Capítulo 25 — Acta en blanco
Crucé la plaza a las siete y diez de la mañana con los zapatos en la mano y la absurda esperanza de que un pueblo entero durmiera hasta tarde un viernes por primera vez en su historia.
El pueblo entero estaba levantado, naturalmente, y ejecutó su protocolo con la precisión de una potencia extranjera: nadie me miró.
Nadie. El repartidor del pan me dio los buenos días mirando el pan.
Hamish, que regaba una maceta —regando, en este país, la osadía—, me informó del pronóstico con la vista en el horizonte: «Jornada estable.
Sin cambios a la vista. Ninguno.» Y cuando subí a mi habitación, en la bandeja de la escalera había un desayuno completo con una nota de Eilidh: «Por si hoy prefieres techo. »
Preferí techo. Me comí el desayuno sentada en la cama, con las nueve conchas de Ardsholm en el alféizar y el reloj de correa naranja todavía en el bolsillo del chubasquero, donde piensa quedarse una temporada, y repasé la situación con la única herramienta de análisis que me quedaba operativa, que era una sonrisa de idiota.
A mediodía bajó él. Bajó al pub, quiero decir, a la hora de comer, con el pelo mojado y una madera pequeña en la mano, y se sentó en mi mesa del rincón como si llevara sentándose ahí desde el pleistoceno, y el pub entero perfeccionó su técnica de no mirar hasta rozar la ceguera clínica.
La madera era una cuña de roble del tamaño de un pulgar, lijada y encerada.
—Para tu ventana —dijo—. Baila con el viento del oeste. Te he oído la ventana desde la carpintería, tres noches.
—¿Me escuchas las ventanas?
—Escucho las maderas. Tú duermes dentro de una.
Comimos. Morag pasó junto a la mesa, dejó caer sobre el mantel dos libras con cuarenta en moneda pequeña, dijo «tu parte, del mercado sin nombre, la banca paga a ganadores» y siguió su camino antes de que yo pudiera decidir si aquello era un insulto, un regalo de bodas o un delito fiscal.
Él se guardó su parte sin pestañear. «Es la banca», dijo, como quien acata el clima.
Y no decidimos nada, que fue la decisión. En algún momento entre el pastel de carne y el café lo rocé por encima:
—¿Y esto qué es? Lo nuestro. A efectos de… nada. A efectos de mí.
Se lo pensó lo suyo.
—Pendiente de calificación registral.
—¿Eso existe?
—Existe el estado. Lo he visto en escrituras. Hay fincas que están años así, funcionando perfectamente.
—¿Y mientras?
—Mientras, posesión pacífica. —Me miró por encima de la taza—. Ininterrumpida, si de mí depende.
Me vale. Que conste donde no puede constar: me vale.
La tarde tuvo una sola arruga, y la consigno porque mi oficio es consignar arrugas: a las seis entró Malcolm en el pub.
Sin trípode, en visita corta, meloso, a negociar con Eilidh «tomas de ambiente» para mañana sábado, «el especial aniversario del pódcast, tarifa de rodaje por delante, señora Munro, todo legal».
Eilidh le cobró las cinco libras por adelantado y me buscó con los ojos un segundo, un segundo solo, con una pregunta dentro que no llegó a puerto porque Hamish irrumpió a actualizar la estabilidad de la jornada.
Malcolm se fue frotándose las manos por el frío, dijo, aunque no hacía frío.
Lo anoté en la lista de cosas que vigilar el lunes. El viernes, decidí, estaba completo, y no pienso disculparme por la decisión ni ante mí misma, que soy mi perito más caro.
Por la noche me senté delante del acta con la disciplina de siempre.
Encabezado, fecha, día del plazo. Y ahí me quedé.
Lo intenté por lo procesal: no había ítems. Lo intenté por lo fáctico: los hechos del día eran una cuña de roble, dos libras con cuarenta de dividendo inmoral y una calificación registral pendiente.
Lo intenté por lo genérico y me salían cosas que no firmaría ni con seudónimo.
A la cuarta tentativa comprendí que hay días que no caben en el formato, no porque falte espacio sino porque sobra, y que la fe pública tiene un límite y ese límite soy yo comiendo pastel de carne con la sonrisa de idiota en horario laboral.
Dejé el acta como sigue, y así se incorpora al expediente, y que la interprete quien sepa:
«ACTA N.º 12 — Día 32 del plazo.
En Strathdreich, viernes.
Doy fe.»