Escocés hasta en el amor Capítulo 28 — Colisión
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Capítulo 28 — Colisión

Hacía un día decente, para variar. El clima no se enteró de nada, que para eso es un profesional.

Ella llegó a la carpintería a las diez y media de la mañana del lunes, con el pelo recogido de los días de guerra y la cara de haber gastado ya nueve asaltos antes de desayunar.

Yo llevaba desde las seis en el banco, haciendo espigas para un encargo que no corría prisa, porque las manos había que ponerlas en algo que no fuera pensar.

—Villalba me ha tenido nueve minutos al teléfono —dijo desde la puerta, sin buenos días, que se agradeció—. No me ha despedido. Ha dicho que «valorarán mi continuidad en el expediente». Es peor que despedirme: es dejarme viva para el ejemplo.

—Lo siento.

—No he venido a que lo sientas. He venido a que me lo digas. Lo que llevas desde ayer sin decirme. Prefiero la viga en la cabeza que este silencio a paso normal.

Dejé la espiga. Me limpié las manos, despacio, y se lo di como lo tenía, que era ordenado, porque lo había estado ordenando toda la noche en vez de dormir.

—Lo entiendo todo. Ese es el problema. No hay nada que no entienda.

—La miré de frente, porque esto se debía de frente—.

Entiendo lo que viste, entiendo lo que callaste y entiendo por qué.

Lo hiciste por mí. Rompiste tu regla, la de estar a la vista, la que te sostiene desde los doce años, y la rompiste por mí.

Y ahí es donde se me acaba el terreno firme, Rocío, porque yo sé exactamente cómo suena eso.

Lo llevo oyendo toda la vida. Mi padre nunca rompió una regla para él.

Siempre era por nosotros. Por daros lo que merecéis.

Por mamá. Por el niño. La gente que te quiere saltándose sus propias reglas por ti: sé en qué acaba.

Acaba en un crío contando facturas en la mesa de la cocina.

—Yo no soy tu padre.

—No. Eres mucho mejor que él en todo, y por eso me da más miedo.

Él rompía reglas baratas. Tú has roto la cara.

La tuya. Delante de ciento treinta mil oyentes y de tu jefe.

Por cuarenta y dos libras con sesenta que yo habría pagado sin parpadear si alguien me lo hubiera dicho.

—Se me estaba yendo la voz a un sitio ronco y la traje de vuelta—.

No quiero que nadie vuelva a arruinarse por mí. Ni una libra. Ni una regla.

Ella no lloró. Lo digo porque yo casi, y ella no, y esa asimetría también la tengo apuntada.

—Ya me he arruinado. —Lo dijo bajito y claro, como pide las cosas importantes—.

El ascenso era estar aquí sin mancharme, Callum.

Ese era el encargo de verdad, ahora lo sé leer: certificar limpio y a otra cosa, o mejor, verte fallar limpio y cobrar el triple.

Y mírame. Manchada hasta las cejas, en directo, con mi nombre.

Y no me arrepiento del motivo. Me arrepiento de la forma, de la oscuridad, de no haberlo puesto a la vista, eso sí, cada día.

Pero ¿del motivo? El motivo eras tú pagando trescientas justas con la cara sujeta, y me pareció, y me lo sigue pareciendo, que había cosas por encima de un tachón.

—Dio un paso—. Romper una regla por alguien no es siempre el principio de una ruina.

A veces es el principio de una casa. La diferencia no está en la regla. Está en quién la rompe y para qué.

—Eso mismo decía él. Palabra por palabra no, pero esa era la música.

—¡Yo no soy la música de tu padre!

—¡Lo sé! —Se me escapó el volumen por primera vez en años y lo recogí en seco—.

Lo sé. Y aun así anoche no dormí, y cada vez que cerraba los ojos veía el tachón, y no me enfadaba contigo, Rocío, ojalá, el enfado se gasta: hacía cuentas.

Cuentas de todo lo que la gente que me quiera va a tener que romper para quererme, empezando por ti, que ya has empezado, y me salía una factura que no pienso pasarle a nadie. Antes cierro.

Se quedó muy quieta. Fuera, un tractor cambió de marcha en la cuesta, ajeno, bendito.

—Ahí está —dijo—. «Antes cierro.» Esa es tu regla, ¿no?

La de los once años. Si no gastas, no debes; si no debes, no dependes.

—Le tembló la barbilla una vez, la domó—.

Pues rómpela. Por mí. Una vez. Como yo rompí la mía.

Ese es el precio de la casa, Callum, cada uno pone su regla rota, no hay otra entrada.

Y yo no dije nada. Ese fue el fallo exacto, el minuto y el segundo, para el que quiera auditarme la vida: no dije nada durante tres segundos, que en decisiones de esta cifra son un ejercicio fiscal entero, y a los tres segundos ella asintió despacio, como se asiente a un presupuesto rechazado, y sacó el sobre del bolsillo, no un sobre, la cartulina de la reserva, y la dejó en el banco, junto a las espigas.

—El martes hay dos plazas a Almería. La mía la voy a usar: me quedan cosas que hacer en mi tierra y ninguna que hacer aquí de fedataria comprometida. La tuya ahí está. Puedes estar en ella o no estar. Decide tú, que yo ya decidí una vez por ti, y mira cómo hemos acabado los dos de bien.

Se fue. A paso normal. Ahora sé lo que es verlo desde el otro lado y retiro lo de violento: es peor.

La ronda la repetí esa noche.

Entré en el pub a las nueve, fui a la barra y se lo dije a Eilidh delante de todos, en voz alta, que era la primera condición de mi versión de la enmienda:

—Lo de todos. A mi cuenta. Precio completo, desglose partida a partida, y el tique a la vista, clavado en el corcho. Esta vez que se vea todo.

—Callum…

—Todo, Eilidh. Es la subsanación. La hago con mis condiciones: la primera vez escondí la cara porque lo mandaba el viejo. Esta la pago a cara descubierta, que es como pago yo lo que debo.

El pub estaba a media entrada de lunes y se bebió mi ronda como se bebe en los entierros de los vivos: despacio, sin brindis, con la gorra puesta.

Nadie fingió no mirarme esta vez; me miraron todos, que era lo acordado conmigo mismo.

La cuenta subió a trescientas cincuenta y ocho libras con noventa, desglosadas en veintiséis líneas que Eilidh cantó una a una con la voz rota de quien firma su propia rectificación, y las pagué contándolas sobre la barra, y la ceja hizo su función delante del público, entera, sin recortes, y la dejé hacer.

Que se notara. Que se notara todo, por una vez, ya que la única persona ante la que valía la pena disimular estaba dos plantas más arriba, con la luz encendida, oyéndolo todo por el suelo, porque el techo de este pub es el suelo de su cuarto y esa geografía la voy a llevar clavada una temporada.

Morag se levantó al final, sin que nadie se lo pidiera, con el libro de la banca bajo el brazo.

Lo abrió en la barra, en una página limpia, y escribió despacio, en su letra de otra época: fecha, hora, «ronda general repetida a precio íntegro, 358,90, satisfecha a la vista».

Luego hizo firmar a Hamish, a Dougie, al reverendo, a Tam —que firmó dormido, con pulso de notario—, a Eilidh y a once más, y cerró el libro con el golpe de los días históricos.

—Fe civil —me dijo—. Donde no llega la otra, llega esta. En este pueblo siempre ha sido así.

Cerré yo el pub con Eilidh, que no me cobró el último whisky y no se lo discutí, porque hay descuentos que ya sé que son otra cosa. Subí la plaza. La luz de su cuarto se apagó cuando yo pasaba por debajo, y no sabré nunca si fue casualidad o mensaje, y me da igual: lo apunté en las dos columnas.

Al alba estaba en la carpintería sin haber dormido, con las espigas y la cartulina de la reserva delante, y a las seis y media la vi.

La vi cruzar la plaza con la maleta y el chubasquero amarillo, camino de la marquesina de las tres goteras artísticas, la misma chapa bajo la que la vi por primera vez hace treinta y cinco días calada hasta la fe.

El bus de las 6:40 entró puntual, se la tragó con maleta y todo, y se fue por donde vino.

No salí a pararla. Que conste: no porque no quisiera.

Porque un hombre que no ha sabido decir «rompo mi regla» a tiempo no tiene derecho a decir «espera» de saldo, corriendo detrás de un autobús, con rebaja de última hora.

Esa frase, si algún día la digo, la pienso pagar a precio completo. Con desglose. A la vista.

Quedaban cinco días. Me sobraban todos.