Capítulo 15 — Ítem 5 Flores, dando la cara
Villalba llamó a las nueve y dos del lunes, que en su huso horario es el amanecer de la facturación.
—Su escrito. —Ni buenos días; los buenos días son de las personas que no van a decirte lo que viene—. Tomamos nota. La interpretación estricta no es negociable, pero admito que su párrafo de la imparcialidad estaba bien armado. Casi lo enmarco.
—Gracias.
—No era un elogio, era un aviso: la próxima vez que me cite usted mi propio contrato, que sea para cumplirlo. Y otra cosa. Quiero copia íntegra del expediente en Madrid. Actas, anexos, justificantes escaneados. Custodia centralizada.
—El expediente está custodiado aquí, conforme a…
—Conforme a que lo quiero el miércoles. —Papeles al fondo, agitándose—. No es desconfianza, Salmerón. Es que la confianza no se audita, y yo solo trabajo con cosas que se auditan.
Colgó él. Pasé la mañana escaneando mi propio trabajo con la sensación exacta de estar haciéndole la maleta a alguien que no se va de viaje, y a las cuatro de la tarde, cuando el heredero se plantó en la puerta del pub con la furgoneta en marcha y me dijo «ítem quinto, hoy, requiere desplazamiento», subí a por la carpeta con un alivio que no pienso desglosar.
—Esto ya lo he vivido —le dije, abrochándome el cinturón—. La otra vez había una caja en este asiento.
—Hoy el asiento va de vuelta. Lo que compremos viaja ahí.
—¿Y qué compramos?
—Flores. Del ramo caro. —Cambió de marcha como quien firma una hipoteca—. Lo dice el ítem, no yo.
La floristería de Inverfarr se llama Marigold's, huele a agua verde y la lleva una mujer con delantal de lona que nos vio entrar —él delante, midiendo el local como se mide un presupuesto; yo detrás, midiendo su nuca, a efectos periciales— y preguntó en qué podía ayudarnos con la prudencia de quien ha visto de todo en el sector.
—Necesito el ramo caro —dijo él—. El objetivamente caro. ¿Tiene lista de precios?
—Tengo ramos.
—Ya. ¿Pero cuál es el más caro?
—Depende de lo que quiera decir.
—No quiero decir nada. Quiero pagar lo máximo. —Pausa; la florista y yo cruzamos una mirada de socorro mutuo—. Es un requisito testamentario.
—Ah —dijo la florista, como si eso pasara—. Entonces peonías. Fuera de temporada, vienen de Holanda, y a estas alturas de agosto cuestan un disgusto.
—¿Cuánto disgusto?
—Cuarenta y cinco el ramo grande.
Le vi hacer el duelo interior completo, las cinco fases en cuatro segundos, y luego preguntó, con una seriedad que la florista tardará años en olvidar:
—¿Y no tienen ramos de exposición? De muestra. Con algún defecto. De segunda mano.
—Señor mío, las flores son todas de segunda mano. Se las quitamos a las plantas.
Se llevó el grande. Cuarenta y cinco libras, pagadas billete a billete, y al soltar el último la ceja se le venció como se vencen las tomateras a mediodía.
La florista envolvió las peonías en papel de estraza, me miró a mí, lo miró a él, sacó sus conclusiones florales y le regaló una ramita de eucalipto «por la conversación».
En el coche, el ramo viajó en el asiento de en medio, con el cinturón puesto, y yo llevé la especulación en el regazo todo el camino.
Del ramo caro, a una mujer que no sea tu madre, y da la cara al entregarlas.
¿Senga, por el cine? ¿Eilidh, por todo? ¿Agnes, aunque técnicamente Agnes ya cobra en jueves?
Hice mi lista de candidatas con rigor de proceso y una tranquilidad de superficie que se me iba agrietando por la base, porque había una candidata que mi lista se negaba a escribir y el pulso me la escribía solo.
—¿A quién…? —empecé, a la altura del lago.
—El ítem dice que dé la cara al entregarlas. Verá usted la cara cuando la dé.
—Necesito saberlo para preparar la certificación. Testigos, lugar…
—El lugar es la puerta del pub. Los testigos se convocan solos en este pueblo. Y la certificación —me miró un segundo, volvió a la carretera— igual esta vez le toca prepararla sobre la marcha, letrada. Improvise. Dicen que se sobrevive.
Aparcó en la plaza a las seis y cuarto, hora de máxima audiencia: el dominó saliendo, Hamish con el parte dado, Morag en su ventana del pub como un palco.
Bajó con el ramo en la mano izquierda —cuarenta y cinco libras de peonías holandesas en un puño que ha torneado levas— y dio la vuelta a la furgoneta, y me abrió la puerta, cosa que no había hecho nunca, y me tendió las flores delante del pub entero con la otra mano ocupada en sacarse del bolsillo un papel doblado en cuatro.
—Ítem quinto —dijo. Y me dio la cara, que era una cara seria con un incendio pequeño detrás, y el papel.
El papel decía, en letra a escuadra:
«ACTA SIN NÚMERO — Día 21 del plazo. Comparece el heredero y HACE CONSTAR: Primero.
Que el ítem quinto exige flores del ramo caro a una mujer que no sea su madre.
La destinataria cumple el requisito con holgura.
Segundo. Que ha dado la cara, que era la parte difícil, porque la cara del que suscribe lleva un mes trabajando por cuenta ajena.
Tercero. Que la destinataria podrá certificar el ítem o recusarse por interés en el asunto, pero se le recuerda que las flores no se devuelven. Doy fe de lo que puedo.»
El pub aplaudió con esa mesura local que ya me sé, alguien silbó el silbido del duelo —Dougie, luego lo negó—, y Morag cerró su libreta con el golpe de las jornadas históricas y anunció a la concurrencia que el mercado «destinataria del ramo» pagaba a uno con tres, «la cuota más baja de la historia de esta banca, señores, aquí no ha apostado nadie contra lo evidente».
Yo sostuve las peonías, el papel y la compostura, por ese orden y con éxito decreciente, y dije lo único que mi colegiación me permitía decir en ese momento:
—Se acusa recibo.
—Que conste —dijo él.
—Constará.
Consta. Me ha costado tres borradores que conste, y esa cifra también consta, porque he decidido que este expediente va a ser el más honesto de mi carrera aunque me arruine.
«ACTA N.º 7 — Día 21 del plazo.
En Strathdreich, lunes, siendo las 23:30, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que el ítem quinto ha quedado ejecutado mediante la adquisición de un ramo de peonías por importe de cuarenta y cinco libras, factura en anexo, y su entrega en la vía pública, a cara descubierta, ante testigos en número no inferior a veinte, a una mujer que no es la madre del heredero.
Segundo. Que la destinataria ha resultado ser esta letrada, circunstancia que suscita la cuestión de si puede certificar quien recibe.
Se resuelve que sí: la cláusula solo excluye a una destinataria posible, la recepción es un hecho objetivo presenciado por medio término municipal, y la identidad de la receptora no altera el gasto, que era lo que el testador medía.
Se consignan como testigos de refuerzo la señora Munro, la señora Sinclair y el señor Petrie, por si la firma de la que suscribe pareciera poco imparcial, que empieza a parecérselo hasta a ella.
Tercero. Que se adjunta al expediente el documento entregado junto con el ramo, autodenominado «acta sin número», cuya calidad técnica esta letrada se niega a valorar por escrito.
Cuarto. Que este es el tercer borrador de la presente acta. Los dos anteriores no eran imparciales. Este tampoco, pero es el más corto.
(Anotación al margen, sin valor certificante: las peonías están en la jarra del lavabo, que era lo más parecido a un jarrón disponible en la habitación. Abren despacio, como si también ellas se lo estuvieran pensando. La letrada las entiende perfectamente.)
Doy fe.»