Escocés hasta en el amor Capítulo 22 — Inventario
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Capítulo 22 — Inventario

La noche se nos echó encima a mitad de camino, con la lluvia trabajando a rachas y los faros abriendo el mundo de veinte en veinte metros, y dentro de la furgoneta se estaba como dentro de una caja bien hecha: seco, caliente y a oscuras, con el limpiaparabrisas llevando el compás de algo.

Ella iba con los pies subidos al asiento, envuelta en la manta, mirando la carretera con la cara lavada de sal y de día, y ya no disimulaba nada, y yo tampoco, y esa era la situación técnica del vehículo: dos personas que han dejado de disimular circulando a cincuenta por una nacional, que debería figurar en el código como circunstancia agravante.

Hablé sin preámbulo, porque los preámbulos son para los que no han decidido, y en voz baja, porque las cifras importantes se dicen así.

—Quiero cosas. —El limpiaparabrisas, la lluvia, sus pies quietos en el asiento—. Llevo semanas asentándolas sueltas y así no se puede llevar una contabilidad. Las voy a poner en orden. No hace falta que digas nada: es un inventario, no una factura.

Y lo dije. Por partidas, como llevo los desastres y lo otro.

—Quiero el día seis, a las doce y cuarenta, cuando comprobaste mi serie del cuatro coma uno y te gustó, y te dio vergüenza que te gustara, y volviste a los números con la mano quemada. Ahí abrí la cuenta. Lo sé porque lo apunté esa noche y no supe en qué columna.

»Quiero el día diez: verte obedecer a Agnes con el plato del aparador y sublevarte de mentira. Quiero los jueves que vienen con ese formato, todos, tarifa plana.

»Quiero el día veinte, los once minutos. Los tengo medidos y no pienso devolverlos.

»Quiero el día veinticinco, a la puerta del salón, los ocho centímetros. Esa partida sigue abierta y me está costando intereses.

»Quiero discutirte interpretaciones restrictivas los lunes a primera hora. Quiero que me recurras rondas delante de perros. Quiero saber cómo se acaba la lista de cosas que vas contando cuando te agobias, y quiero estar en la lista, en el número que sea, no soy exigente de posición.

»Y quiero…

Paré. La partida última la tenía redactada, la llevo redactada desde hace días, y me quedé con ella detrás de los dientes como se queda uno con el último billete: sabiendo que en cuanto lo sueltes ya no hay caja.

Los presupuestos se cierran delante del cliente.

Las declaraciones, no. Las declaraciones se cierran cuando uno puede pagar lo que declara.

El silencio que siguió no fue de los incómodos. Fue de los que trabajan.

—¿Y el total? —dijo ella por fin, bajito, mirando al frente.

—El total se dice cuando se acaba la lista.

—¿Y cuándo se acaba?

—No tiene pinta.

Llegamos a la plaza a las once menos algo, con el pueblo apagado y la lluvia ya en retirada administrativa, y apagué el motor, y el silencio de motor apagado es otro género de silencio, todo el mundo lo sabe, es el silencio donde pasan las cosas.

Ella no abrió la puerta. Yo no encendí nada.

La distancia entre los dos era técnicamente la misma de todo el viaje y estaba claramente en liquidación, ella se giró, yo me giré, y a la altura donde la última vez hubo ocho centímetros hoy habría cuatro y bajando—

—Tu reloj.

Lo dije yo. Quiero que quede constancia de que lo dije yo, porque no pienso perdonármelo en años: en el punto exacto donde el mundo estaba a punto de cerrar su mejor operación del trimestre, el custodio que hay en mí se acordó del depósito, abrió la guantera, sacó la cajita de tornillos y le tendió el reloj de correa naranja con las dos manos, como un imbécil diplomado, como el empleado del mes de una empresa que odio.

Ella miró el reloj. Me miró a mí. Y en su cara pasó, despacio, una cosa que empezó siendo incredulidad, siguió siendo risa aguantada por vía judicial y acabó siendo una ternura que no me sentí con derecho a facturar.

—Me has parado… para devolverme el reloj.

—Custodia. Se me abría un descubierto.

—Callum. —Mi nombre. Primera vez que lo usa de frente, sin cargo delante, y lo usó como se usa una herramienta buena—. Eres el hombre más caro de conocer que he conocido nunca.

—Lo sé. —Me miré las manos en el volante—. Fergus me habría desheredado otra vez, ahora mismo, con efecto retroactivo.

Cogió el reloj. Y esto lo asiento con la fecha y la hora aproximada, porque es el dato del día, del mes y posiblemente del ejercicio: no se lo puso.

Lo estuvo mirando un momento en la palma, la correa naranja, las agujas dando una hora que ya no mandaba, y se lo guardó en el bolsillo del chubasquero, como se guardan las cosas que todavía no han decidido volver a su sitio.

—Buenas noches —dijo, ya con la puerta abierta y un pie en su mundo—. Mañana es jueves.

—A las ocho. Lo sé. Agnes fusila a los que llegan a las ocho y cinco.

—Lo decía por mí. —Se ajustó la capucha inútil—. Me ha invitado. Por lo visto el expediente lo pide.

Y se fue hacia el pub haciendo sonar el tacón arreglado en los adoquines, aposta, dos veces, tres, la muy consciente, y yo me quedé en la furgoneta con la cajita de tornillos vacía en la mano y el inventario cerrado en falso, que es la peor manera de cerrar que existe y la única que me supe permitir.

Quedaban diez días. La última partida seguía detrás de los dientes. Los intereses de demora, a este ritmo, me van a arruinar antes que el testamento.