Capítulo 14 — Serrín
El domingo a las diez y cuarto llamaron a la puerta de la carpintería con el codo. Se llama con el codo cuando se traen dos cosas, y las dos cosas eran cafés del pub, en vasos de cartón que Eilidh reserva para los peregrinajes.
—Revisión de actas —dijo la letrada, alargándome uno—. Hay firmas pendientes.
Había una firma pendiente. Una. La del anexo de pagos del Regal, que cabía en el hueco de una mañana de jueves.
Cogí el café, aparté el cepillo de la esquina del banco para hacerle sitio a la carpeta, y ninguno de los dos volvió a mencionar las actas en tres horas.
Hay contratos que se firman así, sin papel, con el precio puesto en otra moneda, y todavía no sé cuál de los dos hizo la oferta y cuál la aceptó.
En mi libro lo he asentado como permuta.
Fuera lloviznaba de esa manera administrativa de los domingos, sin ganas y sin pausa, y ella llegó con las botas rojas oscurecidas de agua hasta el tobillo.
Las puso a secar junto a la estufa sin pedir permiso, que es su manera de pedirlo, y se quedó en calcetines sobre el serrín, unos calcetines amarillos con limones que desmontaban bastante su autoridad certificante y que no pienso olvidar aunque quiera.
Yo tenía el amplificador del Regal abierto en el banco, con el condensador difunto ya fuera, negro y abombado como una pasa con ínfulas, y ella lo estuvo mirando con las manos a la espalda, en postura de museo.
—¿Ese es el asesino?
—Ese es. Murió matando.
—¿Y esto lo arregla usted, o esto ya es de especialista?
—Esto es de esperar la pieza. Lo mío es entretener las manos mientras. —Señalé la leva de arce, que había traído de la cabina para revisarla—. Esta aguantó. La madera avisa antes de partirse. La electrónica no avisa: presume hasta que revienta. Por eso me fío más de los árboles que de los genios.
Se rio con el café en la boca, que es cuando la risa sale sin protocolo, y se sentó en el taburete alto, y durante un rato habló ella, que para eso había traído dos cafés.
Habló de la película. De que aquello era su casa, la de verdad, a cuarenta minutos en coche: que ella se sabe esas ramblas de las excursiones del colegio, que en su tierra medio mundo conoce a alguien que salió de bandido o de mexicano en esas películas, que hay un poblado del Oeste en pie que ahora enseña a los turistas cómo se desenfunda.
Que su padre se sabe los westerns de las tardes de la tele y silba el del duelo cuando riega los geranios, y que anoche, en el minuto del silbido, ella estuvo a punto de llamarle y ponerle el móvil en alto, y no lo hizo porque le habría dado la risa o el llanto, y las dos cosas desentonaban con su cargo.
—Mi abuelo vio rodar esa —dije—. Es de lo poco que contaba de allí.
El desierto, las puertas que cepillaba para que las abrieran a patadas, y el día que llovió.
Y el paraguas: lo compró allí ese día. Eso es todo lo que sé de los dos años más raros de la vida de un hombre al que conocí treinta y nueve.
—¿Y el ítem once? —Bajó la voz sin querer, como se baja delante de los cajones cerrados—. Devuelve lo que robé. Paga mi deuda. ¿Qué robó? ¿Qué debe?
—No lo sé. —Le di la vuelta a la leva entre los dedos—.
Mi abuelo no debía ni los buenos días. Su única deuda conocida la tenía apuntada, fechada y desatendida a conciencia, que es lo contrario de olvidada.
Lo que haya en Almería llegó al testamento, y al testamento de Fergus no llegaba nada por descuido.
—La miré—. Me inquieta más ese ítem que los otros once juntos, y va incluido uno en el que tengo que bailar.
—Sobrio.
—Delante de testigos. Redactaba con saña, el viejo.
Después nos callamos, y aquí viene lo que quiero dejar asentado con fecha de hoy: estuvimos once minutos sin hablar.
Los medí en el reloj de pared, no por vicio, o no solo, sino porque era un fenómeno nuevo y los fenómenos nuevos se documentan.
Ella repasando actas con el bolígrafo entre los dientes, yo lijando el canto de la leva que no lo necesitaba, la estufa haciendo su contabilidad de chasquidos, la llovizna en el tejado como un aplauso lejano y sin entusiasmo.
Once minutos. Con esta mujer, que llena los silencios como quien no soporta un vaso vacío, que le pone posdata hasta a las despedidas.
Se estaba callada como se está en casa, y yo lijé más despacio para no gastar el canto, porque la pieza era la excusa y las excusas hay que administrarlas.
Su teléfono vibró tres veces en esos once minutos.
Las tres lo miró de reojo y las tres le dio la vuelta, boca abajo contra el banco, un poco más fuerte cada vez.
No es asunto mío dónde pone la gente sus teléfonos.
Lo asenté de todas formas: hay partidas que se anotan por si acaso resultan ser de la cuenta de uno.
Antes de irse, ya con la llovizna en tregua, recogió las botas de la estufa y se las quedó mirando con extrañeza de perito: la tapa del tacón izquierdo, que llevaba días sonando suelta por los adoquines —lo tenía oído; en un pueblo en silencio, el calzado de cada uno es su firma—, estaba clavada, encolada y lijada al ras. Me miró.
—¿Cuándo…?
—Mientras hablaba usted de los geranios de su padre. Tenían la tapa a dos golpes de perderse. Un tacón sin tapa en adoquín mojado es un parte de lesiones esperando fecha.
—¿Y cuánto le debo? —Lo preguntó ya con la sonrisa puesta, ensayando el chiste—: ¿Veinte peniques?
—Eso es tarifa de paraguas. Los tacones van por otra escala.
—¿Cuál?
—Todavía no le he puesto nombre.
Se fue haciendo sonar el tacón nuevo aposta en los adoquines, dos, tres veces, como quien estrena, y desde la puerta levantó el vaso de cartón vacío a modo de lo que fuera —brindis, recibo, hasta el jueves—, y yo me quedé con el amplificador destripado, la leva lijada de más y el local oliendo a café donde llevaba dieciséis años oliendo a serrín, que son dos olores compatibles, ahora se sabe.
Quedaban veinte días. La mitad. Los primeros veinte los conté hacia delante, como se cuentan los plazos. Estos me descubrí contándolos hacia atrás, que es como se cuenta lo que uno no quiere que se acabe.