Capítulo 16 — Ítem 7 El ceilidh
El jueves, en la cena, Agnes apartó la mesa sin previo aviso, puso una escoba de testigo y me marcó el Gay Gordons en su cocina hasta que me salió sin contar en voz alta.
—Los pies ya los tienes —dictaminó, devolviendo la mesa a su sitio—. Lo que te sobra es el freno de mano. Mañana lo sueltas, que para eso pago yo la entrada.
—La entrada la pago yo, Agnes. Es mi ítem.
—Tu ítem es bailar. Lo demás lo decide la organización, y la organización soy yo desde que Eilidh me dejó hacer los sándwiches.
El ceilidh se montó en el salón parroquial, que técnicamente no es la iglesia pero el reverendo Buchanan lo contó como asistencia, y a beneficio del Regal: entrada, cinco libras; barra, de Eilidh; música, la banda de siempre que no existía hasta ayer —el acordeón del viejo Tam, que se despierta para tocar, el tambor de Dougie y el violín de Isla, que resultó tocar el violín como quien lleva años guardándoselo—.
En la puerta, un tarro con un cartel de mi letra: «FONDO CONDENSADOR.
Lo que caiga.» El cartel lo escribí yo, así que sabía exactamente lo que iba a caer de mi bolsillo: pagué mi entrada, y después, sin testigos que yo hubiera convocado y con todos los que este pueblo convoca solos, metí cuarenta libras en el tarro.
La ceja hizo su asiento, dos apuntes. Senga lo vio desde la mesa de los sándwiches y no dijo ningún título, que en ella es la máxima expresión del respeto.
Del baile diré lo que dirían las actas si las escribiera yo: se ejecutó.
Morag me reclamó el primero por derecho de acreedora histórica y me llevó por el Gay Gordons como se lleva un remolque por un puerto de montaña: con autoridad y avisando poco.
El segundo fue el malo, el Strip the Willow, que es un baile diseñado por alguien que odiaba a los hombres grandes: dos filas, giros encadenados, y cada pareja te pasa a la siguiente como un cubo en un incendio.
Bailé con el pueblo entero. Con Eilidh, que gira como una puerta bien engrasada.
Con Agnes, que me clavó dos correcciones al oído sin perder el paso.
Con Isla, violín en mano, que giró conmigo sin dejar de tocar, cosa que la física no permite y ella no consultó.
Con la letrada dos veces, porque el baile rota y la aritmética quiso, y las dos veces la aritmética me pareció, por primera vez en mi vida, un sistema mejorable por escaso.
Pisé a una persona: al reverendo, que ni siquiera bailaba, lo cual tiene mérito estadístico.
Los apostantes del «pisa a alguien, cinco a uno» discutieron si un párroco en la zona de paso computa, y Morag, con la banca en la mano, dictaminó que computa, «que para eso está consagrado, para sufrir por la comunidad».
Sudé el jersey nuevo, el azul. Perdí el freno de mano en algún punto entre el tercer baile y el cuarto, como Agnes había ordenado.
Y en el vals final —el St Bernard's, que es el único baile de la noche donde uno elige y se está quieto en la misma persona— la elegí a ella, o ella a mí, la instrucción salió simultánea y no consta el autor, y bailamos un vals entero a la distancia reglamentaria de los valses de salón parroquial, que es una distancia que existe para ser un problema.
Al acabar, la letrada subió al pequeño estrado de la banda, pidió silencio con la carpeta y leyó, en voz alta y con voz de juzgado:
—Certificación provisional del ítem séptimo. Doy fe de que el sujeto bailó, si a eso puede llamársele bailar.
El salón entero rompió a aplaudir la frase, que es exactamente la clase de justicia que este pueblo entiende. Podría haberla recurrido. La dejé pasar: era exacta.
Salí a la puerta a que el aire frío hiciera su trabajo, y ella salió detrás, o yo salí porque ella iba a salir, tampoco consta el autor, y nos quedamos bajo el alero del salón parroquial con la música amortiguada a la espalda y la noche delante, oliendo a hierba mojada de ayer y a lana caliente de ahora.
—Cuarenta libras al tarro —dijo—. Lo he visto.
—Error de cambio.
—Dos billetes de veinte. Un error muy estructurado.
—Estaba distraído. Llevo toda la noche haciendo cálculos de rotación.
—¿Y qué salía?
—Que el Strip the Willow está mal diseñado. Catorce parejas y a usted la cruzo dos veces. Hay bailes con mejor rendimiento.
—¿Cuáles?
—El vals. El vals tiene un rendimiento…
No terminé la frase porque se había acabado la distancia.
No sé en qué momento se acabó; yo llevo la contabilidad de casi todo y de eso no hay asiento.
Quedaban ocho centímetros, calculados a ojo de carpintero, que no falla en distancias cortas, y los dos estábamos en el negocio de reducirlos, sin prisa, con esa atención con que se acerca uno a las cosas que llevan semanas acercándose solas, y entonces la puerta del salón se abrió de una patada administrativa y Hamish ocupó la noche entera con su cuerpo y su cargo.
—¡Borrasca de categoría! —bramó, con la gorra ya puesta, señalando el oeste como se señala a un culpable—. ¡La gorda! ¡Entra a medianoche! ¡Las carpas del patio, los toldos de Eilidh, el tenderete de los sándwiches! ¡Todo el mundo que tenga manos!
Yo tengo manos. Es un hecho notorio en el término municipal.
Pasé la media hora siguiente amarrando carpas, plegando toldos y metiendo mesas con Dougie, bajo las primeras gotas gordas de una borrasca que llegó puntual como todo lo que anuncia Hamish, y ella adentro, ayudando con los sándwiches y saliéndome en todos los cálculos.
Ocho centímetros. Los apunté donde apunto lo que no entiendo, en el archivo que crece solo. Y esta vez, al asentarlos, me di cuenta de que la cuenta ya tiene nombre. Lo tiene desde hace tiempo. Lo que pasa es que en mi casa los nombres, como todo, se gastan con cuidado.
Quedaban quince días y una borrasca. De las dos cosas, la borrasca era la que se iba a ir.