Escocés hasta en el amor Capítulo 23 — Jueves
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Capítulo 23 — Jueves

El pueblo amaneció sabiéndolo todo sin saber nada, que es su especialidad olímpica.

Nadie preguntó por Ardsholm. No hizo falta: Eilidh me puso el café «como lo estará tomando ahora todo el mundo, tranquilo», Hamish me informó del estado de la marea en la costa oeste «por si le hubiera quedado pendiente», y Morag, sin levantar la vista de la libreta, anunció al aire que «el mercado sin nombre cierra posiciones nuevas, que ya está el resultado hasta en el pluviómetro».

Pagué mi tostada con la dignidad que pude reunir, que cotizaba a la baja.

La mañana la dediqué al expediente, que falta le hacía: quedan diez días, tres ítems, y uno de ellos vive a tres mil kilómetros.

Reservé dos plazas Edimburgo–Madrid–Almería para el martes, vuelta abierta, y al escribir los dos nombres en el formulario —el suyo con los apellidos completos, que los tengo de memoria del testamento, y el mío— me quedé un segundo mirando la pantalla con una sensación de estar firmando algo mucho más gordo que una tarifa flexible.

Certificar el ítem undécimo exige fedataria presente.

La fedataria estará presente. La fedataria, si alguien le pregunta, viaja por estrictas razones de fe pública, y si nadie le pregunta, también.

De Madrid, silencio. Villalba no ha vuelto a escribir desde el «¿Completo, verdad?», y su silencio es como los cielos de aquí: no significa buen tiempo, significa que está recargando.

A las siete y cincuadro y cinco de la tarde me planté en el callejón de la iglesia con una caja de mantecados que me mandó mi madre la semana pasada «para las amistades», porque a casa de Agnes no se va con las manos vacías ni aunque una vaya en calidad de expediente.

Callum llegó a las ocho menos dos por la otra esquina, con el pelo domado a mano y el jersey azul, y nos encontramos en la puerta como dos citados por el mismo juzgado, y llamamos, y Agnes abrió con el delantal puesto y una mirada de barrido completo, de las que inventarían.

—Ya —dijo, a modo de diagnóstico general. Y a él—: Se me ha acabado la mostaza. Baja a Fraser antes de que cierre, que hoy hay lengua estofada y sin mostaza es un funeral.

—Agnes, Fraser cierra en cuatro minutos.

—Pues corre, hijo. Las piernas las tienes gratis.

Y lo despachó, así, al hombre del inventario, calle abajo, y me metió a mí en la cocina, y comprendí, mientras me ponía a batir una salsa que no necesitaba batidora ninguna, que la mostaza era el pretexto más viejo del repertorio y que yo estaba citada a declarar.

El interrogatorio de Agnes Lennox no se parece a ninguno de los que me han preparado.

No pregunta: coloca. Colocó que Madrid está muy lejos «para lo poco que abriga».

Colocó que la plaza esa mía, con nombre en la puerta, «las puertas con nombre hay que mirar bien hacia dónde abren».

Colocó que yo batía muy bien la salsa «para ser de secano».

Y cuando me tuvo ablandada por vía culinaria, dejó el cucharón, se limpió las manos en el delantal y me miró de frente, con esos ojos claros que han visto pasar ochenta y un inviernos y no le han rebajado ni uno el voltaje.

—Este niño arregla gratis y no regala nada —dijo—. A ver si entiendes la diferencia.

Me quedé con la cuchara en el aire.

—Creo que…

—No, creer no. Entender. —Volvió a la lengua estofada, hablándole a la cazuela, que es como dice ella lo importante—.

Regalar es dar la cara: esto vale, y quiero que lo tengas tú, y aquí estoy yo para que me lo veas dar.

Arreglar gratis es darla de espaldas. Este niño lleva la vida entera dando de espaldas, para que no se lo puedan devolver, ni cobrar, ni echar en cara.

—Probó, corrigió de sal—. El día que te dé algo de frente, sin que se lo mande nadie, ese día me vienes y me lo cuentas.

—Me dio flores de frente. Hace nueve días. Delante de medio pueblo.

—Eso lo mandó el testamento. —Me señaló con el cucharón, sin volverse—. No cuenta. Cuenta cuando no lo mande nadie.

La puerta sonó y era él con la mostaza —dos botes, «por si acaso», que ya habla el idioma de la casa— y la cocina volvió a ser una cocina, y cenamos lengua estofada los tres, y estuvo todo normal en la superficie y debajo no estuvo normal nada: él me servía sin preguntar, yo le discutía sin ganas de ganar, Agnes nos miraba alternativamente como quien supervisa una obra que va bien de plazos, y en un momento dado, entre el estofado y el pudin, anunció con voz de parte oficial que Hamish había pronosticado para esta noche «tormenta de las serias, de las de una vez al verano», y que nos fuéramos pronto, «cada uno a lo suyo», y juraría, no lo puedo probar, que la frase llevaba las comillas puestas.

Volví a mi habitación a las diez y media, con el primer trueno todavía lejos, ensayando al oeste. Me senté a hacer el acta del día, que era un trámite de nada: sin ítems, la reserva de vuelos, la cena. Empecé bien. Empecé jurídica.

«ACTA N.º 11 — Día 31 del plazo.

En Strathdreich, jueves, siendo las 22:50, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:

Primero. Que no se ha ejecutado ítem alguno en el día de hoy, quedando pendientes el undécimo y el duodécimo, además del cierre documental del décimo.

Segundo. Que se han reservado dos plazas con destino Almería, salida martes, para la ejecución y certificación del ítem undécimo, viajando esta letrada en su condición de fedataria y en ninguna otra condición que

Tercero. Que la señora Lennox ha manifestado durante la cena, en presencia únicamente de esta letrada, que el heredero arregla gratis y no regala nada, instando a la que suscribe a entender la diferencia, y esta letrada HACE CONSTAR que la entiende.

Que la entiende desde hace días. Que la diferencia entre arreglar de espaldas y dar de frente la tiene esta letrada aprendida en carne propia, porque llevo diecisiete años arreglando de espaldas mi propia vida, plastificándola para que no se moje, cerrándola con llave para que nadie firme nada por mí, y ha tenido que venir una señora de ochenta y un años con un cucharón a decirme que

Que el hombre del inventario dejó una partida sin decir anoche y que esta letrada lleva veinticuatro horas queriendo saber el final de la frase con una urgencia incompatible con el ejercicio de la fe pública, y que fuera está empezando a llover de las serias, y que las flores del testamento no cuentan pero los ocho centímetros no los mandó nadie, los once minutos no los mandó nadie, el tacón de la bota no lo mandó»

El acta anterior no se incorporó al expediente. La letrada la rompió en cuatro trozos, los dejó sobre la mesa, cogió los horarios de marea no: los horarios los tiene él. Cogió esa frase, el chubasquero que no funciona, y salió.