Capítulo 19 — El aval
El audio de mi madre duraba cuatro minutos y once segundos y lo escuché entero dos veces, cosa que no me pasaba desde que existen los audios de mi madre.
El noventa por ciento era el parte habitual: que la lavadora de la Puri ha muerto centrifugando, «con lo joven que era»; que el novio de Huércal ha resultado ser de Viator, «que no es lo mismo aunque tu prima diga que sí»; que el pantano ha subido al treinta y cuatro «con las tormentas de la semana pasada, fíjate, algo es algo»; y que me deja ya.
Pero en el minuto dos y medio, entre la lavadora y el pantano, mi madre dijo, con el mismo tono de inventario: «Ah, y el jueves hizo diecisiete años de lo del invernadero.
Tu padre estuvo todo el día callado, ya sabes cómo se pone con las fechas, le hice arroz y no dijo ni que estaba bueno, o sea que estaba pensando.
Bueno, te dejo, que no quiero enrollarme. »
Diecisiete años. Yo tenía doce y estaba fuera de una oficina con aire acondicionado, y llevo diecisiete construyendo una vida en la que nunca más se espera fuera.
Ayer, en la tapia, le prometí a un hombre que hoy le contaría una cosa.
Las promesas hechas junto a tapias también obligan; lo dice una costumbre que me estoy inventando pero que pienso cumplir como si fuera del Código.
Fui a la carpintería a las seis, con las firmas pendientes de verdad —los anexos del ceilidh y de las flores, que llevaban dos días criando polvo por causas imputables a las dos partes— y con el discurso sin preparar aposta, porque los discursos preparados son para los jueces y esto era otra jurisdicción.
Él estaba montando el condensador nuevo, que había llegado por fin de Glasgow en una caja con más precinto que un sumario, y el amplificador del Regal convalecía en el banco con las tripas al aire.
—¿Sobrevivirá?
—Sonará mejor que en 2003. —Apretó un tornillo con un cuarto de vuelta exacto—. La pieza es soviética de fabricación búlgara. Esas dos palabras juntas duran más que yo.
Firmé los anexos. Y luego, en lugar de irme, me quedé mirando cómo trabajaba, y él, sin levantar la vista, hizo lo que hace este hombre cuando ha entendido todo: me acercó con el pie el taburete alto y me puso en las manos un taco de lija y un listón, «canto romo, sin prisa», porque en esta carpintería se ha establecido, sin firmarse, que las palabras difíciles salen mejor con las manos ocupadas.
Lijé. Y conté.
Le conté lo de Andrés, que era socio de mi padre y era «como un hermano», con las comillas puestas a mano diecisiete años después.
Los invernaderos de El Ejido, seis hectáreas de plástico que mi padre levantó desde peón, el tomate en rama que salía camino de media Europa.
Le conté las firmas: que Andrés necesitaba avales para ampliar y mi padre firmó donde le dijeron, con las dos manos, sin leer, porque leer los papeles de un hermano es ofenderlo, eso decía.
Que Andrés desapareció en marzo de 2009 con la ampliación cobrada y las deudas sembradas, y que todo lo demás fue papel: embargos, la casa, el abogado de Madrid explicándole a mi madre en una oficina fría que la ley estaba correctamente aplicada.
Que mi padre trabaja hoy de encargado en el invernadero que fue suyo, a las órdenes de un fondo que lo compró en el juzgado, y que jamás, ni una vez en diecisiete años, ha hablado mal de Andrés en mi presencia, porque hay hombres que prefieren cargar la vergüenza ajena a repartirla.
Le conté lo del plan. Que a los doce años decidí que la improvisación es la ruina con buena prensa, y que desde entonces vivo por escrito: carrera elegida a los trece, oposición de mesa camilla, el despacho, y un plan a cinco años plastificado que llevo en el bolso como otras llevan una medalla, y por el mismo motivo.
Él lijaba su pieza y escuchaba con el cuerpo, que es como escucha: parando las manos en los datos importantes.
Las paró en las dos manos de mi padre firmando.
Las paró en la oficina con aire acondicionado.
Cuando terminé, dejó la herramienta, se limpió el serrín con el trapo, despacio, dándose tiempo, y dijo:
—Mi padre firmaba igual. Con las dos manos. —Miró el amplificador abierto—. Solo que el suyo firmaba confianza y el mío firmaba humo. Al final el papel les dio lo mismo a los dos: se lo comieron otros.
—Tú blindaste la cartera —dije—. Yo blindé la agenda.
Se quedó con la frase como se queda él con las cosas: sin tocarla, mirándola por los cantos.
—Dos cerrajeros —dijo al fin—. Hijos de dos puertas abiertas.
Y ninguno de los dos siguió por ahí, porque a medias era exactamente la profundidad correcta, y porque él entonces cogió mi listón, pasó el pulgar por el canto que yo llevaba media hora lijando, y dictaminó «romo» con una satisfacción de maestro de taller que valía por todos los pésames del mundo, y me enseñó a encerarlo, y en el traspaso de la muñequilla de cera coincidieron las manos un momento sobre la madera tibia, y la madera, que estaba delante, es la única que sabe cuánto duró el momento, porque nosotros a esas mediciones ya hemos renunciado oficialmente.
Villalba acusó recibo del expediente escaneado a las 20:40.
Su mensaje completo: «Recibido. Completo, ¿verdad?
» Cuatro palabras y un signo de interrogación que se quedó encendido en la pantalla como una luz de dormitorio al doblar una esquina.
Completo. Respondí «Íntegro conforme a inventario», que es verdad, que es toda la verdad del inventario, y me quedé un rato con el móvil en la mano, oyendo el canalón.
«ACTA N.º 9 — Día 28 del plazo.
En Strathdreich, lunes, siendo las 23:20, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que se han incorporado al expediente los anexos pendientes de los ítems quinto y séptimo, debidamente firmados.
Segundo. Que el equipo de sonido del cine Regal ha quedado reparado con cargo al fondo vecinal, quedando el ítem sexto, ya certificado, además restaurado, que no era exigible y se consigna porque alegra.
Tercero. Que el ítem noveno fue ejecutado ayer mediante el depósito de una carta en el buzón de la pared del establecimiento Fraser, presenciado por esta letrada, y recogido el envío en la mañana de hoy por el servicio postal a las 9:04, con solemnidad superior a la reglamentaria.
Cuarto. Que quedan pendientes los ítems décimo, undécimo y duodécimo, y trece días de plazo.
(Anotación al margen, sin valor certificante: hay firmas que no constan en ningún papel y obligan más que las protocolizadas. Esta letrada ha empezado a tener una así. Se cierra el paréntesis antes de que diga dónde, que las actas también tienen pudor.)
Doy fe.»