Escocés hasta en el amor Capítulo 29 — El forro
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Capítulo 29 — El forro

El martes fue el día más callado de mi vida, y eso que compito en una liga fuerte.

El pueblo me trató como se trata aquí a los convalecientes: por delegación.

Isla me trajo a mediodía un táper de Agnes sin nota, que en el idioma de Agnes es una nota entera.

Hamish, al cruzarme, me dio el parte en versión reducida, tres palabras, como quien baja la voz en un hospital.

Dougie vino a la carpintería con una avería inventada en la furgoneta —lo comprobé: le había aflojado él mismo la abrazadera— y se estuvo dos horas alcanzándome herramientas que yo no pedía.

Y Eilidh cerró el pub a mediodía, cosa que no pasa ni en Navidad, y se presentó en mi banco de trabajo con dos vasos y una botella de las de arriba.

—El tachón fue mío —dijo, sirviendo—. Todo esto viene de un tachón mío. Treinta años cobrándole a este pueblo lo que me da la gana, y la única vez que mi lápiz arruina algo, te arruina a ti.

—El tachón fue un regalo. —Me salió sin pensarlo, y al oírlo me quedé un momento quieto, porque la frase sabía más que yo—. Los regalos no piden perdón, Eilidh. Los regalos se cobran en otra moneda, y ya está cobrado. Bebe.

A la una y media de la tarde, según el horario que consulté sin ninguna necesidad y con toda la necesidad del mundo, despegó de Edimburgo un avión rumbo a Madrid con un asiento de pasillo vacío y pagado.

El desperdicio más caro registrado en la historia de esta familia, y por primera vez no lo pagué yo.

Lo pagamos a medias, como se paga todo lo nuestro, por lo visto: cada uno su plaza y ninguno el viaje.

El miércoles entré en casa de Fergus.

No había vuelto desde el funeral. Tenía la llave en el llavero, gastada de otras manos, y la casa olía a Fergus: a cera, a ceniza fría y a periódico viejo, ese olor de las casas donde nunca se tiró nada por si acaso.

Fui derecho al escritorio del cuarto de atrás, que era el único mueble de la casa con cerradura, y la cerradura cedió con la tercera llave del aro, y dentro estaba mi abuelo entero, en el único formato en que ese hombre se permitió existir: papel ordenado.

Las libretas de cuentas ya no estaban, esas son de Malcolm.

Lo que había era otra cosa. Un fajo grueso de sobres sin sello, atados con bramante encerado, todos con la misma letra a escuadra y el mismo destino: «Amparo Egea.

Calle de las Tiendas. Almería.» Décadas de sobres.

El de arriba, amarillo de años; el de abajo, casi blanco. Ninguno abierto porque ninguno enviado.

Los leí hasta que se hizo de noche, sentado en su silla, con su lámpara.

No los voy a resumir aquí: hay inventarios que no se traspasan.

Diré lo que averigüé, que es lo que el ítem undécimo llevaba un mes esperando que averiguara: que hubo una costurera en un rodaje, en el 66.

Que el primer remiendo del paraguas, el rojo, no es de Fergus: es de ella, hilo del que llevaba en un dedal de latón.

Que mi abuelo le debe ochocientas noventa pesetas de un billete de vuelta desde hace sesenta años, y que las guardó toda la vida en una lata con su nombre —la encontré en la balda de la despensa, detrás del té: dentro, los billetes de peseta, papel muerto de curso legal difunto; la deuda sigue viva y la moneda no, muy de esta casa—.

Y que en la libreta de tapas duras rotulada «Reparaciones.

Paraguas. 1966–2026», entre la entrada del remiendo cuarenta y seis y la del cuarenta y siete, había una fotografía en blanco y negro, con el sello de un estudio detrás: una mujer joven cosiendo bajo un toldo, riéndose de algo que pasa fuera de plano, y en el borde del plano, sujetando una puerta que no lleva a ninguna parte, un carpintero que no mira la puerta.

Lo que robé. Llevaba un mes preguntándome qué podía haber robado un hombre que devolvía hasta los buenos días con recibo. Robó esto: la prueba de que estuvo allí y fue feliz. La robó del corcho de una oficina de producción y la escondió sesenta años entre remiendos.

Y entonces, con la foto en la mano y la casa ya a oscuras, decidí lo del paraguas.

Lo decidí sin ceremonia, como se deciden las cosas que llevan decididas mucho tiempo esperando el papeleo: el ítem doce dice «sabrás a quién», y lo sé desde la primera lluvia, desde los veinte peniques el minuto, y que ella esté a tres mil kilómetros no cambia el destinatario. Cambia el franqueo.

Fui a por el paraguas, que estaba donde está siempre, colgado de mi brazo o de la puerta, y lo abrí bajo la lámpara del escritorio para verlo como lo que era ahora: un expediente.

Cuarenta y siete remiendos, cada uno con su asiento en la libreta.

Y al pasarle la mano por dentro, por el forro, junto al remiendo rojo, los dedos me tropezaron con lo que sesenta años de uso no me habían dejado notar porque nadie palpa el forro de lo que usa a diario: un rectángulo plano, cosido con puntada torcida.

La única puntada torcida de la vida de Fergus MacRae.

Lo descosí con la navaja pequeña, con más cuidado del que he puesto en ninguna madera. Era un sobre delgado, y en el sobre, la letra de siempre:

«A quien vaya a regalar este paraguas.»

Lo abrí allí de pie, porque hay cartas que no dan tiempo a sentarse.

«Si estás leyendo esto, has decidido regalarlo. Enhorabuena: acabas de hacer en un día lo que yo no hice en sesenta años. No te creas mejor que yo todavía; te queda la parte difícil, que es entregarlo.

Supongo que eres Callum. Si no eres Callum, devuélvele esto a Callum y que le dé vergüenza.

Instrucciones del ítem undécimo, que no puse en el testamento porque los abogados cobran por palabra: la mercería está en la calle de las Tiendas, en Almería.

Se llama Egea, o se llamaba; si ya no está, pregunta por Amparo Egea, que en esa ciudad los nombres duran más que los rótulos.

Devuélvele la fotografía, que la robé del corcho de producción el último día, y es el único robo de mi vida y no me arrepiento, cosa que un hombre debe dejar escrita al menos una vez.

Págale las ochocientas noventa pesetas. Con intereses.

Los intereses calcúlalos tú, que sé que sabes, y prepárate para que no los quiera, que la conozco: cóbraselos tú entonces en aprender de ella todo lo que puedas en el tiempo que te dé, que es la mujer más exacta que ha pisado este mundo y lo digo yo, que medía por oficio.

Del paraguas: el primer remiendo es suyo. Hilo rojo, del dedal. Los otros cuarenta y seis son míos, y ahora entiendes por qué un hombre remienda cuarenta y seis veces lo que cuesta ochenta y cinco pesetas: porque no se remienda el precio. Se remienda el día.

A quien se lo des: dale también la libreta. Un regalo sin su historial de reparaciones es solo un objeto, y esta familia no regala objetos. Regala mantenimiento.

Y ya está. No se me da bien acabar las cartas; por eso no las enviaba, creo, porque enviarlas es acabarlas.

Fergus MacRae, carpintero.

P. D. Dile a alguien cuánto lo quieres mientras pueda oírte. Es el único ítem sin acta.»

Me quedé un rato largo con la posdata, de pie, en la casa a oscuras del hombre más agarrado de Escocia, que resultó tener guardadas seis décadas de cartas de amor con la excusa del franqueo.

Después trabajé. Es lo que sé hacer con las noches imposibles.

Reservé el vuelo del jueves a primera hora, Edimburgo, Madrid, Almería, a una tarifa de último minuto que era una extorsión con número de asiento; la ceja pasó su recibo al pagar, entero, y la dejé: teníamos los dos cosas más caras en que pensar.

Metí en la bolsa la lata, la foto, la carta y la libreta de reparaciones.

Y el paraguas lo envolví en papel de embalar y cinta, vuelta a vuelta, hasta dejarlo hecho un paquete largo y serio que facturaré mañana como se factura un instrumento: declarando el valor a la baja, porque el real no cabe en el formulario.

Quedaban tres días. Uno para cruzar Europa, uno para pagar las deudas de mi abuelo y uno para intentar pagar la mía, que no está en ninguna lata pero pesa más que todas: tres segundos de silencio en una carpintería, a precio de mercado, con los intereses corriendo.