Escocés hasta en el amor Capítulo 20 — Ítem 10 Presupuesto en blanco
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Capítulo 20 — Ítem 10 Presupuesto en blanco

De los tres ítems que me quedaban, el décimo era el que llevaba un mes esquivando, y eso que incluye uno en el que tengo que volar a otro país y otro en el que tengo que regalar lo único que no tiene precio en mi inventario.

«Gasta un día entero. En nada. Con alguien.»

Los otros eran dinero. El dinero duele por un sitio conocido, con su tarifa y su ceja.

Esto era tiempo, y el tiempo yo no lo malgasto: lo tengo todo colocado, de siete a siete, desde hace dieciséis años.

Un día entero en nada es agujerear la semana a propósito, y los agujeros, en mi oficio, son lo primero que se tapa.

Estudié la letra buscando descuentos. ¿Contaba un domingo?

Los domingos ya vienen medio perdidos de fábrica; gastar uno sería pagar con moneda devaluada.

Lo descarté yo solo, sin necesidad de letrada: el viejo decía «gasta», y gastar lo que no vale no es gastar, es fingir.

Si había que quemar un día, se quemaba de los buenos.

Elegí el miércoles. Un miércoles laborable, en plena semana, con encargos en el banco y la sierra fría: el día más caro del mercado.

Quedaba el «con alguien». Hice la lista de candidatos con el rigor de siempre. La lista tenía un nombre. Los procesos de selección de esta casa son así de rápidos cuando el corazón lleva semanas haciendo el trabajo sucio del departamento de compras.

Lo que no tenía era la manera de decirlo, así que lo dije en mi idioma. Saqué el talonario de presupuestos —«MacRae. Carpintería. Presupuesto n.º…»—, que es un documento serio, con membrete y copia en papel carbón, y rellené uno:

Cliente: R. Salmerón. Concepto: un día entero. En nada. Materiales: por determinar. Tendiendo a ninguno. Mano de obra: no aplica. Es el punto. Total: —. Forma de pago: presencia. Fecha de ejecución: mañana, 9:00.

Se lo llevé al pub el martes a media tarde. Estaba en su mesa del rincón con el expediente, y le puse el papel delante como se ponen los presupuestos: sin adornos y por su lado de leer.

Lo leyó dos veces. La segunda más despacio, como leen los abogados lo que les gusta y no quieren que se note.

—¿Esto es el ítem diez?

—Es la parte del «con alguien». Necesitaba un alguien. Hice una lista de candidatos.

—¿Larga?

—Tenía un nombre.

Se quedó mirando el papel un poco más de lo que el papel daba de sí. Luego empezó lo que yo ya me esperaba, porque conozco a mi cliente: la resistencia por vía de intendencia.

—¿Y el plan?

—No hay. Es el concepto.

—Un plan mínimo. Adónde vamos.

—A un sitio. Se conduce una hora y se llega.

—¿Qué llevo?

—Nada. Llevo yo lo de no morirse: comida, termo, mantas. Eso no es plan, es intendencia. La intendencia no cuenta: cuenta que no se muera nadie.

—¿Y si llueve?

—Nos mojamos. Estamos en agosto: lloverá con buena intención.

—Horario de vuelta.

—Cuando se acabe el día. Los días se acaban solos, llevan haciéndolo sin supervisión desde antes de los relojes. —Y ya que salía el asunto—: Los relojes, por cierto, se confiscan al embarcar. El suyo incluido. Norma del ítem.

—Esa norma no está en el testamento.

—Está en el presupuesto. Cláusula verbal. Acaba usted de oírla.

La vi hacer lo que hago yo delante de los gastos grandes: buscar la salida por el articulado y no encontrarla, porque no la había, porque un día en nada no tiene articulado, que es exactamente lo que el viejo le compró a su nieto con este ítem.

Le vi el vértigo. Lo reconocí de vista: es el mismo que puse yo delante de la ronda del pub, el de quien va a pagar en su moneda cara.

La suya no lleva la cara del rey; lleva casillas.

Sacó el bolígrafo. Pensé que iba a enmendar el presupuesto, a meterle condiciones por los márgenes. Escribió una sola palabra al pie, donde firman los clientes, y me devolvió el papel.

Conforme.

—Sin plan —dijo, y le salió una voz de estar firmando la rendición de una plaza fuerte—. Que conste que firmo sin plan.

—Consta —dije, y me guardé la copia en carbón, que hay documentos que un hombre archiva en la caja de las escrituras aunque el importe sea una raya.

El resto del martes lo dediqué a la intendencia negada: bocadillos con el papel encerado doblado a escuadra, el termo grande, dos mantas de la furgoneta y una gestión con Eilidh que se resolvió con una petaca «para el termo, y ni una palabra».

También miré, por tercera vez esta semana, los vuelos a Almería, que salen de Edimburgo con escala y precios de secuestro: el ítem once espera al otro lado de Europa con su enigma dentro, y el doce, el doce lo tengo sin presupuestar.

Mentira. Lo tengo presupuestado hasta el último penique desde hace tiempo.

Lo que no tengo es el valor de firmar el gasto, porque es el único de la lista que no se puede devolver.

Quedaban once días y tres ítems, y mañana, un miércoles entero comprado a precio de mercado para quemarlo en nada con la única persona que ha firmado «conforme» a mis condiciones sin leerse la letra pequeña, entre otras cosas porque la letra pequeña soy yo, y esa todavía no se la he dado a leer entera.