Escocés hasta en el amor Capítulo 13 — Ítem 6 La muerte tenía un precio
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Capítulo 13 — Ítem 6 La muerte tenía un precio

A las siete y veinte de la tarde del sábado, la cola del Regal doblaba la esquina de la iglesia, y en la taquilla, pegado al cristal con cuatro tiras de celo, un cartel escrito con letra de carpintero resumía la evolución económica del heredero en una sola línea:

Las palomitas se hacían en el vestíbulo, en dos ollas grandes manejadas por Eilidh con oficio de fragua, y eran gratis por mandato testamentario.

El maíz, el aceite y el alquiler de las ollas los pagó él delante de todos, contando billetes sobre el mostrador de la vieja taquilla, y la ceja hizo doblete: dos veces seguidas, una por factura, como una persiana a la que se le escapa la cinta dos pisos.

El vestíbulo entero miró educadamente hacia otro lado, en esa coreografía local que ya me sé, y Morag anotó algo que prefiero no auditarle.

La sala se llenó como se llenan las cosas que llevan veintitrés años vacías: con hambre.

Ciento cuarenta y dos butacas crujientes y gente de pie al fondo, contra el reglamento y contra mi acta, que optó por la generosidad en materia de aforo y así lo consigna.

Senga subió a la cabina con paso de coronación.

Las luces bajaron. El haz cruzó la sala por encima de nuestras cabezas, cargado de polvo dorado, y en la pantalla, con un rugido de trompetas que hizo vibrar las bisagras, empezó una película del año sesenta y cinco rodada a cuarenta minutos en coche de la casa de mis padres.

No estaba preparada para eso. Para el desierto en pantalla grande, quiero decir.

Tabernas llenando la pared de un pueblo escocés: las ramblas blancas de luz, los cerros pelados que yo me sé de las excursiones del colegio, aquel cielo sin un solo compromiso.

Alguien silbaba en la película y a mí me olía a esparto.

Mi tierra entera cabía en el rectángulo, alquilada por unos italianos hace sesenta años, sostenida ahora por una leva de arce torneada esta semana a cien metros de aquí, y en la fila de atrás Hamish susurraba «eso es sol del bueno, del continental» con respeto técnico, y yo pensé que ojalá mi padre viera esto, mi padre que se sabe los westerns por las tardes de Cine de Barrio, y me sequé la cara con disimulo profesional antes del minuto veinte, que la cuota de Morag sobre lágrimas era sobre otro contribuyente.

En el minuto cuarenta, el sonido murió.

No fue un apagón dramático: fue un parpadeo, un zumbido de válvula vieja, y silencio.

La imagen siguió, imperturbable, dos pistoleros diciéndose cosas importantes con la boca vacía.

La sala contuvo el aliento. En la cabina se oyó actividad, una tapa, el tono de dos personas que ya sabían de qué minuto era el riesgo, y al poco la voz de Senga por el hueco del proyector, seca como un parte:

—El sonido no vuelve esta noche. La imagen sí.

El heredero bajó por la escalera de barco y se plantó delante de la pantalla, dentro del haz, con dos pistoleros gigantes dialogando en mudo sobre su cabeza, y le vi tomar aire para el discurso más caro de su vida —devolución, repetición, disculpas, la palabra subsanación asomando ya—, y no le dio tiempo.

—«Este pueblo es pequeño para dos como nosotros» —dijo Dougie desde la fila seis, con un vozarrón engolado de forajido, clavado al movimiento de labios del pistolero joven.

Y desde el fondo, con una voz de púlpito que nadie le conocía por abajo, el reverendo Buchanan respondió por el villano:

—«Reza lo que sepas, forastero. Y reza corto, que va a llover plomo.»

La sala tardó tres segundos en entenderlo y media hora en dejar de estar entendiéndolo.

Se la sabían. Se la sabían entera, no de memoria de escuela sino de memoria de vida, de mil sábados de los setenta en esas mismas butacas, y lo que no se sabían lo inventaban mejor.

Morag dobló los duelos contando hasta tres con una frialdad de enterradora.

Hamish puso el viento, los disparos lejanos y un caballo que le salía por la nariz.

Eilidh hizo de cantinera con dos frases que no venían en ninguna película apta.

Senga, desde la cabina, por el hueco, ponía las líneas del cazador viejo con una voz gastada y exacta, la voz de alguien que ha dicho esas palabras a oscuras muchas más veces de las que las ha oído.

Y el heredero, que había venido a disculparse, se quedó de pie junto a la pared, fuera ya del haz, mirando a su pueblo doblar una película muda con el gesto de un hombre que revisa una viga y descubre que la casa se sostiene por un sitio que él no había calculado.

Yo miré la película a ratos. Lo que miré fue la sala: las caras en la luz de la pantalla, encendiéndose y apagándose con los tiroteos como un campo por la noche cuando pasan los faros; a Isla con la linterna apagada, moviéndose los labios; a él.

Sobre todo a él, para qué voy a escribirlo de otra manera si esto no lo lee nadie hasta que yo quiera.

En el bolsillo me vibró el móvil. Lo saqué a medias, por reflejo de perro de despacho: correo de I. Villalba, asunto «RE: Escrito de 13/8 — Llámeme el lunes». El lunes. Lo volví a guardar sin abrirlo y decidí quedarme hasta el final.

La película acabó con el duelo grande, doblado a seis voces y contado hasta tres por Morag con el pueblo entero en silencio de misa, y cuando la última bobina soltó la cola y la pantalla quedó en blanco, la sala se puso en pie y aplaudió.

No a la película. Aplaudían hacia arriba, hacia el hueco de la cabina, y hacia la pared donde estaba él, y a las butacas, y a ellos mismos, y alguien gritó «¡el año que viene, otra!

» y nadie lo corrigió, y esa ausencia de corrección la consigno donde pueda porque fue lo más parecido a un acuerdo plenario que he visto en este municipio.

A la salida, en el vestíbulo oliendo a maíz y a terciopelo removido, Senga bajó de la cabina con las latas rebobinadas y le dijo al heredero, delante de mí:

—Hasta que llegó su hora. —Y como él se quedara procesando el título, la traducción, por una vez, la hizo ella misma—: La del cine, hijo. Le ha llegado. Ya era hora.

«ACTA N.º 6 — Día 19 del plazo.

En Strathdreich, sábado, siendo la 1:10 de la madrugada del domingo, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:

Primero. Que el ítem sexto ha quedado ejecutado mediante la reapertura del cine Regal por una noche, con proyección de una película del Oeste y palomitas gratuitas, sufragado todo ello por el heredero, cuyos pagos se documentan en anexo y cuyo gesto facial asociado se ha manifestado por partida doble, extremo que se consigna por fidelidad al expediente y no por otra cosa.

Segundo. Que el régimen de entrada previsto, de una libra, decayó por vía de excepciones sucesivas otorgadas por el propio taquillero hasta la gratuidad de facto, ingresándose lo recaudado, tres libras, en el fondo local de peniques huérfanos.

Esta letrada tiene el requisito del ítem por cumplido con holgura, dado que el testador exigía gasto y hubo gasto, y exigía cine y hubo bastante más que cine.

Tercero. Que en el minuto cuarenta de proyección sobrevino avería irreversible del equipo de sonido, previamente advertida como riesgo por el heredero, y que la función se completó mediante doblaje en sala a cargo del vecindario, obra colectiva de autoría difusa que esta letrada no sabe encajar en ninguna categoría de su formación y que consigna, a falta de mejor técnica, como hecho notorio y feliz.

Cuarto. Que la película, rodada en la provincia de Almería, ha sido vista por esta letrada en compañía de ciento y pico personas que no sabían que le estaban enseñando su casa.

(Anotación al margen, sin valor certificante: la letrada pasó más minutos mirando la sala que la pantalla. Se abstiene de desglosar hacia dónde de la sala. Este paréntesis se cierra sin más asuntos.)

Doy fe.»