Capítulo 17 — El dron
La borrasca se marchó de madrugada dejando el pueblo como deja mi madre una cocina discutida: limpio, húmedo y con las cosas cambiadas de sitio.
El sábado amaneció de recogida general —una carpa vencida, el tenderete de los sándwiches en el huerto de al lado, tres tejas de la iglesia en paradero conocido porque las encontró el reverendo con el pie— y en mitad de aquella intendencia comunal, a eso de las once, el cielo empezó a zumbar.
—¡Lo sabía! —Dougie soltó la carpa que sujetaba, que era una manera de informarnos a los demás de que ahora la sujetábamos nosotros—. ¡Ahí está el pájaro! ¡Llevo semanas diciéndolo!
El pájaro era un dron blanco, de los caros, que sobrevoló la plaza a media altura, se detuvo sobre la carpintería con un descaro de turista, siguió hasta la casa de Agnes, dio una pasada al pub y vino a quedarse suspendido sobre nosotros con su ojito de cristal, mientras yo repasaba mentalmente el reglamento de aeronaves no tripuladas —distancias a personas, a edificios habitados, seguro de responsabilidad— y componía en voz alta, para el público presente, una relación de infracciones que Morag me pidió por escrito «para la causa».
La causa no hizo falta. La resolvió el clima, que aquí es parte procesal: una racha de las que la borrasca se había dejado olvidadas cogió al dron en mitad de una floritura y lo estampó, con precisión municipal, contra el canalón de Morag.
El canalón, instalado hace tres semanas por mano conocida, no se movió un milímetro.
El dron cayó al huerto en dos piezas y media.
Morag lo tuvo confiscado antes de que dejara de girar la última hélice.
—Objeto caído en propiedad privada —proclamó, sosteniéndolo como una gallina rara—. Se custodia y se tasa. La tasación la hace la banca.
Malcolm llegó veinte minutos después en el coche eléctrico, con el mando del dron todavía en la mano y una versión de los hechos ya editada:
—Estaba haciendo tomas aéreas del patrimonio comarcal. Contenido paisajístico. Nada que ver con…
—Nueve y medio —dijo Morag.
—¿Nueve y medio de qué?
—De interés. Es lo que le está costando a usted el leasing de ese coche, según la pestaña «PERSONAL» de su propia hoja de cálculo. —Morag pasó una página de la libreta sin prisa—. Un hombre que paga un nueve y medio no hace tomas paisajísticas. Hace tonterías.
Porque eso había pasado a primera hora, y me lo había perdido por estar amarrando la carpa: Malcolm había enviado a sus oyentes el enlace de su «Auditoría MacRae.
Documento de trabajo» —columnas de fechas, importes especulados de los ítems, celdas en rojo con rótulos como «¿maíz?
» y «ronda: verificar»— y el enlace, por obra de la prisa o de la justicia, daba acceso al libro entero.
Isla lo descubrió en la wifi del pub, lo proyectó en la tele de los partidos «para que se viera bien», y a las diez de la mañana Strathdreich desayunaba con las finanzas personales del hombre que enseña a ahorrar a ciento treinta mil personas: tres tarjetas al límite, el leasing al nueve y medio, dos plazos vencidos de un «Máster en Trading Cuántico» y una celda, mi favorita, titulada «devolver a mamá».
El pueblo no se rio. Eso fue lo notable y lo consigno como se consignan los fenómenos: nadie se rio.
Miraron la pantalla con la seriedad con que se mira una radiografía ajena, Eilidh la apagó a los dos minutos —«ya está visto»—, y cuando Malcolm entró después a exigir su dron y explicó lo del patrimonio comarcal, lo trataron con una piedad práctica que debió de dolerle más que cualquier burla: Agnes le mandó un táper con Isla, «que ese chico come de gasolinera», y Tam le ofreció su silla.
El rescate del dron se pactó en quince libras, destinadas al fondo del condensador. Malcolm pagó con el móvil, tres intentos.
Con lo de la pancarta casi coincidieron, y aún no sé si fue coordinación o mala suerte compartida: a la una llegó de Kirkbraw un coche oficial con banderines, y de él bajó el alcalde Fairweather en persona, peinado contra el viento local con algún producto que el viento local no conocía, seguido de dos concejales que desplegaron ante la fachada del Regal una pancarta que decía «VEN A SECARTE A KIRKbrAW» mientras el alcalde posaba para una foto «en solidaridad con el patrimonio comarcal», que por lo visto era la expresión del día en el bando enemigo.
El pueblo cerró filas sin moverse, que es como se cierran las filas aquí. Fairweather pidió tres cafés en el pub para la comitiva.
—Se nos ha estropeado la máquina —dijo Eilidh, con la máquina bufando a su espalda como una locomotora sana.
—La oigo funcionar.
—Funciona. Estropeada para usted.
Se fueron a los veinte minutos, con su pancarta y sin cafés, y Hamish salió a la puerta a comunicarle al coche oficial, por megafonía pulmonar, el pronóstico extendido: «¡Lluvia aquí toda la semana! ¡Presuman de sol mientras puedan, que el récord es nuestro!»
A Malcolm lo encontré al irse, junto a su coche, metiendo el dron roto en el maletero con una delicadeza rara, y tuvo el detalle de estropearme la lástima que empezaba a tenerle:
—Esto no ha acabado, letrada. Un documento de trabajo filtrado no invalida el trabajo. —Cerró el maletero—. Y dígale a la del pub que guarde bien los papeles. Los recibos de aquella famosa ronda, por ejemplo. Para mis archivos.
—Los recibos del pub son del pub —dijo Eilidh desde la puerta, que tiene el oído de las profesionales de barra, calibrado a conversación inconveniente.
Malcolm se fue. Y a mí se me quedó la palabra «ronda» dando vueltas donde llevaba días aparcada la cifra redonda, trescientas justas, y esta vez la punzada duró una frase entera antes de que la archivara: los pubs redondean, los amigos redondean, el mundo redondea, y una fedataria que empieza a auditar la generosidad ajena ha empezado a trabajar para el bando equivocado.
La archivé. Cada vez me cuesta un movimiento más, como esos cajones que avisan.
«ACTA N.º 8 — Día 26 del plazo.
En Strathdreich, sábado, siendo las 22:40, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que se eleva a definitiva la certificación provisional del ítem séptimo, ejecutado en la noche de ayer en el salón parroquial: el heredero bailó, sobrio, delante de testigos en número superior a sesenta, durante dos horas y cuatro bailes, con una pisada computable a persona consagrada.
Se ratifica literalmente la fórmula leída en el acto: doy fe de que el sujeto bailó, si a eso puede llamársele bailar.
Segundo. Que el beneficio del evento, doscientas doce libras incluida una aportación anónima de cuarenta cuya autoría conoce todo el término municipal, se destina al fondo de reparación del equipo de sonido del cine.
Tercero. Que en el día de hoy una aeronave no tripulada operada por don Malcolm MacRae ha sobrevolado el municipio con infracción de las distancias reglamentarias, resultando derribada por el viento contra un canalón de reciente instalación, que resistió.
La aeronave ha sido rescatada por su operador previo pago de quince libras al fondo citado.
La relación de infracciones se adjunta por si alguna autoridad la quiere, que lo dudo.
Cuarto. Que una delegación del Ayuntamiento de Kirkbraw ha desplegado publicidad ante el cine Regal y ha intentado sin éxito la adquisición de tres cafés. Se consigna la avería selectiva de la máquina como uso local.
(Anotación al margen, sin valor certificante: anoche, a la puerta del salón, faltó nada. Nada, en mi tierra, es lo que le falta al pantano: se dice en una palabra y se nota todo el año. Se cierra el paréntesis por prudencia y por Hamish, por este orden.)
Doy fe.»