Capítulo 31 — Dimisión
El invernadero de mi padre huele a tomate caliente y a plástico al sol, y es un olor que a mí me abre expedientes antiguos con solo respirarlo.
Fui a verle el jueves a media mañana, al que fue suyo y ahora es de un fondo con nombre de constelación, y me lo encontré donde siempre, entre las líneas del tomate en rama, con su gorra y su libreta de encargado, apuntando kilos con la misma letra con la que un día firmó su ruina.
Llevo aquí desde el martes por la noche y todavía no le había contado entero lo de Escocia.
A mi madre sí, por entregas, en la cocina, que es su sala de vistas.
A mi padre las cosas se le cuentan andando.
Anduvimos el pasillo central, del cabezal a la balsa, y se lo conté.
El testamento, la lista, las actas. El tachón.
El directo. Lo que callé y por qué. Villalba, la plaza, la palabra «continuidad» dicha como se enseña un cuchillo.
Mi padre escuchaba mirando las plantas, parándose a quitar un brote ladrón aquí y allá, sin interrumpir, y al final, ya junto a la balsa, con el agua quieta espejando los nervios del techo, preguntó lo único:
—¿Y el hombre?
—El hombre entendió todo y por eso mismo se cerró. Dice que no quiere que nadie más se arruine por él. Ni una libra. Ni una regla.
Mi padre asintió despacio, rumiándolo con la mandíbula, que es donde él piensa.
—¿Te acuerdas de lo que me preguntaste a los quince años? —dijo—. Si me arrepentía de haber firmado.
—Me dijiste que de firmar no se arrepiente uno.
—Te dije mal, o me entendiste a medias, o las dos cosas, que teníamos la herida reciente.
—Se agachó, recogió un tomate caído, lo limpió contra el pantalón y lo sopesó como sopesa él el mundo—.
Me arrepiento de a quién. No de cómo. Firmar con las dos manos es lo único que sé hacer, hija.
El que firma con una sola es porque la otra la tiene en el bolsillo, guardándose algo, y con gente así no se hace ni tomate ni familia.
—Me puso el tomate en la mano, que en el idioma de mi padre es un punto y aparte—.
Tú has salido a mí en la letra y te has empeñado veinte años en salir al abogado del aire acondicionado en todo lo demás.
Ya era hora de que se te viera la firma.
Me comí el tomate allí mismo, caliente de sol, chorreando por la muñeca, llorando un poco, que con mi padre se llora en pequeño y rinde como el riego por goteo.
En casa, después de comer, subí al altillo.
Ahí está la caja de mi padre: una caja de cartón duro con las escrituras muertas, los planos del invernadero que fue suyo, el recorte del periódico de cuando ganaron el premio de la cooperativa en 2006.
La caja de lo que fue, la llama mi madre, y la limpia de polvo dos veces al año como se limpia una lápida querida.
La abrí, aparté los planos, y metí dentro, plano contra plano, mi plan a cinco años plastificado, con sus casillas y su casilla de este trimestre: «Expediente Escocia.
40 días. Volver. Plaza.» Cupo perfectamente.
Los planes laminados de esta familia, por fin todos juntos, en el mismo archivo definitivo.
La dimisión la escribí a las cinco de la tarde, en la mesa de la cocina, con mi madre fingiendo trastear a tres metros.
Fue más corta de lo que llevaba media vida temiendo: que dejaba el despacho con efectos inmediatos; que mi trabajo estaba en las actas y las actas hablaban solas; y que les deseaba suerte con el fideicomiso que ya no iban a administrar.
Villalba contestó a los once minutos, que para ser él fue casi cariño: «Aceptada.
Con efectos inmediatos. Devuelva el expediente. »
Le contesté con el último tecnicismo de mi carrera en Ordax del muerto, no.
El expediente se queda conmigo hasta el día cuarenta, que es pasado mañana, y después irá donde deba: al notario de Edimburgo y a la historia menuda de un pueblo que ustedes no sabrían encontrar en el mapa.
No contestó. Hay silencios que valen por una minuta.
Y entonces, con la cocina oliendo a café de puchero y mi madre ya sin fingir que no escuchaba, hice lo último, que en realidad fue lo primero, porque llevaba hecho por dentro desde la balsa del invernadero: abrí el buscador de vuelos.
Me descubrí mirando el de mañana viernes por la mañana, Almería, Madrid, Edimburgo, antes de saber que lo había decidido, que es como esta familia decide las cosas verdaderas: se entera una de sus propias decisiones por los gestos, como los demás.
—¿Vuelves? —dijo mi madre, sin volverse del fregadero.
—El plazo acaba el sábado. Es el festival.
El ítem doce necesita… —Me oí a mí misma y dejé el cargo a medias, porque mi madre merece más que jerga—.
Vuelvo, mamá. Con cargo o sin cargo. Hay un hombre que repitió una ronda entera él solo, a precio completo, con mi ventana encima, y yo apagué la luz para no gritarle a través del suelo.
Tengo cosas que decirle que no caben por un suelo.
Mi madre cerró el grifo, se secó las manos y me miró con esa cara suya de audio de cuatro minutos comprimido en un segundo.
—Pues no factures la maleta, que luego tardan una hora en sacarlas y tú ya vas tarde desde el lunes.
Reservé el vuelo de las 10:40. Una plaza. Esta vez el asiento de al lado que lo llene el azar, que últimamente trabaja mejor que yo.
«ACTA N.º 14 — Día 38 del plazo.
En Almería, jueves, siendo las 23:10, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que ha presentado su dimisión del despacho Ordax & Villalba con efectos inmediatos, conservando el encargo de fedataria testamentaria por ser designación personal del causante, criterio que sostendrá donde haga falta con la bibliografía que haga falta.
Segundo. Que restan pendientes los ítems undécimo y duodécimo, y dos días de plazo, y que esta letrada estará el sábado en Strathdreich en su condición de fedataria y en todas las demás condiciones que resulten pertinentes.
Tercero. Que su plan a cinco años ha sido archivado en la caja de lo que fue, junto a las escrituras de un invernadero, donde los planes plastificados de esta familia descansan por fin juntos.
(Anotación al margen, sin valor certificante: hoy un hombre que lo perdió todo por firmar con las dos manos me ha dicho que de lo único que se arrepiente es del destinatario.
Esta letrada ha revisado su propio expediente a la luz de esa doctrina y hace constar que el destinatario, esta vez, está bien elegido.
La forma de pago se negociará en persona.)
Doy fe.»