Escocés hasta en el amor Capítulo 18 — Ítem 9 La carta
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Capítulo 18 — Ítem 9 La carta

El primer borrador lo escribí a las siete de la mañana y decía todo lo que llevo veintiocho años sin decir. Lo rompí a las siete y cuarto, porque el ítem decía «escribe una carta», no «dispara».

Domingo. La carpintería cerrada, el pueblo en la tregua lenta de después de borrasca, y yo en la mesa de la cocina con el taco de folios, el bolígrafo bueno y la dirección de Alberta copiada del sobre de la última felicitación de Navidad, que llegó el nueve de enero, como todas, porque en enero bajan los sellos y mi padre es fiel a sus fidelidades.

Catorce borradores. Los llevé por partidas, como llevo los desastres.

El sexto era comprensivo y me duró media página, hasta que me leí comprendiendo y me di asco, porque comprender también puede ser una manera de mentir con buena letra.

Del séptimo al décimo no me acuerdo y es mejor así.

El undécimo lo escribió el chico de once años y no lo rompí: lo guardé en el cajón de la cocina, porque a ese no se le rompen las cosas, bastante tuvo.

El decimosegundo y el decimotercero fueron ensayos del definitivo, cada uno más corto, como quien cepilla una tabla y va quitando hasta que aparece la veta y entonces para, porque pasarse de la veta es empezar a estropear.

El decimocuarto decía esto, y lo copio aquí porque esta libreta mía no la lee nadie y porque un hombre debe saber qué ha firmado:

«Ewan:

El abuelo ha muerto. Me ha dejado la carpintería, la casa y un encargo largo que voy cumpliendo.

Las deudas del 98 están pagadas desde 2011. Lo sabías. Te lo pongo por escrito para que quede en algún papel que no sea mío.

Te escribo porque él me lo ha mandado, y porque he hecho cuentas: cargar contigo me sale caro y llevo mucho tiempo pagando un almacén por algo que no uso. Lo dejo. No es perdón. Es cierre de ejercicio.

No hace falta que contestes. Si contestas, que sea corto. Es lo nuestro.

Callum.»

Lo metí en el sobre, pegué el sello —de los normales, de agosto, a precio de agosto— y a las seis de la tarde bajé al buzón de la pared de Fraser, y no fui solo, porque a las cinco y media le había mandado un mensaje a la letrada que decía «Ítem 9.

Buzón de Fraser, 18:00. Sin acta hasta mañana, la recogida es a las nueve» y ella contestó «Allí estaré» sin una sola pregunta, que ya era el primer regalo del día y todavía no lo sabía yo.

Vino con el chubasquero amarillo, que ha aprendido a llevar por encima de otro impermeable de verdad, en un sistema de doble capa que es lo más almeriense que he visto en mi vida: la capa que funciona y la capa que se niega a admitir la derrota.

Caminamos hasta la pared de Fraser sin hablar.

El buzón es rojo, viejo, con la boca a la altura del pecho y las horas de recogida en una chapa que Hamish repinta cada primavera porque el cartero es él y la chapa es su escudo.

Me quedé delante con el sobre. Y aquí viene lo que quiero dejar asentado con todo el peso de mi letra: ella no dijo nada.

No preguntó qué ponía. No dijo «¿estás seguro?

», ni «es un gran paso», ni ninguna de las frases que la gente deja caer sobre los sobres ajenos para participar de ellos.

Se quedó a mi lado, a la distancia de los que están, con las manos en los bolsillos del chubasquero inútil, mirando la calle mojada como si la calle mojada fuera un asunto que requiriese supervisión, y me dejó el buzón entero para mí.

Eché la carta. La tapa hizo clac. El sobre cayó dentro con el ruido de las cosas que caen donde ya no se alcanzan, que es un ruido que este mes conozco, y la carta dejó de ser mía a las seis y siete de la tarde de un domingo, aunque técnicamente dormirá en la tripa del buzón hasta que Hamish la recoja mañana a las nueve y le dé, conociéndolo, la solemnidad de un parte: correspondencia con destino ultramar, viento favorable.

—Ya está —dije.

—Ya está —dijo ella.

Y nada más. Caminamos de vuelta por el pueblo húmedo, a mi paso o al suyo, se nos ha ido mezclando el paso estas semanas y ya no sé de quién es la velocidad, y en la tapia del huerto de la iglesia nos paramos sin motivo, porque hay tapias que paran a la gente, y estuvimos un rato mirando cómo el cielo se deshacía de las últimas nubes de la borrasca con esa lentitud de aquí, de país que no tira nada.

—Escribe en enero —dije, porque algo mío quiso darle una cosa a cambio del silencio—. Mi padre. Las navidades llegan el nueve de enero, cuando bajan los sellos. Lleva veintiocho años felicitándome las fiestas con descuento.

Ella no se rio, que era lo fácil, ni se puso grave, que era lo cómodo. Asintió despacio, como quien recibe un dato para un expediente que lleva en secreto, y dijo:

—Mañana le cuento yo una cosa. Hoy no toca. Hoy es domingo suyo.

Y me pareció un trato justo, y los tratos justos se cierran callando, así que lo cerramos así.

En casa, guardé el borrador undécimo donde estaba, en el cajón de la cocina, junto al botón de cuerno que sigue en la balda sin cuenta asignada.

Empieza a haber en esta casa una contabilidad paralela de cosas que no producen, no rinden y no se tiran.

Mi abuelo tenía una lata así, me juego la carpintería.

Todos los de mi sangre acabamos teniendo una lata así; lo nuestro es elegir el tamaño.

Quedaban trece días. La carta viajará más despacio que el plazo. Por primera vez en un mes, hay algo mío por el mundo que no tiene fecha de entrega, y no me está doliendo lo que estaba presupuestado.