Escocés hasta en el amor Capítulo 11 — La cláusula
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Capítulo 11 — La cláusula

Villalba llama los domingos porque los domingos no factura, y un hombre así no soporta un día que no produce: lo convierte en herramienta.

—Salmerón. He leído las actas.

Eran las diez y media de la mañana y yo estaba en la mesa del rincón del pub con mi segunda taza y el expediente abierto, porque los domingos aquí el desayuno dura hasta que Eilidh decide que es comida.

Me llevé el móvil a la escalera, luego a mi habitación, luego a la ventana, que es el recorrido completo de mi intimidad en este pueblo.

—Usted dirá.

—El ítem cuarto. La viuda. —Oí papeles; con Villalba siempre se oyen papeles, sospecho que los agita para dar ambiente—. «Deducción sobrevenida.» «Conocimiento coetáneo.» Muy fino. Muy creativo. Le dije rigor y me manda usted jurisprudencia de duendes.

—Le mandé una interpretación fundada y transparente. La cláusula distingue…

—La cláusula dirá lo que usted la haga decir, para eso la pagamos.

—Pausa de las suyas, de las que vienen con inclinación de silla—.

Escúcheme bien. A partir de hoy, interpretación estricta.

Estrictísima. Y quiero, junto al informe diario, una valoración de vulnerabilidades de cada ítem ya ejecutado: defectos de forma, testigos flojos, cabos.

Todo lo que una revisión hostil podría atacar.

Me quedé mirando la plaza por la ventana. Había dejado de llover a media mañana y las losas se secaban a manchas, como un mapa que se dibuja solo.

—¿Una revisión hostil de quién? Aquí no hay más parte que el heredero, y el heredero cumple.

—Hay un pódcast rondando, según me consta.

Ni una palabra a ese micrófono, por cierto.

Y hay un ayuntamiento con expectativa legítima.

Y hay, sobre todo, un encargo: que el resultado sea inatacable.

En cualquier dirección. Usted no está ahí para que ese señor gane, Salmerón.

Está ahí para que nadie pueda decir que perdimos nosotros.

—¿Y qué sería perder, exactamente?

Silencio de papeles quietos. Cuando Villalba deja de agitar papeles es que va a decir la verdad o su versión de bolsillo.

—Perder es quedar fuera del asunto. No me obligue a explicarle su propio contrato. Buenos domingos.

Colgó él, como siempre, y yo me quedé con el «su propio contrato» zumbando, así que hice lo que hago con los zumbidos: fui a la fuente.

Tengo copia de mi hoja de encargo y del contrato marco del despacho con la testamentaría; me la traje porque me traigo los papeles como otras se traen paracetamol.

Los extendí sobre la cama y leí despacio lo que había leído deprisa en Madrid, cuando la palabra Escocia era un trámite con dietas.

Cláusula octava. Administración contingente.

En caso de incumplimiento de la condición testamentaria, Ordax & Villalba asume la administración del fideicomiso de traspaso al Ayuntamiento de Kirkbraw por período de diez años, a tarifa general incrementada — y aquí el contrato baja la voz y lo dice en letra igual que las demás, que es lo peor— en un doscientos por ciento.

Tarifa triple. Diez años. Hice la cuenta, porque soy hija de mi padre y las cuentas se hacen aunque duelan: la diferencia entre que ese hombre cumpla doce ítems o falle uno equivalía, para el despacho, a varias veces mi sueldo de varios años.

Y la plaza de asociada —la casilla del trimestre que viene, la del plan, la que lleva mi nombre si esto acaba «como tiene que acabar»— colgaba exactamente del lado malo de esa cuenta.

Lo supe desde el primer día. Que nadie venga a sorprenderse por mí: Villalba me lo dijo por teléfono la noche que llegué, con todas las palabras menos las importantes, y yo lo archivé en la carpeta de frases que significan «hágalo perfecto», porque era lo que me convenía entender.

Hay una diferencia entre saber una cosa y leerla en letra impresa un domingo, con la casa de Agnes Lennox visible desde tu ventana y un táper suyo todavía en la nevera del pub.

La diferencia no es jurídica. La diferencia se nota en el desayuno, que se me quedó a medias.

En Almería, cuando el socio de mi padre desapareció con las firmas de mi padre, un abogado de Madrid le explicó a mi madre, en una oficina con aire acondicionado, que todo era perfectamente legal.

Yo tenía doce años y esperaba fuera, y desde entonces quise ser la persona de dentro de la oficina, la que entiende el papel, la que nunca más espera fuera.

Lo conseguí. Estoy dentro. Y el papel, ahora que lo entiendo entero, dice que a mi despacho le renta que un hombre que llena despensas a oscuras se arruine en el intento.

Por la tarde lo vi cruzar la plaza hacia el cine, con la caja de herramientas en una mano y una escalera plegable al hombro, y a Senga abriéndole la puerta del Regal con una llave que pesaba desde aquí.

No sé cuánto tiempo estuve en la ventana.

Sé que el informe del domingo lo escribí después, y que fue el más corto del expediente: hechos, fechas, cero adjetivos.

La «valoración de vulnerabilidades» la respondí aparte, con un párrafo que me salió al tercer intento y que decía, en esencia, que las vulnerabilidades de un expediente se valoran cuando existe controversia, que no existe controversia, y que anticipar líneas de ataque contra actos válidamente certificados excede el objeto de mi encargo y podría comprometer la imparcialidad de la fedataria, que es —cité la hoja de encargo, cláusula segunda, con número y todo— «la garantía esencial del procedimiento».

Es la primera vez que le contesto a Villalba con su propio papel. Le di a enviar y me temblaba el pulso lo justo: como cuando riegas de noche y no ves dónde cae el agua, pero oyes que cae.

«ACTA N.º 5 — Día 13 del plazo.

En Strathdreich, domingo, siendo las 21:15, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:

Primero. Que en el día de hoy no se ha ejecutado ítem alguno, dedicándose la jornada al descanso por parte del término municipal y a otras actividades por parte de esta letrada.

Segundo. Que el despacho instructor ha solicitado una valoración de vulnerabilidades de los ítems ejecutados, y que esta letrada ha respondido mediante escrito motivado cuya copia se incorpora al expediente, quedando a la espera de instrucciones que no confunda con amenazas, o viceversa.

Tercero. Que el heredero ha sido observado accediendo al inmueble del cine Regal con herramientas propias y escalera, en compañía de la señora Baxter, a efectos —se presume— del ítem sexto.

(Anotación al margen, sin valor certificante y sin destinatario: el domingo es un día muy largo en un pueblo donde ya te saludan por tu nombre, y muy corto al teléfono con quien te apellida.)

Doy fe.»