Escocés hasta en el amor Capítulo 32 — Ítem 11 Amparo
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Capítulo 32 — Ítem 11 Amparo

Amparo Egea me recibió a las diez y cuarto de la mañana en un patio interior con dos sillas de anea, una mesa camilla sin faldas por el verano, y un botijo que sudaba en la sombra.

Ochenta y ocho años, un moño blanco exacto, unas gafas colgadas de un cordón, y una manera de estar sentada que ya avisaba: erguida, las manos quietas, la barbilla en guardia.

Marina me dejó con ella y se quedó cerca, en el quicio, en calidad de escolta.

—Conque el nieto —dijo, mirándome entero, de las botas al pelo, sin prisa—. Grande te has criado. Él también era grande y le sirvió de poco: los grandes creéis que aguantar es lo mismo que vivir.

—Señora Egea…

—Amparo. Los señores Egea eran mi padre y mi marido, y están los dos criando malvas, cada uno en su fila. —Señaló la otra silla—. Siéntate, que dar el pésame de pie es de repartidores. Y di lo que traes, que llevas la cara llena de recado.

Lo dije por partidas, como llevo todo. Que Fergus murió en junio, con la cabeza entera y las cuentas hechas.

Que dejó un testamento con doce encargos y que el undécimo decía: ve a Almería, devuelve lo que robé, paga mi deuda, con intereses.

Y fui poniendo sobre la mesa camilla, una a una, las piezas: la fotografía, la lata, y el fajo de cartas atado con bramante, seis décadas de sobres con su nombre.

Amparo miró la fotografía primero. La cogió con las dos manos, se la acercó, se puso las gafas del cordón. La costurera joven riéndose bajo el toldo; el carpintero sujetando la puerta que no lleva a ninguna parte.

—La robó del corcho —dijo, sin sorpresa—.

El último día. Lo vi hacerlo. Fingí que no, para ahorrarle la vergüenza, y me pasé un mes esperando que me escribiera para confesármelo.

—Dejó la foto en la mesa, con cuidado y bocabajo, que es un gesto que todavía estoy descifrando—.

Salía mejor de perfil, para que lo sepas.

Siempre salió mejor de perfil. De frente le fallaba el valor y se le notaba hasta en las fotos.

—Las ochocientas noventa pesetas. —Abrí la lata. Los billetes de entonces, planchados, muertos de curso legal—. Él contaba novecientas, cuando lo contaba.

—Redondeaba hacia su culpa. Eran ochocientas noventa. —Miró la lata sin tocarla—. ¿Y eso qué es hoy?

—Cinco euros con treinta y cinco. —Puse las monedas junto a la lata, contadas—. Y los intereses. —Saqué el papel con el cálculo: sesenta años, interés compuesto, la cifra abajo subrayada una vez—. Los he calculado al tipo…

—Para. —Ni levantó la voz; no le hace falta, tiene la autoridad instalada de fábrica—.

Yo presté ochocientas noventa pesetas, no una historia de amor.

El principal me lo cobro, que a esa familia vuestra no se le puede perdonar una deuda: se os derrumba la fe, me lo dijo él una vez y es lo más verdadero que dijo nunca.

Los intereses no. Los intereses eran suyos: era él quien los iba sumando cada año que no escribía. Que se los lleve puestos.

Cogió las monedas, las contó con una uña —cinco treinta y cinco, exacto—, y le hizo un gesto a Marina, que trajo papel y bolígrafo sin que mediara palabra.

Amparo escribió con letra de otra caligrafía, la que enseñaban con castigos: «Recibí de D.

Callum MacRae 5,35 €, saldo de la deuda contraída por D.

Fergus MacRae en octubre de 1966. La deuda queda extinguida.

Los intereses, rechazados. Amparo Egea.» Y firmó, y me lo tendió.

—Para tu notaria. Que las mujeres exactas nos reconocemos por los papeles.

—¿Cómo sabe que hay una notaria?

—Porque llevas media hora sin nombrarla y se te nota el esfuerzo. Anda, cuéntame, que estoy vieja para rodeos y el botijo no dura toda la mañana.

Le conté. Todo, que con Amparo Egea se cuenta todo o no se cuenta nada, no hay tarifa intermedia.

La lluvia del primer día y los veinte peniques.

Las actas. El tachón, el directo, la colisión, los tres segundos que callé y el autobús de las 6:40.

Ella escuchaba con las manos en el regazo, implacable de atención, y al terminar yo, dictó sentencia:

—Tu abuelo era un cobarde encantador. —Lo dijo sin rencor, como se dicta un peso en una báscula buena—.

Encantador de verdad, no te creas, de los que te arreglan el mundo con las manos y luego no saben cruzarlo para decirte una frase.

Sesenta años de cartas y ni un sello. —Miró el fajo, y ahí, solo ahí, la barbilla le bajó la guardia un milímetro—.

Y tú vas camino, niño. Tres segundos callado en una carpintería. La misma madera.

—Por eso estoy aquí. Para pagar lo suyo y aprender a no deber lo mío. —Tomé aire—. Llevo el discurso ensayado desde Escocia. ¿Me deja probarlo con usted?

—Prueba. Pero de pie no, que pareces un armario en mudanza.

Lo dije sentado, mirándola a ella como si fuera la otra: «Rompiste tu regla por mí y te dejé sola con la factura.» Y lo que viene después, que aquí no escribo porque mañana pienso decirlo donde toca y las palabras, dichas dos veces por escrito, se gastan.

Amparo me escuchó entera, sin mover una pestaña, y al final asintió una vez, corta, de perito.

—Vale —dijo—. Pues corre más que tu abuelo.

Antes de irme pasaron tres cosas, y las asiento por orden.

Una: le pregunté por el mito, el día que llovió en el desierto, el diluvio famoso que paró un rodaje. Se rio por primera vez, una risa breve y seca como una tijera buena.

—Llovió veinte minutos, hijo. El resto lo puso él. Los hombres que no saben quedarse agrandan el tiempo que estuvieron.

Dos: se quedó el fajo. Lo puso en su regazo, las dos manos encima, y dijo que las iba a leer por orden y despacio: «A este no le pienso hacer el favor de llorármelo todo en una tarde.» Y a la lata también le encontró destino: «La lata se queda. El banco es del acreedor.»

Y tres: cuando ya estaba en el quicio, me llamó. Fue al aparador, abrió un cajón pequeño de los de arriba, y sacó una cosa mínima que cruzó el patio en su puño cerrado y me puso en la mano: un dedal de latón, gastado de oro por el uso, caliente de estar guardado sesenta años en una casa fresca.

—Guardé el dedal porque era mío y era bueno. No todo lo que se guarda es por pena, niño; hay cosas que se guardan por calidad. —Me cerró los dedos encima, con una fuerza que no correspondía a sus manos—. Dáselo a la notaria. Que dé fe de que existí.

En la mercería, de vuelta, le compré a Marina hilo rojo.

Todo el hilo rojo torzal que tenía, que era el importe aproximado de los intereses rechazados, y cuando Marina preguntó para qué necesitaba nadie tanto hilo rojo, le dije la verdad: para cuarenta y ocho remiendos más.

Se quedó con la respuesta y con el dinero, que es el mejor reparto posible.

Lo del invernadero fue por la tarde, y casi no llego a tiempo de que me cambiara la vida.

Fui a El Ejido en un coche de alquiler, preguntando por Paco Salmerón de invernadero en invernadero, porque hay frases que se pagan en persona y yo necesitaba saber dónde estaría ella el día cuarenta y uno, ya que el cuarenta era mío.

Encontré a su padre a la sombra del cabezal de riego, con una libreta como la mía.

Nos medimos los dos el medio segundo de rigor.

—Usted es el escocés —dijo. No era una pregunta; en esta familia no preguntan: cotejan.

—Y usted el hombre de las dos manos.

Algo le pasó por la cara, camino de la gorra.

Me tendió una de las dos, y el apretón fue un informe completo.

Y entonces, de la caseta, salió una mujer con un táper y una cara que era la de Rocío con treinta años más de audios, que me miró de arriba abajo, del pelo a las botas, y dijo, con las manos en las caderas y un tono entre el reproche y el parte meteorológico:

—Huy. Pues llega usted tarde y temprano, según se mire. Salió esta mañana para ese pueblo suyo del que no calla. En el avión de las diez y cuarenta. A estas horas ya estará pisando charcos.

Nos habíamos cruzado. Sobre Francia, probablemente, cada uno en su plaza pagada, mirando cada uno su ventanilla, a novecientos por hora en direcciones contrarias. En mi familia llevamos tres generaciones perfeccionando el desencuentro; esta era nuestra obra cumbre, con medios modernos.

—El vuelo de esta noche va lleno —dije, más para mi ruina que para ellos; lo había mirado en el coche—. Salgo mañana a las siete. El plazo acaba mañana a medianoche.

El padre de Rocío me miró un momento largo, allí, entre su tomate que ya no es suyo, y dijo la única frase que me llevé de El Ejido, y valía el viaje entero:

—Pues no pierda usted el ferry, que mi hija odia esperar y lleva esperando sin saberlo mucho tiempo.

Esa noche, en el hostal, con la persiana verde a media luz, hice el remiendo cuarenta y ocho.

Desenvolví el paraguas, lo abrí del revés sobre la cama, y cosí el forro que yo mismo había descosido con la navaja: la herida por donde salió la carta.

Hilo rojo torzal de la mercería Egea, puntada corta, junto al remiendo número uno, que después de sesenta años sigue siendo el mejor de todos, y ahora sé por qué.

Lo asenté en la libreta, en la página siguiente a la 47, con mi letra, que es la de mi abuelo con menos años: «48.

Forro. Hilo rojo de Egea. Cerrado lo que abrió la carta. »

Y compré el paraguas nuevo. En Almería, donde se compró el primero, que las simetrías, si se pueden pagar, se pagan.

Me costó encontrar una tienda con paraguas en agosto; el dependiente lo bajó de un altillo soplándole el polvo y me confesó, emocionado, que era el segundo que vendía en el año.

Le dije que era una tradición familiar y no pregunto más, dijo, y no preguntó más.

Quedaba un día. Un avión, un tren, un autobús y un ferry. Y una frase a precio completo, con desglose, esperando su vencimiento.