Escocés hasta en el amor Capítulo 12 — El proyector
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Capítulo 12 — El proyector

Senga Baxter guarda la llave del Regal en el llavero de casa, entre la de su puerta y la del candado de la bicicleta que ya no tiene, y cuando me abrió el domingo por la tarde la metió en la cerradura sin mirar, con ese gesto de las manos que se saben un camino aunque el camino lleve años cortado.

—Veintitrés años —dijo, empujando la puerta—. Y ni un okupa. Este pueblo no okupa ni gratis.

El lunes hice inventario y el martes empezamos.

El estado del edificio, para llevar dos décadas cerrado, era el que cabía esperar de un inmueble cuyo dueño pagaba religiosamente el seguro cada enero y no gastaba un penique en nada más: seco donde importaba, muerto en todo lo demás.

Polvo en capas geológicas. Butacas del setenta y algo, ciento cuarenta y dos, de las de terciopelo y bisagra quejica; engrasé las cuarenta peores y a las demás les dejé la queja, que un cine sin crujidos es un salón de actos.

La instalación eléctrica pedía respeto: la repasé entera con Dougie el miércoles, que para la corriente tiene mejor mano que para las hipótesis.

—Nunca entró a una función —me dijo Senga el martes, arriba, en la cabina, mientras yo le quitaba la tapa al proyector—.

Ni a una. En los buenos años yo lo veía en la acera de enfrente algún sábado, mirando la cola.

Le ofrecí pase de dueño. Me dijo que el cine se estropea si lo ves.

—Pasó el trapo por el objetivo con una suavidad de enfermera—.

Cuenta hasta tres, viejo. A ver si es verdad.

El proyector es un 35 milímetros del sesenta y tantos, mecánica noble, de la época en que las máquinas se hacían para ser reparadas.

La mecánica me la llevé ganada en dos días: limpieza, engrase, una leva del arrastre con el diente vencido que torneé en arce en la carpintería —el arce no es eterno, pero aguanta una noche, y la pieza buena tarda diez días en llegar de un desguace de Glasgow—.

Lo que no me gusta es el sonido. El amplificador es de válvulas, y en la fuente hay un condensador hinchado que no debería estar vivo y lo está, como esos árboles huecos que aguantan por costumbre.

Recambio, imposible en plazo. Lo dejé mejor que estaba y peor que tranquilo.

—Dos horas de película son dos horas de riesgo —le dije a Senga el jueves—. La imagen responde. El sonido, hasta donde quiera.

—Hasta donde quiera llegan todos —dijo ella—. Por un puñado de dólares no vas a pedirle garantías.

La película la eligió ella, si es que a sacar una cosa que ya estaba decidida desde hace veinte años se le puede llamar elegir.

En el almacén de detrás de la pantalla, en un armario metálico que Senga tenía por inventariado en su cabeza, había once títulos en lata de los años buenos, y encima de todos, aparte, envuelto en plástico de burbujas del siglo pasado, uno: La muerte tenía un precio .

Seis bobinas. Senga las abrió una a una en la mesa de rebobinar, oliendo el acetato como se huele la leche.

—Se pasó aquí más de mil veces —dijo—. Y esta copia está mejor que yo.

—Me miró de reojo—. Tu abuelo vio rodar esta.

En España. Lo contó una vez, en el ochenta y nueve, y no lo repitió, que las cosas buenas él las decía en dosis de farmacia.

Que él cepillaba puertas para que unos americanos las abrieran a patadas. Y que cobró bien.

Lo de que cobró bien no lo dudo. Lo demás es de las pocas cosas de Almería que soltaba: el desierto, las puertas falsas, el día que llovió.

Y ahora el ítem undécimo, que dice devuelve lo que robé y paga mi deuda, y yo dándole vueltas a la lija: mi abuelo no debía ni los buenos días.

En treinta y nueve años le conocí una sola deuda, la de Morag, y la tenía apuntada, fechada y desatendida a conciencia, que es distinto de olvidada.

Lo que haya en Almería no es un descuido. Los descuidos no llegan al testamento.

El jueves cené donde Agnes, que era jueves.

Hubo estofado en cantidad de batallón, un interrogatorio general sobre el estado de las obras y un táper extra «para la Senga, que esa mujer a base de cine no llega a vieja».

Se lo subí el viernes a la cabina y se lo comió mirando la pantalla vacía, y no dije nada porque hay comidas que son visitas.

La letrada apareció el viernes por la tarde, con la carpeta y una excusa de aforo y vías de evacuación que traía preparada de casa y que se le gastó en el vestíbulo, porque el resto de la visita lo hizo a título de persona.

Le enseñé la sala, la cabina, el proyector con la tapa quitada.

Preguntó bien: qué hace esta pieza, por qué de madera, cuánto pesa una bobina.

Explicar un oficio a quien pregunta bien es un lujo que no abunda, y me descubrí hablando más de lo que hablo por semana, y no lo corregí.

En la escalera de la cabina, que es de las de barco, le pasé la linterna desde arriba; coincidimos un momento en el mango, la linterna cambió de mano, la conversación no se enteró.

La escalera lo apuntó todo, que las maderas viejas crujen para eso.

—¿Y si el sonido se muere el sábado? —preguntó, ya en la puerta, con esa manía suya de hacer la pregunta que uno tiene escondida debajo del banco.

—Depende del minuto. Si es al principio, devuelvo las palomitas y repetimos con la pieza nueva, dentro del plazo. Si es al final, se aplaude y a casa. Lo malo es el medio.

—¿Y qué hace el protocolo con el medio?

—El protocolo no llega al medio. Al medio llega lo que haya en la sala.

Se fue apuntando algo, o fingiendo que apuntaba, que también lo hace, lo tengo medido.

El viernes por la noche encendí el proyector en vacío, con Senga sentada en la fila diez, su fila.

El haz salió limpio, cruzó veintitrés años de polvo iluminándolo como si el polvo también fuera público, y se plantó en la pantalla en blanco.

Senga no dijo ningún título. Estuvo callada mucho rato, que en ella es el título más largo.

Bajé el general, cerré la cabina, dejé la llave puesta por dentro como me pidió ella —«los cines se cierran desde dentro la víspera, es de reglamento», dijo, y no era de ningún reglamento, y la obedecí igual—.

Quedaban veintidós días y una función. En la contabilidad de riesgos me faltaba un condensador y me sobraba pueblo. Con menos he visto aguantar tejados.