Escocés hasta en el amor Capítulo 30 — Contabilidad del paraíso
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Capítulo 30 — Contabilidad del paraíso

El calor de Almería me golpeó en la puerta del aeropuerto como golpean aquí las borrascas: de frente y con intención.

La diferencia es que de una borrasca uno se protege, y de aquello no había protección posible: treinta y ocho grados a las seis y media de la tarde, un aire quieto que pesaba como madera verde, y yo en mitad de la acera con un abrigo de lana al brazo, porque los abrigos, al viajar, o se llevan puestos o se facturan, y yo no facturo lo que puedo cargar.

Un taxista me miró el abrigo, me miró a mí, y tuvo la caridad de no decir nada hasta dejarme en el hostal, momento en que ya no pudo más:

—¿Viene usted de invierno?

—Vengo de agosto. Del otro.

El hostal se llamaba La Parra, costaba lo que en Edimburgo cuesta aparcar, y la habitación tenía una persiana verde que cortaba la luz en láminas y un ventilador de techo con tres velocidades: lenta, quejosa y de despegue.

Dejé el paquete largo del paraguas encima de la cama, apoyé la bolsa con la lata, la foto, la libreta y el fajo de cartas —lo metí todo al final, el fajo entero, porque las deudas de palabras también prescriben mal y mi abuelo dijo que prefería pagar todo junto—, me quité de encima Escocia con una ducha y salí a buscar la calle de las Tiendas antes de que cerrara el día.

La encontré a las ocho y media, estrecha y fresca de sombra, con el suelo de losas gastadas por ciento y pico años de recados.

La mercería seguía existiendo. El rótulo moderno decía otra cosa, una cosa de ahora, pero en el escalón de la entrada, en mosaico de teselas pequeñas, resistía el apellido: EGEA.

Los rótulos se cambian; los suelos, en los comercios que se respetan, no.

Estaba echando el cierre una mujer de unos cuarenta y cinco años, con el pelo recogido a lo práctico y una llave grande de las de verdad. Me miró venir —un hombre del tamaño de una puerta y media, con abrigo de lana al brazo, en agosto— y esperó con la llave quieta, en guardia baja.

—Busco a Amparo Egea.

—¿Y usted quién es?

—Callum MacRae. Nieto de Fergus MacRae. El carpintero escocés del 66, el de los rodajes. —La llave se quedó donde estaba, pero algo en la cara de la mujer se movió de sitio—. Vengo a pagar una deuda.

Me estudió el tiempo que se estudia un billete grande.

—Yo soy Marina. La nieta. —Terminó de girar la llave—. Venga mañana a las diez. Yo le digo si ella quiere verle.

—¿Le suena el nombre? Fergus.

—Ella sabrá —dijo Marina, que es la respuesta más almeriense que me han dado en la vida, según comprobaría después, y se fue calle arriba sin mirar atrás, aunque más despacio de lo que había empezado a andar.

Lo de la cena lo cuento porque me pasó a mí y aun así me cuesta creerlo.

Entré en un bar de la calle de al lado, azulejos hasta el techo, ventilador honrado, ocho parroquianos a gritos amistosos sobre fútbol.

Pedí una caña. La caña llegó con un platillo: jamón, dos picos de pan, unas aceitunas partidas.

Yo no había pedido el platillo. Se lo dije al camarero, que me miró como se mira a los turistas cuando preguntan si el mar es de verdad.

—Es la tapa. Va con la caña.

—¿Incluida?

—Incluida.

Pedí la cuenta para verificar el sistema.

Una caña: uno ochenta. El jamón, el pan y las aceitunas: cero.

Pedí otra caña por rigor metodológico: llegó con ensaladilla.

Cero. La tercera trajo un guiso pequeño de choco que en Inverfarr me habrían cobrado a precio de plato principal con suplemento de vistas. Cero.

Hice las cuentas allí mismo, en el posavasos, porque hay noches en que un hombre tiene que rendirse a lo que es: cinco libras y pico al cambio, tres cervezas, y en el otro lado del balance una cantidad de comida cuyo precio de mercado en mi país rondaría las once libras con cincuenta.

Estaba ganando dinero cenando. El sistema económico de esta ciudad consistía, hasta donde alcanzaba mi auditoría, en darle a la gente más de lo que paga, sin apuntarlo, sistemáticamente, desde hacía generaciones, y la ciudad no solo no había quebrado: estaba llena, ruidosa y viva a las diez de la noche de un jueves.

Toda mi vida creí que la generosidad era un lujo que se financiaba con la ruina de alguien.

Y existía esto: un pueblo entero, provincia entera, funcionando como Eilidh, como Agnes, como el bote de los peniques huérfanos, pero a escala industrial y con el convencimiento de quien no está haciendo nada raro.

No era el paraíso. Era peor para mis esquemas: era viable.

A las once me vibró el móvil. Eilidh. Una foto: la mesa de Agnes, mantel bueno, dos platos puestos, uno frente a otro, los dos llenos. Debajo: «Jueves. Ha puesto dos igual. Dice que tu táper te espera congelado y que los plazos de los táperes también corren.»

Miré la foto más rato del que se mira una foto.

Después pagué —la ceja hizo su parte del viaje con el euro ochenta multiplicado por tres, que la funcionaria no distingue divisas— y volví al hostal por calles que olían a jazmín y a plancha de calamares, calles de las que ella me había hablado con la voz que se le pone al hablar de aquí, y que yo iba reconociendo sin haberlas pisado, como se reconoce una casa por los planos.

Dormí mal en una ciudad donde, según todos mis datos, no me esperaba nadie. Los datos, últimamente, tienen un margen de error que no les conocía.

Quedaban dos días.