Escocés hasta en el amor Capítulo 26 — El tique
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Capítulo 26 — El tique

El sábado Malcolm volvió al pub con el trípode, el aro de luz y una humildad nueva que me olió a barniz: demasiado brillo para tan poca madera.

Grabó «ambiente» toda la mañana. El grifo dorado, previo pago.

Las vigas. A Tam dormido, «con su permiso», y Tam lo dio dormido.

Yo lo vigilé un rato desde mi mesa por higiene general, pero el día tenía cosas mejores: ella entró a media mañana con el portátil y la lista del viaje, y nos sentamos a organizar Almería, que es una frase que hace un mes me habría parecido de otro idioma.

—Dos plazas —dije, mirando la reserva—. ¿Dos?

—Dos. La fedataria certifica in situ. El ítem once no se certifica por videollamada.

—¿Y la vuelta?

—Abierta.

—¿Abierta? ¿Tú? ¿Una vuelta sin fecha?

—No te acostumbres. —Pasó la pantalla—. Y en Almería, en agosto, se cena a las diez. Vete mentalizando, que te veo capaz de pedir la cuenta a las siete.

Me vi capaz. Me vi capaz de todo, esa mañana, incluida la cena a las diez y la temperatura que me había buscado en el móvil y que no pienso escribir aquí para no darle validez documental.

A Malcolm lo perdí de vista un rato después de comer, y ese rato es el que importa, y lo reconstruyo por lo que vi y por lo que Eilidh no me contó.

Lo que vi: a las cuatro y algo, Malcolm en la barra pidiéndole a Eilidh «una factura de mis consumos de estas semanas, para gastos deducibles», que es la petición más suya del mundo: el hombre se hunde con recibos, como los barcos buenos.

Eilidh, con medio pub pidiendo, abrió el cajón del fondo a por el talonario de facturas —el cajón del fondo, donde esa mujer guarda lo que no tira—, lo dejó abierto el tiempo de tirar dos pintas, y Malcolm esperó apoyado en la barra, justo encima, con el móvil en la mano y esa cara de mirar el paisaje que ponen los que están leyendo algo.

Lo que no vi: qué había a la vista en ese cajón. Lo supe después por el orden de los hechos, como se saben las peores cosas.

Malcolm cobró su factura, la fotografió allí mismo «para el gestor», y al recoger el equipo lo anunció. Se subió a media silla, micro en mano, con el aro de luz apagado pero la voz encendida:

—¡Familia de Strathdreich! Mañana domingo, cinco de la tarde, en directo desde este local histórico: el especial que mi comunidad me pide desde hace un mes.

«La herencia MacRae, capítulo final: lo que las actas no cuentan.

» —Miró alrededor con una sonrisa que le quedaba grande—.

Va de números. Y los números, primo —esto ya hacia mí, encontrándome al fondo—, los números son lo nuestro. Lo de la familia.

Se fue con su trípode y su brillo. El pub siguió a lo suyo con una fracción de segundo de retraso, ese hipo colectivo de los rebaños cuando pasa una sombra que no identifican.

Yo no identifiqué nada. Lo confieso aquí con la fecha delante: no identifiqué nada.

«Lo que las actas no cuentan» me sonó a título de vendedor, y los números de mi expediente estaban limpios porque los había pagado todos con esta mano y esta ceja.

Repasé mentalmente las partidas como quien palpa las vigas después de un crujido, no encontré carcoma, y volví a la reserva de Almería y a la temperatura inconfesable.

Fue al cierre cuando el crujido tuvo cara.

Eilidh despachó a los últimos, contó la caja, y luego abrió otra vez el cajón del fondo y se quedó mirando dentro, quieta, con un papel pequeño en la mano que no llegó a sacar del todo.

Lo volvió a dejar. Cerró el cajón despacio, como se cierra la puerta de un cuarto donde duerme alguien enfermo, y cuando levantó la vista y me encontró al otro lado de la barra tenía la cara de quien ha encontrado carcoma en una viga maestra: no la sorpresa, sino el cálculo instantáneo de todo lo que se apoya encima.

—Callum… —empezó.

—¿Todo bien?

Me miró un segundo largo. Detrás de ella, el grifo dorado, las llaves, treinta años de fiar a este pueblo apuntándolo en posavasos que luego pierde.

—Sí —dijo, con la voz del no—. Cosas de la caja. Vete a dormir, anda, que tienes un viaje que preparar.

Me fui a no dormir. Archivé la cara de Eilidh donde archivo lo que no entiendo, y por primera vez desde que llevo ese archivo me pesó en la mano, como pesan las cajas por lo que no se ve.

Quedaban siete días. Los números son lo nuestro, había dicho Malcolm. Lo de la familia. En mi familia, cuando alguien dice que algo va de números, lo que va es de heridas: los números son solo el idioma en que nos las decimos.