Escocés hasta en el amor Capítulo 24 — La partida última
69%

Capítulo 24 — La partida última

La tormenta llegó puntual a lo suyo, cobrando tarifa por gota en el tejado de la carpintería, y yo estaba despierto y vestido a las once y media de la noche, repasando con cera un mango que no lo pedía, porque dormir estaba fuera de presupuesto: la última partida del inventario me tenía la casa tomada.

Llamaron a la puerta a las doce menos veinte. Golpes normales, de nudillos, con prisa de agua.

Era ella. Empapada de los cuarenta metros de plaza, el chubasquero amarillo cumpliendo su función decorativa a pleno rendimiento, el pelo pegado a la cara por la parte que la capucha había decidido no defender, y una expresión de traer un asunto oficial redactado por el camino y medio deshecho por la lluvia.

—Vengo… —Se apartó el agua de la cara con el dorso de la mano—. Vengo a por los horarios de marea.

Nos quedamos un momento con la frase entre los dos, goteando.

—Los horarios de marea.

—Son míos. Diez peniques la hoja. Está el recibo de Fraser.

—Son las doce de la noche.

—La marea no descansa.

Me aparté para dejarla entrar, porque hay excusas tan flojas que merecen techo, y fui a la balda donde está la cajita de tornillos, y saqué los dos folios arrugados, y se los tendí con toda la seriedad de la que dispongo, que administrada bien da para mucho.

—Su documentación.

—Gracias. —Los cogió. Los miró. Le temblaba un poco la esquina del papel, o era el frío, o era el papel—. ¿Algo más? —dijo, y era mi frase, me la estaba robando delante de mi cara.

—Sí.

—¿El qué?

—La partida última. —Dejé la cera. Me limpié las manos con el trapo, despacio, dándome el tiempo que me faltaba—.

Anoche cerré el inventario en falso. No sé trabajar con cuentas abiertas.

Si has venido a por las mareas, te llevas las mareas y en paz.

Si has venido a por el final de la lista, lo tengo preparado.

Lo tengo preparado desde hace días. Solo necesito saber qué has venido a buscar, porque los dos artículos no se despachan igual.

Ella dejó los horarios encima del banco. Los alisó con la palma, una vez, un gesto suyo de ganar dos segundos. Y luego me miró con toda la cara, con la tormenta detrás trabajando el tejado, y dijo, bajito y claro:

—He venido sin plan. —Tragó—. Que sepas lo que eso cuesta en mi moneda.

He roto un acta, Callum. Un acta oficial, en cuatro trozos, y he cruzado la plaza sin paraguas y sin saber qué iba a decir al llegar, y lo de las mareas se me ha ocurrido en el charco de la mitad, y es la peor excusa de mi carrera, y la he dicho igual.

No traigo plan. Así que no me preguntes qué he venido a buscar.

Pídeme tú. O dime. O acaba la lista. Elige tú, por una vez, que yo he elegido viniendo.

Acabé la lista.

—Y quiero las tres mil horas de sol. —Le sostuve la mirada como se sostiene un peso que llevas tiempo entrenando—.

Esa es la partida última. No sabía en qué unidad asentarte, porque las mías se me quedaban cortas, y al final la encontré: tú te mides en horas de sol, tres mil al año, me lo dijiste ayer en la playa con la contabilidad de tu tierra.

Las quiero. Todas. Las de este año y las siguientes.

Sé que es una cifra desproporcionada para un hombre de este clima, y la firmo igual.

Se quedó muy quieta. La estufa hacía su trabajo naranja. Y entonces dijo, con una voz que le salió estrenada:

—Bésame.

—¿Eso es una instrucción de parte?

—Es lo que se hace cuando se deja de facturar.

La besé. O nos besamos, la autoría quedó sin determinar y así va a quedarse, con sabor a lluvia y a la menta de alguien que se ha lavado los dientes antes de cruzar una plaza sin plan, y fue un beso largo que llevaba semanas en el almacén y salió con los intereses puestos, y cuando nos separamos lo justo para hacer inventario de daños, ella se rio bajito, contra mi boca, y dijo «la peor excusa de mi carrera», y yo dije «la mejor factura de la mía», y volvimos a lo que estábamos.

El chubasquero amarillo, que no ha detenido un chubasco en su vida, opuso en cambio una resistencia numantina a salir de encima de su dueña: dos corchetes atascados por el agua y una cremallera con opinión propia.

Peleamos los dos con él, ella desde dentro, yo desde fuera, hasta que cedió de golpe y estuvo a punto de llevarse por delante la lámpara del banco, y nos dio la risa, la risa entera, la que no se puede administrar, y quiero que conste que es posible besarse riéndose, es técnicamente posible, lo hemos verificado empíricamente y recomiendo el procedimiento.

Después la cosa se puso seria por el buen camino.

Le quité el jersey mojado por arriba con el cuidado con que se desencofra, y ella me tiró del azul con bastante menos protocolo, y en algún momento hice lo que tenía que hacer: aparté del banco el mango encerado, colgué el trapo en su clavo, alineé los dos formones que andaban fuera de sitio y extendí las mantas de la furgoneta, que estaban secándose en la silla y olían a Ardsholm.

—¿En serio? —dijo ella, desde la luz naranja, mirándome ordenar—. ¿Ahora?

—El deseo no es excusa para el desorden.

—Estás colocando formones.

—Estaban torcidos. Tú vas a estar aquí. No compartís estantería.

Se rio otra vez, y me tendió la mano desde las mantas, y dejé de ser puntual por primera vez en dieciséis años.

De lo que siguió doy la fe que se puede dar por escrito, que es poca y suficiente.

Que sus manos frías se calentaron en algún momento entre mi espalda y la manta, y que las mías, que son ásperas de oficio, encontraron un empleo mejor que todos los anteriores.

Que la palabra «aquí» se usó de las dos maneras, pregunta y respuesta, y las dos funcionaron.

Que la manta de lana picaba y ella lo dijo —«esta manta pica»— y yo alcancé la otra sin soltar nada de lo importante, en una maniobra logística de la que sigo orgulloso.

Que hubo torpezas: un codo mío donde no, su reloj —el reloj, que llevaba en el bolsillo del vaquero desde ayer— cayendo al suelo de madera con un golpe seco que nos paró un segundo a los dos, mirándonos, hasta que ella dijo «déjalo, ya no manda» y no volvió a mandar.

Que la tormenta siguió cobrando su tarifa ahí arriba, gota a gota, ajena a todo, como debe ser: el tejado a lo suyo y nosotros a lo nuestro.

Y que en algún momento de la madrugada, con la estufa ya en brasas y ella dibujándome con un dedo, despacio, la ceja izquierda —la ceja, precisamente, la funcionaria—, preguntó, medio dormida:

—¿Y el total? Del inventario. Nunca me dijiste el total.

—Se factura en cuarenta años. Pago aplazado. Sin intereses, que no soy tonto.

—Cuarenta años. —Lo pensó con los ojos cerrados—. ¿Y si el plazo se acaba en nueve días?

—Ese plazo es del testamento. —Le aparté el pelo de la cara, que es un trabajo fino y estaba el pulso para trabajos finos—. Esto es contrato aparte.

Se durmió antes de pedir la letra pequeña.

Yo me quedé un rato con la contabilidad del techo, nueve días, doce menos diez ítems, dos millones cuatrocientas mil libras, y todo me pareció calderilla, todo, por primera vez en mi vida entera de contar, y no me asusté lo que estaba presupuestado.

La partida última estaba dicha. La caja, abierta. Que viniera el auditor que quisiera.