Escocés hasta en el amor Capítulo 21 — Ardsholm
60%

Capítulo 21 — Ardsholm

A las ocho cincuenta y siete de la mañana yo estaba en la puerta del pub con una mochila cuyo contenido pienso confesar aquí porque en algún sitio hay que decir la verdad: crema solar factor cincuenta —la fe es lo último que se pierde—, un mapa descargado por si fallaba la cobertura, un botiquín de viaje y dos horarios de marea de la costa oeste impresos anoche en la trastienda de Fraser a diez peniques la hoja.

Firmé «conforme, sin plan» y me presenté con un plan de contrabando.

Una es hija de su casa: nosotros hasta el luto lo llevamos organizado.

La furgoneta paró a las nueve en punto. Él bajó, me miró la mochila con la neutralidad de un aduanero veterano y extendió la mano.

—El reloj.

Me lo quité. Lo depositó en una cajita metálica de tornillos vacía que tenía preparada en la guantera, entre arandelas, donde mi reloj de correa naranja quedó custodiado como una pieza más del inventario, y ya iba a cerrar cuando le pudo el oficio y me miró otra vez, a mí y a la mochila, con esa lectura suya de tasador.

—¿Qué más lleva?

—Intendencia.

—Enséñeme la intendencia.

Le enseñé la intendencia. Los horarios de marea los sostuvo un momento a la luz, como un billete falso.

—Requisado. —A la cajita—. Reincidencia.

—¡Las mareas son seguridad marítima!

—Las mareas llevan siglos siendo puntuales sin que usted las imprima. —Cerró la guantera—. La crema se la dejo. Por la fe.

Condujo una hora hacia el oeste por carreteras que se iban estrechando como si el país se acabara en punta, y se acababa: en Ardsholm, que es una playa a la que se llega bajando un sendero entre helechos, y que yo no me esperaba, y lo digo con conocimiento de causa de mar.

Arena blanca, blanca de verdad, de la que cruje.

Agua de un turquesa serio, sin postal, con el frío puesto.

Montañas moradas al fondo, una isla a lo lejos como un animal dormido, y encima de todo un cielo enorme repartiendo chubascos sueltos por la bahía, aquí sí, aquí no, como quien riega macetas concretas.

—Esto no puede ser Escocia —dije.

—Es la parte que no sale en las quejas.

Y empezó la nada. Consigno la nada por tramos, porque fue lo más difícil y lo mejor que he hecho en semanas.

Primer tramo: la abstinencia. Caminamos la playa entera, ida, sin hablar apenas, y yo intenté calcular la hora por el sol y descubrí que aquí no se puede: en mi tierra el cielo es un reloj; aquí es un techo con goteras de luz.

Busqué el móvil con la mano tres veces —está en la guantera, en modo avión, por las emergencias— y las tres veces la mano volvió vacía y rara, como cuando falta un diente. A la cuarta dejó de ir.

Segundo tramo: las conchas. Empecé a cogerlas sin darme cuenta, que es como se empieza todo lo importante. Blancas, rosadas, una azulada con el nácar gastado. Me llené un bolsillo. Él me miraba de reojo con la ceja en paz.

—No valen nada —me justifiqué.

—Por eso se guardan tranquilas. Nadie va a venir a quitárselas.

Me quedé con la frase dentro del bolsillo, entre las conchas, porque había sitio.

Tercer tramo: el chubasco. Nos pilló uno a media playa, de esos suyos con dirección y matrícula, y él abrió el paraguas granate —lo había bajado de la furgoneta sin comentarlo, como se lleva una herramienta— y nos sentamos en la arena debajo, los dos, con las mantas, viendo llover sobre el mar, que es ver llover sobre lo mojado y sin embargo no se parece a nada.

El paraguas olía a cera vieja y a tienda antigua.

Conté remiendos desde dentro: llegué a once sin mover la cabeza, y el rojo quedaba justo encima de él, como esas marcas que hacen los carpinteros para acordarse de algo.

Cuarto tramo: la conversación, que vino sola cuando se fue el chubasco, sin subtexto, que era la novedad. Se lo pregunté de frente, porque el día no tenía esquinas donde esconder las preguntas:

—¿Qué vas a hacer con el dinero, si cumples? —Y me salió el tú, y lo dejé estar, porque devolverlo al usted habría sido la mentira más gorda de la jornada. Él lo recogió sin comentarlo, como recoge él las cosas.

—No lo sé. —Miraba la isla—. Sé la lista de lo que no: no me voy, no cierro la carpintería, no me compro nada que haga ruido.

Lo que sí, no lo he presupuestado. Llevo un mes tan ocupado gastando lo del viejo que no he pensado en lo mío.

—Pausa de las suyas, de medir—. Igual esa era la pregunta de Fergus.

No «a ver si sabes gastar». «A ver si sabes querer algo. »

—¿Y sabes?

—Estoy en periodo de prueba. —Me miró—. ¿Y tú? Día cuarenta y uno. Madrid, la plaza, el plan.

Lo dije en voz alta, el plan, la casilla, el despacho con mi nombre en la puerta de cristal, y me sonó a leído, como suenan las fórmulas de los juramentos cuando las dice alguien que está pensando en otra cosa. Se lo confesé también, porque el día era así:

—Me ha sonado a leído.

—Ya.

—No me digas «ya».

—Es que llevo semanas oyéndote el plan y hoy es la primera vez que lo recitas. Antes lo decías.

Los carpinteros afinan el oído lijando, por lo visto.

Me callé, y en el callar hice una cuenta que no estaba en ninguna casilla: en mi tierra hay tres mil horas de sol al año.

Me las sé como se sabe una el sueldo. Y llevo toda la vida administrándolas con riego por goteo, gota a gota, cada hora a su surco, convencida de que el tiempo sin asignar se evapora.

Y hoy he regado a manta. A manta, como regaba la huerta antigua: soltando el agua entera de una vez, con derroche de otra época, sin medir.

Y no se ha evaporado nada. Ha llegado todo a alguna raíz, incluida una que yo no sabía que tenía plantada tan al norte.

Comimos los bocadillos —dos por cabeza, esquinas del papel a escuadra— y el té con la aportación secreta de Eilidh, que convertía el termo en un pequeño incendio portátil.

La marea hizo lo suyo sin consultar mis impresos.

A media tarde, o lo que fuera, porque las horas ya eran rumores, él se quedó dormido diez minutos sobre la manta, con las manos cruzadas encima como un efigie de sí mismo, y yo lo miré dormir con el descaro de quien no tiene testigos, y monté y desmonté tres futuros enteros, y no apunté ninguno, y no pasó nada por no apuntarlos: seguían allí al despertarse él, esperándome, como el agua en el pantano.

Volvimos al sendero cuando la luz empezó a recogerse, que aquí lo hace despacio y de lado, y en la furgoneta, antes de arrancar, miré la guantera donde dormían mi reloj y mis mareas, y no la abrí.

«ACTA N.º 10 — Día 30 del plazo.

En Strathdreich, miércoles, a una hora que la letrada desconoce por causas reglamentarias, la que suscribe HACE CONSTAR:

Primero. Nada.

Segundo. Que se ratifica el punto primero, ejecutado durante una jornada completa en la playa de Ardsholm por el heredero y por esta letrada, en cumplimiento del ítem décimo, con testigos: una isla, treinta y una ovejas censadas a ojo y un chubasco con nombre propio que no consta.

Tercero. Que el gasto del día, en dinero, ha sido de cero libras, y que ha sido con diferencia el día más caro del expediente. Esta letrada renuncia a explicar la aritmética anterior, que le sale y no le cuadra, o al revés.

Cuarto. Que se han recolectado nueve conchas sin valor de mercado, actualmente en el alféizar de la habitación de la que suscribe, ordenadas de menor a mayor porque hay costumbres que sobreviven a cualquier playa.

(Anotación al margen, sin valor certificante: hoy la letrada ha regado a manta. Quien entienda la expresión, entiende el día. El trayecto de regreso se consigna en expediente aparte, que no existe, que no existirá, y que la letrada se sabe de memoria.)

Doy fe.»