagó él mismo, como se apaga una luz que gasta, y miró a la cámara, y los contó.
Todos. Las tres tarjetas, el leasing al nueve y medio, el máster de trading, los patrocinios caídos, la celda «devolver a mamá».
Bajo la lluvia del festival, con el pueblo haciéndole el corro más piadoso del hemisferio, el hombre que enseñaba a ahorrar contó en directo cómo se había arruinado comprando la apariencia de saber, y le tembló la voz dos veces, y las dos siguió.
Isla, que le monitorizaba el directo desde el móvil por deformación técnica, empezó a dar cifras en voz baja: «Va por el doble de oyentes…
por el triple… Malcolm, no pares, que esto sí que es contenido. »
A las siete de la tarde arreciaba de lo lindo, el ferry de las 20:15 era la última casilla del tablero, y Dougie se fue al embarcadero de Kylebrae con la furgoneta y los faros antiniebla, en misión oficial del municipio.
Yo me quedé en la plaza, bajo el alero del pub, con el expediente en su carpeta impermeable y el corazón en modo avión, mirando la carretera del oeste por donde tenían que aparecer unos faros.
«ACTA N.º 15 — Día 40 del plazo.
En Strathdreich, sábado. Se abre a las 9:20 y se suspende a las 20:40 por avistamiento de faros en la carretera de Kylebrae.
Continuará.»